lunes, 21 de octubre de 2013

memoria es destino (no. 71)

Uno de los grandes dilemas acerca del devenir humano tiene que ver con la idea del “destino”. Pensar en el destino implica especular acerca de si existe o no un plan determinado de antemano para cada individuo, o si será verdad que la sucesión de decisiones tomadas a lo largo de la vida son las que lo van forjando. Tomo como ejemplo el siguiente cuento popular, citado en la versión de Liz Greene en Destino y astrología:

“Érase una vez un joven que vivía en Isfahan y que se dedicaba a servir a un rico mercader. Una mañana, muy temprano, el joven cabalgó hasta el mercado, y en su galope tintineaban en el cofre las monedas con las que debía comprar carne, frutas y vino, pero al llegar a la plaza del mercado vio a la Muerte haciéndole una señal como si quisiera hablarle. Aterrorizado dio la vuelta a su caballo y salió huyendo, tomando el camino hacia Samara. Al anochecer, exhausto y sucio, llegó a una posada y con el dinero del mercader pagó una habitación y se desplomó sobre la cama fatigado y al mismo tiempo aliviado porque creía haber engañado a la Muerte. A media noche golpearon la puerta de la habitación y ahí estaba la Muerte, sonriendo afablemente. ‘¿Cómo es que estás aquí?’, preguntó el joven pálido y tembloroso: ‘Esta mañana te he visto en la plaza del mercado de Isfahan’. Y la Muerte replicó: ‘Porque he ido a buscarte, como está escrito. Al verte esta mañana en la plaza del mercado de Isfahan he intentado decirte que tenía una cita contigo esta noche en Samara pero no has querido hablarme y te has marchado corriendo” (1).

Al leer esta paradójica historia quedan palpitando las interrogantes acerca del destino del joven y de su proceder, es decir, todos los “qué hubiera pasado si…” optaba por dirigirse a otro sitio, se detenía a dialogar con la Muerte, sencillamente permanecía en Isfahan, etc. Quizá sean éstos los cuestionamientos que uno mismo se hace cuando se encuentra en determinadas encrucijadas, o al final de una serie de sucesos no del todo explicables en términos lógicos y racionales.
            Si nos remontamos a la Antigüedad griega, veremos que Moira era el término empleado para referirse al destino y se encontraba representado por una figura triple, femenina, encargada de administrar la justicia. Liz Greene cita la caracterización del orden en el que operan las Moiras propuesta por F. M. Cornford: “Los dioses tienen sus esferas de competencia, designadas, impersonalmente, por Laquesis o por las Moiras. Desde sus inicios el mundo fue considerado como el reino del Destino y de la Ley. La Necesidad y la Justicia se encuentran reunidas en esta noción primaria de Orden, una noción que la religión griega representaba como un principio elemental e inexplicable” (24). Este principio atiende a una noción de Naturaleza en su sentido más profundo, es decir, a la apreciación del ordenamiento y el equilibrio que rigen el funcionamiento del cosmos y del cual el ser humano es parte.
            Atender a esta lógica en la disposición del Universo y la Naturaleza implicaba para el individuo no sólo participar de dicho orden, sino respetarlo y ser consecuente con él. Por eso, señala Greene, el papel de las Moiras era administrar la Justicia, restablecer el orden cuando el hombre lo corrompía incurriendo en la peor falta, denominada hubris, y que implicaba la ostentación de “arrogancia, vitalidad, nobleza, heroísmo, falta de humildad ante los dioses y la inevitabilidad de un trágico final” (24-25). Siguiendo estas implicaciones de hubris podemos recordar cómo los finales más terribles de la mitología griega atendían a la transgresión inicial de un personaje que, atentando contra el equilibrio inherente a la Naturaleza o el Universo, se condenaba a sí mismo y a todos sus descendientes de generación en generación. Desde esta perspectiva, los actos de un personaje podían llevarlo a la ruina y a todos los que a él/ella estuvieran vinculados por la sangre; de ahí el gran peso que tenían las relaciones entre padres, hijos, hermanos/as, etc.
            La triple figura de las Moiras representa las tres fases de la luna, como las fases de la vida, pero también la participación de cada una de ellas en la labor de hilar el destino. En el Tarot mítico de Liz Greene y Juliet Sharman-Burke, el Arcano mayor de la Rueda de la Fortuna está representado precisamente por las Moiras, “hijas de la Madre Noche (Nyx) y […] concebidas sin padre. Cloto era la que hilaba, Laquesis la que medía y Atropos, cuyo nombre quiere decir ‘la que no se puede evitar’, la que cortaba. Las tres Parcas urdían el hilo de una vida humana en la oscuridad secreta de su cueva, y su trabajo no lo podía hacer ningún dios, ni siquiera el gran Zeus. Una vez que se urdía el destino de un individuo, eso era irrevocable, y no podía ser alterado, y la longitud y la vida y el tiempo de la muerte eran la parte y el lote del cupo que las Moiras adjudicaban” (70-71).
            Aunque por momentos uno sea capaz de percibir ciertos destellos de sentido en el curso de la propia vida, el destino permanece como el Arcano más inquietante, tanto en su faceta de porvenir, como en todos aquellos actos o circunstancias pasados que afectan y determinan nuestro presente. Una de las encomiendas más ominosas de la memoria es, cuando se da el caso o la necesidad, la de traer de vuelta y reorganizar esos momentos clave que se suceden hasta conformar nuestra situación actual. Ya no se trata de articular una identidad, un quiénes somos para presentar frente a los otros, sino de intentar explicarnos a través del recuerdo cómo es que fuimos a parar en este sitio, en este tiempo y de esta forma.
            A veces como mera intuición, otras como una certeza que se sabe inexplicable, los textos que conforman “Jardín de infancia”[1] de Esther Seligson (1941-2010) se ven atravesados por las dudas acerca del destino de quien narra y de los otros personajes con quienes guarda relaciones consanguíneas: padre, madre, hijos, nietas. La sangre llama pero también repele, incita al amor lo mismo que al ultraje, es herencia y es destino. Precedidos por el no menos revelador epígrafe de Diálogos con Leucó de Cesare Pavese, “¿y qué cosa es el recuerdo sino pasión repetida?”, los ocho textos de “Jardín de infancia” se presentan como un arduo ejercicio memorístico que va de atrás hacia adelante en el tiempo que abarcan cuatro generaciones signadas por una nostalgia cuyo origen se desconoce, por el exilio geográfico y simbólico, por el suicidio, pero también por una voluntad inquebrantable de aprehender la vida y dejar cuenta de ella.
            Recordar la infancia del padre, judío severo exiliado en México, es la consigna que rige “Evocaciones”. La voz narradora, la de la hija que se dirige a esa segunda persona que es el padre ausente, intenta a través de sus propios recuerdos y, sobre todo, de su imaginación, recrear los primeros años de esa figura misteriosa que es su progenitor, sólo para concluir: “a veces pienso que si, en vez de ser tu hija, hubiera sido tu hijo, me habrías confiado muchas otras cosas, tus sueños, tus deseos, tus temores […]” (Seligson 109). Esta visión sencilla de un pasado junto al mar, inventado por la hija, se complementa con el siguiente texto, titulado “Errantes”, y en el que el canto del padre al afeitarse es el que ahora la llevará a una serie de revelaciones en relación con su destino. El canto, en contraste con los constantes silencios del personaje del padre, representa para la hija todo una carga de sentidos signados por sucesos del pasado: “Nunca me habló de su mundo propio, pero recibí sus silencios y, en el canto, sus temores a la muerte, las agonías de los que no escaparon al Holocausto y las de aquellos que sí escaparon y que se murmuraban al oído unos a otros en las reuniones familiares […] y rememoran y rememoran cual si no hubiese transcurrido el tiempo” (Seligson 110). La memoria es portavoz de la comunidad, aunque se transmita secretamente; para la niña que observa y narra, este mundo prevalece ajeno y entrañable a un mismo tiempo: en su calidad de menor, no puede compartir con el mundo de los adultos esa conservación de la memoria, pero sabe en el fondo que ahí se encuentra una clave de su propia historia: “[…] a veces yo me cuelo justamente para atrapar las entonaciones que surcaron mi infancia, y por ver si alguna de ellas me explica, nítida, el por qué persiste, inconmovible y tenaz, en mi cuerpo la memoria, memoria sin imágenes, de ese dolor solidario y viejo que aprendí cuando oía cantar a mi padre y que él aprendió de su abuelo y éste de su bisabuelo y así hasta el origen del primer hombre que cantó su exilio, su primer trastierro” (Seligson 111).
            Si en estos dos textos la figura del padre y la contundencia de su pasado sobre el presente de la hija están dados en la fuerza de sus silencios y su monótono canto en lo cotidiano, en “Herencia” veremos, precisamente, el terrible legado de la madre, el que se advierte cuando se observa de frente a la mujer de la provenimos y se le percibe como un reflejo deleznable. La mujer que ahora narra esta suerte de confesión encuentra una hoja ya amarilla por el paso del tiempo, en la que su madre ha transcrito y subrayado con rojo una descripción bastante negativa de la figura materna, pues en ella nota todos los defectos, errores e insuficiencias que también reconoce en sí misma. Tres generaciones reconocen esta repulsión por la madre, en la medida que descubren que de ahí proviene lo peor que hay en las hijas. Lo más curioso es que no se trata sólo de un legado trasmitido a las mujeres, sino que al final del texto la mujer que narra se confiesa a sí misma:
“Yo imploré parir sólo varones para no prolongar esa sombra de luna en el cuerpo de ellos […] Pero igual me equivoqué, pues sus cuerpos llevan la herida de otro modo, como la vergüenza de un delirio lejano, de un éxtasis de sumisión que les borró el rostro, y acaso también lo cercenó, en el arrobamiento de un sacrificio impuro, Ménade o Hécate, máscara idéntica, no obstante, en la misma avidez de sangre y convulsión, asolador cortejo de quimeras que teñirán con su negrura el pozo de nuestras pesadillas, tanto más oscuras cuanto mayor haya sido el deseo por engendrar al vástago indefenso: y no habrá expiación posible para ese amor…” (Seligson 113).
            En contraste con las facetas oscuras del destino familiar reveladas a través del padre, la madre y los hijos, en “Luciérnagas en Nueva York” habrá una especie de esperanza renovada en la vida de la nieta. Las descripciones de los espacios y los tiempos, son un vaivén entre pasados y futuros llenos de deseos y promesas, un constante sorprenderse ante las cosas cotidianas y sencillas de la vida cuando se la mira a través de quien las descubre por vez primera. “En cuanto crezcas te contaré cómo, cuando tú naciste, el jardín se llenaba al atardecer de luciérnagas, y un gato pardo en el escalón más alto de la escalerilla carcomida las miraba, con los ojos totalmente abiertos, encenderse una a una en un juego de parpadeos entre las hojas de los árboles y al ras del matojo que se extiende salvaje por el suelo” (Seligson 117). Los recuerdos oscuros del pasado más remoto de los padres se ven aquí suplantados por una memoria a futuro, por la conciencia de quien sabe que el presente será también un recuerdo, tan significativo como uno pueda dotarlo de sentidos: “De alguna manera tu crecimiento guarda una relación secreta con la existencia inefable de aquellas plantas, las luciérnagas, el gato y la escritura que se va entretejiendo para, algún día, entregarte la remembranza de este rincón donde naciste, un lunes, antes de que cayera la noche, en los inicios del verano” (Seligson 118).
            A pesar de que aquí predomina la volición de crear recuerdos luminosos, también está la conciencia del peso de la sangre y su herencia inevitable, en este caso, encarnada en el destierro, en el destino de provenir de una familia de eternos exiliados y, por lo tanto, ser también uno más. Aún siendo muy pequeña, la pregunta queda flotando en torno a la niña: “cangrejito temeroso de perder la caparazón, ¿acaso no sabes que ya naciste trasterrado, que ya llevas, como tu padre, la casa a cuestas y los pies en todas las ciudades?” (Seligson 120).
            Una síntesis de estos encuentros con cada personaje de la familia está dado en “Retornos”. Mediante el recurso, una vez más, de la imaginación, la mujer que ahora narra se sitúa en el tiempo que pudo haber sido con el fin de recrear un modo distinto de relacionarse con esas figuras tan determinantes en su vida. Siguiendo una especie de estribillo inicial, cada parte del texto se construye con base en un tipo de reencarnaciones bastante peculiar: “Si tornara a vivir de nuevo, me gustaría encontrar a mi madre y ser las dos un par de amigas jóvenes […] Si tornara a vivir de nuevo, me gustaría ser el hermano gemelo de mi padre […] Si tornara a vivir de nuevo, me gustaría ser una de mis nietas, que me cuente las historias que conté y me contaron, abrir desmesuradamente los ojos, oídos y memoria […]”. Cada vida imaginada apela a la posibilidad de enmendar el pasado, tal vez cortando ese destino oscuro vertido sobre la familia quién sabe desde cuándo, o tal vez sólo conociendo más profundamente a esas figuras y mediante ese conocimiento llegar a comprender, al menos un poco, su destino.
            Como en el caso del joven de Isfahan, nunca sabremos si la nota trágica en el destino de estos personajes atendía a un plan determinado o a sus decisiones, si en sus intentos por escapar de la Muerte llegaron puntualmente a la cita con ella porque no había más remedio. Lo que sí llegamos a saber, al menos parcialmente, es que a lo largo de sus historias, a través de las generaciones, se mueven los hilos de una lógica compleja, fascinante y entrañable, a ratos muy semejante a la vida. En este caso, recordar es ir articulando el itinerario de un camino ya recorrido, de un destino lleno de nostalgias y tristezas, pero también esperanzador.
            No resisto cerrar con una frase de Francisco Tario citada por Seligson en “Luciérnagas en Nueva York”: “La vida es la mejor obra literaria que ha caído en mis manos” (121).



Bibliografía

Greene, Liz. Astrología y destino. Trad. David González. Barcelona: Obelisco, 1996.
_________ y Juliet Sharman-Burke. El tarot mítico. Una nueva vía a las cartas del tarot. Trad. Felicitas Di Fidio. Madrid: EDAF, 2005.
Seligson, Esther. “Jardín de infancia” en Toda la luz. México: FCE, 2006.
_____________. Hebras. México: Ediciones Sin Nombre, 1996.
_____________. Toda la luz. Ediciones Sin Nombre. 2002.
_____________. Jardín de infancia. México: Ediciones Sin Nombre, 2004.

Imagen: "Las Parcas" de Giovanni A. Bazzi.




[1] Siete de los ocho textos que conforman Jardín de infancia fueron publicados en 1996 en el libro titulado Hebras (Ediciones sin nombre). Posteriormente, en 2004, la misma editora publicó Jardín de infancia. En 2006, Esther Seligson reúne buena parte de su narrativa hasta entonces publicada bajo el título de Toda la luz (FCE), cuya primera parte se titula “Jardín de infancia” (la segunda lleva el mismo título de toda la compilación) e incluye cinco apartados: “Otros son los sueños”, “Hebras”, “Travesías”, “Jardín de infancia” e “Isomorfismos”. Para este texto me baso en “Jardín de infancia” incluido en Toda la luz

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