lunes, 28 de octubre de 2013

el arte de escribir cartas de amor (no. 72)

¿Qué mal puede hacer leer una carta?
Puede que hasta haya en ella algo que te guste.
Ovidio

El prólogo a la antología de textos que Alberto Manguel reúne bajo el título de Breve tratado de la pasión inicia con una peculiar anécdota acerca de una abogada que había demandado a uno de sus colegas por acoso sexual. La evidencia presentada por la mujer ante el juzgado consistía en una bolsa conteniendo más de ochocientas cartas de amor que el acusado le había remitido en un periodo apenas superior al año y medio. Ante tal evidencia, el juez afirmó: “Me sorprende que con tanto ardor, el bolso no se haya consumido solo”.
            El mal que una carta sea capaz de producir depende, desde luego, de la naturaleza de la misiva. En el caso de las cartas de amor resulta curioso advertir el intrincado juego que se establece entre destinador y destinatario a través de las palabras que se plasman por escrito. La reflexión de Manguel discurría por el rumbo de la escritura cuando ésta es impulsada ni más ni menos que por el amor o la pasión, por una acuciosa necesidad de explicarle a quien los inspira esos sentimientos. La consideración de todas estas implicaciones, le servía a Manguel para presentar una serie de cartas y poemas de escritores y personajes más que renombrados dirigiéndose a la persona amada. Acceder a los mensajes de amor de figuras como la de Chéjov, Balzac, Napoleón Bonaparte, Borges, Fitzgerald, resulta ciertamente fascinante, pero también extraño. Al leerlos, es inevitable pensar y sentir que uno está haciendo algo indebido, que acceder a esas palabras apasionadas implica irrumpir en la intimidad.
            De muchas formas, la carta de amor es eso: el ámbito de la intimidad propia de los sentimientos y deseos, muchas veces irrefrenables, traducido en palabras y dirigido a la persona que inspira todo ello. Si la lectura de las confesiones amorosas incluidas en el Breve tratado de la pasión despierta curiosidad y admiración por tratarse de personajes conocidos, no son menos fascinantes las Cartas de las heroínas de Publio Ovidio Nasón (43 a. C. – 17 d. C.), en las que se ponen en juego todas las disyuntivas de la carta de amor, pero desde la autoría de las figuras femeninas del horizonte griego[1].  
            Las primeras obras del poeta latino están dedicadas a las artes amatorias. En sus empeños por hacerse de un lugar digno dentro de la poesía de su tiempo encabezada por Catulo, Tibulo y Propercio, y antes por Virgilio, Ovidio optó por abrir un camino aún inexplorado dentro de su tradición. Dado que “los poetas latinos habían llegado demasiado lejos en su dependencia de las amadas, a quienes veneraban como si fueran diosas y de quienes se habían declarado sus más viles esclavos” (Ramírez de Verger XXVIII), Ovidio se inclinó por la vía irónica y la burla a ese ideal de amor divinizado. Por eso, textos como Amores, Arte de amar, Cosméticos para el rostro femenino o Remedios de amor, se encargan de ensalzar el amor carnal y el erotismo, de instruir a sus lectores en el arte del cortejo, la coquetería, el escarceo amoroso y la práctica misma del amor, y del olvido en el caso del desamor.
            En el marco de sus obras dedicadas al amor carnal, se encuentran sus Cartas de las heroínas, que si bien están “escritas” por figuras de la talla de Penélope, Medea, Dido o Helena, dan cuenta de las facetas más terrenales de sus historias de amor, en especial de sus infortunios amorosos con un tono elegíaco. La carta de amor admite todo, desde el reproche por la ausencia del amante, hasta la expresión de la última voluntad de las mujeres suicidas, pasando por la confesión de secretos terribles, el recuento de los episodios de amor pleno o la exposición de las incontables dudas que arremeten cuando uno se siente abandonado.
            En su carta a Ulises, Penélope no es la paciente esposa a la espera del marido, por eso se expresa como una mujer en plena incertidumbre, quizás con la única certeza de que “el amor es cosa llena de angustias y de miedos” (3). Puesto que Ovidio configura muy bien la voz del yo íntimo que se expresa a través de la carta privada, podemos acceder a la peculiar intimidad de las heroínas griegas cuando se dirigen al hombre que aman. Penélope no repara en referirse a Ulises como un insensible, liviano o un hombre sin corazón, ni en arrojar reclamo tras reclamo por una ausencia demasiado prolongada y, a los ojos de la esposa, injustificable. “Ésta te la manda tu Penélope, insensible Ulises, pero nada de contestarla: ¡vuelve tú en persona!” (3). Más que la respuesta con palabras, ella exige la presencia y no duda tampoco en confesarle sus sospechas de una probable infidelidad: “Y mientras hago tontamente estas cábalas, puede que ya seas esclavo de un amor extranjero, con esa liviandad vuestra. Quizá hasta le estés contando a otra lo cazurra que es tu mujer que la única finura que entiende es la de cardar la lana. Ojalá me equivoque y el viento se lleve este reproche, y que no quieras, libre para volver, quedarte lejos” (7).
            La carta permite el reclamo directo, abundante en las misivas ovidianas, pero también la confesión más íntima del deseo físico y las fantasías que engendra la pasión, tal y como Safo le explica a su legendario amante Faón: “Faón, tú eres mi amor, a mí te devuelven mis sueños, sueños más luminosos que el día […] Muchas veces sueño que mi cuello descansa en tu brazo; otras veces que es el mío el que sostiene tu cuello. Reconozco los besos que tú solías encomendar a la lengua y que solías recibirlos y darlos sabiamente. De vez en cuando te acaricio, y digo palabras muy parecidas a las de verdad, y mi boca está despierta para mis sentidos; lo que sigue me da vergüenza contarlo, pero a todo se llega, y viene el gusto, y no me es posible seguir seca” (123).
            Todo aquello que los personajes se guardan en el secreto de su pasión, se desborda en la carta que, en el caso de Fedra, le resulta imposible no escribir. Es ella quien inaugura su misiva a un indolente Hipólito con la pregunta “¿Qué mal puede hacer leer una carta?” (25) y es ella la que se admite y justifica como víctima de la voluntad de Amor: “Hasta donde se puede y resulta, el amor debe combinarse con el pudor; ahora Amor me manda decir y escribir lo que no se debe. Lo que Amor ha mandado no es cosa segura de despreciarlo; él gobierna y tiene poder sobre los dioses soberanos. Él me ha dicho, cuando al principio dudaba si escribirte: ‘¡Escribe! Ese duro de corazón rendirá sus manos sometidas’. Que él me asista, y que igual que a mí con su fuego devorador me recalienta las entrañas, así te clave a ti sus flechas en el corazón como yo deseo” (25). Amparada por la autoridad de Amor, Fedra no duda en suplicar ser correspondida por su hijastro; su deseo la lleva no sólo a dejar cuenta de su deseo, sino a pergeñar formas de sacarle provecho a la circunstancia de habitar en la misma casa para ocultar su relación. Así, cuando Fedra e Hipólito se encuentren abrazados, podrán suponer que ella es una madre amorosa y al igual que antes se besaban como madre e hijo sin esconderse, podrán seguir haciéndolo sin que nadie los juzgue por ello. “Y no requiere esfuerzo mantener en secreto nuestro amor; aunque estemos actuando mal: con la excusa de nuestro parentesco se podría ocultar el pecado” (31).
            En un tono similar de amor incestuoso se encuentra la carta de Cánace a su hermano Macareo, sólo que aquí se trata de una carta de despedida en la que la protagonista asume la consecuencia de haber engendrado un hijo con su propio hermano, pues está dispuesta a suicidarse tal y como su padre, Éolo, ordenó. Para Cánace, el acto de escribir la última carta va unido al acto de morir: “Mi mano derecha sostiene la pluma, la otra mano una espada desenvainada, y en mis rodillas reposa la hoja desenrollada. Ésa es la imagen de la hija de Éolo mientras escribe a su hermano; creo que así podría complacer a nuestro cruel padre. Me gustaría que él estuviera aquí como espectador de mi muerte y poner punto final a la obra ante los ojos de su autor” (83). El tono elegíaco en las primeras líneas de esta carta se mantiene hasta el final a través de la enunciación de la última voluntad de la protagonista que es también la de sus últimas palabras: “Recuérdame mientras vivas y derrama lágrimas sobre mis heridas, y que no tenga miedo el amante del cuerpo de su amada. Por favor, cumple tú la voluntad de la hermana que quisiste demasiado. Yo cumpliré la voluntad de nuestro padre” (89).
            Como apuntaba Manguel, son muchos los asuntos que se ponen en juego al escribir una carta de amor, desde el intento de mesurar a través de las palabras la pasión que mueve a la escritura, hasta la situación crítica que en algunas de las Cartas de las heroínas precede la redacción, como la muerte o el suicidio. Además del reproche o la confesión de secretos y pasiones, en estas cartas encontramos la expresión misma del sentimiento en la plena conciencia de la escritura. “Soy una carta confidente de un corazón” (67), le dice Deyanira a Hércules; y Briseida explica así los borrones en su carta dirigida a Aquiles: “Todos los borrones que veas los han hecho mis lágrimas; pero también las lágrimas valen tanto como la palabra” (17).
            El amor y el desamor no sólo se enuncian en estos términos, sino que, según sea el caso, se presentan con el ropaje de la confrontación. Ariadna abandonada le arroja a Teseo estas palabras: “Esto que lees, Teseo, te lo mando desde aquella playa de la que tus velas se llevaron sin mí a tu barco, esa playa en la que me traicionaste el sueño y tú, que con alevosía tendiste una trampa a mis sueños” (Ariadna a Teseo 75). Y Medea no tiene reparo en insinuar su próxima venganza: “El dios que ahora ocupa mi pecho sabrá lo que hace; lo cierto es que mi corazón trama algo espantoso” (101).
            Como en la anécdota de Manguel, también sorprende que las Cartas de las heroínas no se hubieran consumido de tanto ardor. Leer los íntimos secretos de amor, deseo, desenfreno, frustración, odio y despecho de las protagonistas de la tradición griega, permite conocer una faceta más humana de las pasiones que las llevaron al sacrificio, la venganza, el suicidio o la entrega. En la expresión de su intimidad, las heroínas conforman, más que un arte de amar, un arte de escribir cartas de amor.

Bibliografía
Manguel, Alberto (Selección y Prólogo). Breve tratado de la pasión. México: Lumen, 2008.
Ovidio. Cartas de las heroínas. Trad. Ana P. Vega. En Obras completas, Introducción, edición y notas críticas de Antonio Ramírez de Verger. Madrid: Espasa Calpe, 2005. P. 1-207.
Ramírez de Verger, Antonio. Introducción. Obras completas de Ovidio. Madrid: Espasa Calpe, 2005. P. XI-CIV.

Imagen: "Andrómeda" (1927) de Tamara de Lempicka.

[1] Las Cartas de las heroínas constan de 21 misivas. Las primeras catorce están escritas por heroínas mitológicas y dirigidas a sus amantes ausentes, la quince se supone escrita por Safo y dirigida a Faón; y las restantes están escritas por personajes masculinos con la respectiva respuesta de la amada (Aconcio a Cipide/ Cipide a Aconcio, Paris a Helena/Helena a Paris, Leandro a Hero/Hero a Leandro). Debido a esta variación en las últimas misivas que dan voz a personajes masculinos, existe la hipótesis de que quizá se trate de una segunda parte o de una obra distinta (Ramírez de Verger XVII).

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