viernes, 24 de mayo de 2013

mediana crónica. parte II. (no. 63)


Antes de continuar con las otras varias facetas de la ciudad, deberé detenerme en un espectáculo al que fui ayer por la noche. Como sabrás, por esta zona (en realidad quiero referirme a Veracruz y hacia el norte, la huasteca Potosina y sus alrededores) son muy apreciados y aún populares los sones. Aunque existe una disputa un tanto absurda y radical acerca de la superioridad del son huasteco sobre el son jarocho y viceversa, yo apenas noto la diferencia y disfruto de ambos por igual. Ayer fui a un concierto del grupo Mono Blanco, fundado hace ya 35 años y uno de los mejores soneros jarochos en la actualidad. Tal vez de ellos ubiques esa canción muy bonita que dice: “El mundo se va a acabar, el mundo se va a acabar, si un día me has de querer, te debes apresurar” o aquella otra que dice: “Mal haya quien me dio a mí tanto amor para quererte”. El espectáculo en general es muy estimulante, pues el líder del grupo y vocalista es también un simpático animador que entre son y son, cuenta anécdotas, explica algunos de los principios básicos de las coplas, del tipo de instrumentos empleados[1], acerca de política y cultura general.
Las coplas de los sones son una fuente inagotable de conocimiento, candor, coquetería, nostalgia y sabiduría, y las versiones de los Mono Blanco han intentado conservar lo más original de las letras sin desvirtuar el sentido y la rima por favorecer tonos un poco más comerciales. Así, canciones tan conocidas como “La llorona”, “La bruja” o el “El Colás” (Colás, colás, colás y Nicolás…), en las versiones de los Mono Blanco quedan, por ejemplo, como estas coplas de “La lloroncita”:

Que ayer maravilla fui
y hoy sombra de mí no soy.
Mi madre me lo decía
que había de tener cuidado,
yo nunca se lo creía
y si la hubiera escuchado
en tus brazos estaría
y no casi fusilado.
Ay llorar, Llorona,
pero deja de llorar,
la causa de su llanto
es que nunca supo amar.

Y así “El Colás”:

Colás, colás, colás y Nicolás,
lo mucho que te quiero
y el mal pago que me das,
si quieres, si puedes
            y si no, ya lo verás
            con esos ojos negros
            me miras y te vas.

Más allá de que las versiones sean más originales o no, al escucharlos uno no puede dejar de derretirse frente a coplas como éstas: “Se oye tocar agonía/ por mí no te pongas triste/ que al cabo no me quisiste/ como yo a ti te quería” o “de tu amor tengo esta llama/ fuego de color a donde/ abrió la luz de esta flama/ que la oscuridad esconde” o las de “El butaquito[2]” (variación del “Cielito lindo”): “Dicen que no se siente la despedida/ dile al que te lo cuente que se despida/ del bien que adora/ verá que no se siente/ hasta se llora”, y sigue: “Si alguna duda tienes de mi pasión/ toma un cuchillo y abre mi corazón/ pero con tiento/ no te lastimes/ que estás tú dentro”, luego “dicen viejos cantares que el que ha matado/ en los ojos del muerto queda grabado/ y yo convengo/ porque en los ojos siempre te tengo”. Y el coro va algo así: “saca tu butaquito/ cielito lindo/ velo sacando/ que si tú tienes miedo/ yo voy temblando”. Lo más coqueto es que suelen ir mezclando coplas de canción en canción, entonces te puedes encontrar con versiones de “El butaquito” con coplas de “El amuleto”, he aquí, por ejemplo, mis favoritas: “Si zapateas bonito/ yo te prometo/ hacer con el polvito de tus zapatos un amuleto/ ay, ay, ay, ay, que me dé suerte/ para que tú me quieras y me acompañes hasta la muerte”. Me encantaría poder describir la música, pero no hay modo. Sólo diré que es todo un acontecimiento cuando entran las bailadoras a zapatear y el taconeo de sus zapatos sobre la tarima se incorpora como un instrumento más y las faldas con sus franjas de colores giran y giran entre las guitarras.
            Hasta aquí mi pobre intento de describirte un concierto de Mono Blanco.
            31 de marzo 2012


[1] Es interesante esto de los instrumentos porque son diversos y varían de grupo a grupo. La mayoría son instrumentos de cuerda (guitarras de varios tamaños que emiten sonidos muy distintos, entre los que destacan la jarana, el mosquito, la leona y el león), incluyendo, en la versión más comercial del son, el arpa. También emplean otros como la pandereta, la vaina de cacao que raspan con una especie de cepillito y, mi siempre favorito, la quijada de burro: literalmente es una quijada de burro (haz caso omiso de cualquier reminiscencia caínica) cuyos dientecitos frotan con otra pieza ósea y emite un sonido vibrante que retumba en tu corazón.
[2] El butaquito es una especie de banco o silla hecha de cuero y madera.

domingo, 19 de mayo de 2013

la felicidad existe (no. 62)


“la felicidad existe, dijo la voz desconocida, y puede que no sea más que esto, mar, luz y vértigo”. ahí estaban los cinco viajeros, joaquim, josé, joana, maría y pedro, aferrados al borde del abismo, contemplando en medio del asombro cómo la tierra, en efecto, se había partido de tajo, desprendiendo la península ibérica del resto de europa.
de un día para otro, españa y portugal se encuentran irremediablemente separados del resto del continente y empiezan a alejarse mar adentro como si de una gigantesca embarcación se tratara. si bien el inexplicable fenómeno colapsa la vida de los habitantes en ambos países, también es cierto que la curiosidad, el instinto, la belleza, la intuición, la espontaneidad, la capacidad de hermanarse en los infortunios y todas aquellas cualidades que hacen de los seres humanos personajes fascinantes, transforman la tragedia en un viaje entrañable.
a lo largo del recorrido de la balsa de piedra en la que se ha convertido la península ibérica, primero hacia las azores y luego hacia el norte de américa, josé saramago nos interna en las reconditeces de la geografía española y portuguesa, pero sobre todo en las reconditeces de nuestra condición humana, a veces tan errática como contradictoria, impredecible y con una capacidad ingente para seguir asombrándonos aún cuando creemos que lo hemos experimentado todo.
después de tanto tiempo de habitar este planeta, pareciera que la humanidad sigue como al principio, y su terrible tendencia a la autodestrucción, lo mismo que a la soberbia, en fin, a no querer reconocerse en los otros, no es más que ese terror primero de hallarse solo en un mundo inexplicable de tan maravilloso. “sería todo más fácil de entender si confesáramos, simplemente, nuestro infinito miedo, el que nos lleva a probar el mundo de imágenes a la semejanza de lo que somos o creemos ser, salvo si tan obsesivo esfuerzo es, al contrario, una invención del coraje, o la simple obstinación de quien se niega a no estar donde el vacío esté, a no dar sentido a lo que sentido no tiene. probablemente, el vacío no puede ser llenado por nosotros, y eso a lo que llamamos sentido no pasará de ser un conjunto fugaz de imágenes que en cierto momento parecen armoniosas, o en las que la inteligencia, presa del pánico, intentó poner razón, orden, coherencia”.
los protagonistas de este viaje fantástico, joaquim, josé, joana, maría y pedro, deambulan entre estas imágenes fugaces, en las que, desde luego, resplandece el amor, pero también un cierto sentido de compasión capaz de anular fronteras e idiomas, de hermanar historias y conciliarnos mediante lo que sí tenemos en común.
al final del viaje, el destino es incierto –cuándo no lo es–, pero prevalece, con un lejano olor a certeza el hecho de que “tal vez el hombre sea ese animal que no puede, o no sabe, o no quiere ser consolado, pero ciertos actos suyos, sin más sentido que parecer que no lo tienen, sustentan la esperanza de que el hombre vendrá un día a llorar en el hombro del hombre, probablemente cuando sea demasiado tarde, cuando ya no haya tiempo para otra cosa”. tal vez esa esperanza sea la prueba irrefutable de que la felicidad existe. mientras podamos enfrentarnos al mar, a la luz, al vértigo, al abismo, de la mano del otro, no llegará a ser demasiado tarde.

Saramago, José. La balsa de piedra. Trad. Basilio Losada. España: Suma de Letras, 2001.
Imagen: Jacek Yerka

martes, 30 de abril de 2013

mediana crónica de pequeños días. I. (no. 61)


para Inés
Advertencia


M
e pides que te escriba un cordero y yo digo que no. Primero, porque la palabra cordero necesariamente tiene un acento (bastante fuerte) de precandidato panista a la presidencia. Así que será un borrego, sin ninguna implicación de dejadez ni de seguir a la manada ni cosa por el estilo. Un sencillo –que no simple– borrego. Segundo, de acuerdo con la fuente primaria de donde proviene la petición, el Principito le pide al piloto un cordero, uno que viva mucho tiempo y sea del tamaño justo para habitar en su planeta, de ahí el rechazo abierto a aceptarle la boa digiriendo al elefante. Bueno, entonces mis borregos –o las cajas que los contengan, según sea el caso– irán delineándose desde el tuyo (tu planeta, no tu borrego). Tercero y último, imagina que cada borrego es como otro planeta y cada otro planeta es como otra ciudad y que así como Campeche es el ejemplo más cercano, más bien el único que tengo del tipo de borrego que quieres, sólo puedo ofrecerte borregos viajeros.
Agrego un cuarto, una especie de posdata, porque he decidido incluir también otros escritos que, aunque no cumplen con la naturaleza de los borregos antes descritos ya que habrá algunos ubicados en tu muy conocida Ciudad Blanca, sí que guardan en su interior la voluntad de ser compartidos [contigo]. Octavio Paz tiene una “Pequeña crónica de grandes días”, yo sólo te ofrezco, pues al parecer la pequeñez de estas páginas no será tal y los días se hacen breves cuando los atraviesa la fascinación ante la vida, esta “Mediana crónica de pequeños días”.


Decir Xalapa


El primer borrego viajero[1] será de la ciudad de Xalapa, aunque quizá podría desplegarse en varios, pues la ciudad es diversa, polifacética y multicomplicada. Empiezo desde lo más general: Xalapa, capital del Estado de Veracruz es también conocida como “La ciudad de las flores”, la “Atenas veracruzana” y, para los cuates, la “Apenas veracruzana”. Curioso es que para ser ciudad capital es demasiado pequeña (apenas más grande que el B 612) y no tiene mayores posibilidades de crecer porque las montañas se lo impiden. La capital debería ser el Puerto de Veracruz, pero alguien alguna vez instituyó en uno de esos papeles importantes (tipo la Constitución y así) que un puerto no puede ser capital de un estado; por eso, el ser en sí del Puerto es su más grande limitación. Todo, como podrás advertir, se reduce a un problema ontológico.
La ciudad de Xalapa, te decía, es bastante contradictoria, misteriosa y fascinante. Su nombre viene de Xalla-a-pan (agua en el arenal), ya que sus barrios originales se encontraban entre arenales por donde fluía el agua. En el centro de la ciudad aún sobreviven algunos de estos barrios, como el de Xallitic, situado debajo de un puente y acondicionado como un parque rodeado de árboles, cafecitos y unos inexplicables lavaderos públicos. La idea de la “Ciudad de las flores” le viene bien. La vegetación todavía es un tanto exuberante, sobre todo en la zona universitaria donde se encuentran las oficinas de la rectoría, el estadio y las facultades de arquitectura, economía, biología y derecho de la Universidad Veracruzana. Atrás de la rectoría está la zona de los lagos: un conjunto de tres largos lagos artificiales en los que se han estado cultivando nuevas formas de vida inter y extraplanetaria[2]. El agua en ellos es verde, de un verde alga, de un verde alga radioactiva, sin llegar al tono criptonita. Es un agua más bien espesa, casi coloidal, en la que sin embargo circulan, ya sea en su interior o muy por la superficie, peces, patos, garzas, gansos y gansitos, y a veces, uno que otro infortunado borracho. La calidad del agua no es producto del descuido ni la falta de planificación. Al contrario. Letreros ubicados estratégicamente a lo largo de los lagos advirtiendo que los seres vivos en ellos no son para consumo humano, es clara evidencia de que hay un orden bien dispuesto.
La zona de los lagos es emblemática y día con día muestra ciertas modificaciones acordes con las demandas y necesidades de la sociedad. Por ejemplo, puesto que ahí confluyen varias escuelas de todos los niveles no es extraño advertir, apostados a la sombra de los floripondios[3] en flor, múltiples parejitas intercambiando diversidad de mercancías tangibles e intangibles (unas mucho más tangibles que otras, desde luego), así que la municipalidad decidió hacer los encuentros más confortables instalando unas banquitas de concreto duro y plano a la orilla de los lagos que, bajo el sol del medio día, constituyen el sitio idóneo para aspirar las emanaciones del agua verde, radioactiva, y de paso, asarse el trasero. De repente también improvisan puntos de entretenimiento en torno a esta imitación de natura, como la tirolesa que pasa por encima de todo el primer lago y en la que, si gozas de unos cuantos kilos de más, puedes refrescar tus posaderas (después de haberlas asado en las bancas) en el agua unos cuantos metros antes de llegar al otro lado. O los conciertos de fines de semana organizados en la plataforma flotante situada frente a las gradas-escaleras para bajar al primer lago. Un sábado me tocó el de una chica, en plenitud de la pubertad, interpretando todos los éxitos de Fanny Lu y otras destacadas figuras de la música contemporánea, que bailaba y cantaba invitando al público a acompañarla con la letra e incluso a subirse a la plataforma a danzar con ella. Sólo unos cuantos chiquillos de entre 3 y 6 años acudieron al llamado. Fue todo un éxito.
Más allá de esta área, las flores y la vegetación están por todas partes. Es curioso ver orquídeas creciendo al pie de las banquetas, helechos aferrados al cableado eléctrico, las cornisas, la parada del camión; margaritas, hortensias y otros muchos tipos cuyos nombres desconozco pero de las cuales puedo aventurar una bonita descripción. Abundan en los arriates unas flores que pueden ser blancas, rosas, guindas o una mezcla de ambos colores, surgen de unos arbustos de hojas verde oscuro y tienen los pétalos en forma de mariposas a punto de emprender el vuelo; hay otros sumamente intrigantes, son rojos o amarillos y semejan unos camarones (de los grandes que quedan estupendos empanizados) pero sin los ojitos, y hay otros más que salen de unos árboles medianos y son idénticos a un cepillo para lavar biberones o botellas, son de color rojo carmín y aún no identifico si son flor o fruto, hoja o semilla.
17 de marzo 2012



[1] Nótese que con la expresión “el primer borrego” me estoy comprometiendo a la emisión de más de uno, lo cual puede resultar en algo tramposo (para mí, que no de mi parte), ya que es bastante difícil regresar a este tono en medio de las lecturas obligatorias del doctorado. Por ejemplo, después de leer que “la palingenesia renacentista facilitó la expansión de Europa y fue decuplicada por la palingenesia del Iluminismo que sentó las bases de la dominación universal” (Rama 24), una termina plena y francamente desmotivada. Lo que quiero decir es que lo intentaré.
[2] Esta es, desde luego, una hipótesis muy personal. No dispongo al momento de documentación que la respalde, aunque sí de ciertos datos meramente empíricos en los que se fundan mis sospechas. Tal vez después regrese al planteamiento de este problema o tal vez no.

[3] El floripondio es una especie que goza de mucha fama en Xalapa. Dice la RAE que es un "Arbusto del Perú, de la familia de las Solanáceas, que crece hasta tres metros de altura, con tronco leñoso, hojas grandes, alternas, oblongas, enteras y vellosas, flores solitarias, blancas, en forma de embudo, de unos tres decímetros de longitud, de olor delicioso, pero perjudicial si se aspira mucho tiempo, y fruto elipsoidal, con muchas semillas pequeñas de forma de riñón". Ajá, pero su fama no radica en su parentesco con las solanáceas, sino en esos efectos perjudiciales. Las anécdotas son muchas acerca de la gente (sobre todo estudiantes) que ha comido, bebido el té o fumado sus flores y los tremendos efectos alucinógenos, de entorpecimiento de las funciones motrices y experimentación de diversos grados de inconsciencia que produce su consumo. La verdad es que las flores son muy lindas, recuerdan a las de Alicia en el país de las maravillas, y su olor, ciertamente, es muy seductor.


viernes, 16 de noviembre de 2012

breve estampa xalapeña (no. 60)


La verdad es que hasta ahora nada te he dicho de Xalapa, porque para decir Xalapa hay que decir incontables horas de música y madrugadas, decir un paisaje de montañas que no alcanza con nombrar el Pico de Orizaba ni el Cofre de Perote, hay que decir neblina como se dice un beso tartamudo anudado para siempre en la garganta. Pero, sobre todo, para decir Xalapa, es necesario hablar de un pueblo, de su ternura de gallos de azotea con su majestad plumaria entre tinacos, del saludo de las flores en los mercados y la voz antigua de los pregoneros, tendría que hablar de la risilla ligera del pan caliente en los hornos de leña y la brisa del café recién tostado en las tardes de frío. Tendría que matizar el paisaje de los lagos, pues también hay noches en que la bruma se desplaza como susurrando por encima del agua y lo hace de una forma tan misteriosa que sólo faltaría ver aparecer la barca de Caronte –que por fortuna nunca llega–. Y a veces también, cuando la noche es clara, si te asomas al agua y miras con cuidado y devoción, podrías encontrarte en el fondo alguna estrella. Tendría, pues, que decirte tantas y tantas cosas simples, tan de a diario, que tú me preguntarías para qué y yo no tendría respuesta. Lo que sí te voy a decir es que, para quien llega así de ajena como yo, Xalapa guarda una rincón y una bienvenida, un espacio diminuto de fidelidad. Xalapa, en resumen es un pueblo, y como diría Pavese: “Un pueblo se necesita, aunque sólo sea por el gusto de abandonarlo. Un pueblo, quiere decir no estar solo, saber que en las gentes, en las plantas, en la tierra, hay algo nuestro y, a pesar de que uno se marcha de allí, siempre nos aguarda”.

domingo, 23 de septiembre de 2012

"la luna y las fogatas" (no. 59)



Un pueblo se necesita, aunque sólo sea por el gusto de abandonarlo. Un pueblo, quiere decir no estar solo, saber que en las gentes, en las plantas, en la tierra hay algo nuestro y, a pesar de que uno se marcha de allí, siempre nos aguarda. Pero no es fácil permanecer tranquilos […] ¿Es posible que a los cuarenta años, y con todo el mundo que he visto, no sepa aún cuál es mi pueblo?
Para los que se marchan, cada sitio se convierte en un pueblo al cual volver, una tierra que guarda sus nombres fielmente, pero sin poder evitar que el tiempo les pase encima. Y no es fácil, nada fácil permanecer tranquilo cuando al mirar atrás se advierte que el nombre de uno se ha quedado desperdigado en tantos lugares. Por eso uno regresa –siempre regresa– a las calles de la infancia, a los patios derruidos y a las hierbas silvestres abrazadas a los muros, para verificar que fue cierto, que el nombre y la vida ahí dejados aguardan nuestro regreso.
Marcada por una de estas vueltas al pueblo de la infancia, La luna y las fogatas de Cesare Pavese implica revivir esa ingenua fascinación por ir descubriendo uno a uno los secretos de la vida, lo mismo que experimentar por primera vez los más profundos dolores. El paisaje idílico de Santo Stefano Belbo con sus viñedos y sus colinas, adquiere ante los ojos del narrador una multiplicidad de matices que van del recuerdo más entrañable de su comunión con la naturaleza, hasta los episodios más truculentos de las familias venidas a menos aplastadas por la guerra. En compañía de su mejor amigo, Nuto, el “Anguilo” recorre las calles de aquel pueblo de trabajos arduos y fiestas de pueblo, de chismorreos y secretos a voces que poco a poco se fueron oscureciendo con los tintes más absurdos de la lucha armada. Volver al pueblo representa un asombro ante las cosas nuevas, pero sobre todo, una abierta confrontación con el pasado, con las muertes de tantos y tantos conocidos, con el destino que la permanencia en ese sitio le deparó a cada uno de sus habitantes.
Aunque ya todo es distinto y la mayor parte de lo que antes representaba la vida ha quedado sepultado a la sombra de cualquier avellano, en el horizonte, por encima de las colinas todavía resplandecen las fogatas, lo mismo que las risas y los sueños que encontraron calor en torno a ellas. Al final y después de muchos años queda eso, el resplandor quizá ilusorio y un par de certezas:
He recorrido bastante mundo para saber que todas las carnes son buenas y se corrompen, y por eso uno se cansa y trata de echar raíces, de hacerse tierra y pueblo, para que la propia carne tenga valor y dure algo más que una simple vuelta de estación.

Pavese, Cesare. La luna y las fogatas. Trad. Romualdo Brughetti. Buenos Aires: Siglo Veinte. 1972.
Imagen: "El pájaro relámpago cegado por el fuego de la luna". J. Miró.

domingo, 20 de mayo de 2012

salvo la tentación (no. 58)


Como introducción a su ¿Hay vida en la tierra? (Almadía 2012), recopilación de cien historias publicadas en columnas de diversos periódicos, Juan Villoro habla de la necesidad de un periodismo que apele a la tentación del lector, a esas historias de “antojo” que “encandilan con algo que podríamos ignorar”. Más allá de la información necesaria sobre política, economía, sucesos de interés general y demás, los diarios deberían incluir esas piezas de los “periodistas de tentación” donde se recupera y adereza la vida cotidiana, y posteriormente es leída por el puro placer de acceder a un espacio privilegiado de belleza.
Creer que hay belleza en el más nimio detalle o coincidencia que nos depara el andar de todos los días, es creer que aún hay algo de esperanza en lo que hacemos; reconocerla en sucesos extraordinarios, históricos, surgidos de la inconformidad y la voluntad para cambiar el curso de un país en agonía, es comprobar que todavía tiene sentido congregarnos por un bien común con la esperanza de que el estado de cosas seguramente va a cambiar. “En una época de simulacros, marcada por la televisión, el universo digital y otros filtros, de pronto algo es misteriosamente real”, continúa Villoro, y ese algo real lleno de misterio es lo que queda palpitando mucho tiempo después de haberlo descubierto.
La marcha antiEPN llevada a cabo ayer sábado 19 de mayo en el zócalo capitalino, fue histórica, extraordinaria y bella en muchos sentidos. No fue sólo una congregación multitudinaria de personas en abierta oposición a que el candidato por el PRI, Enrique Peña Nieto, ocupe la presidencia, sino una celebración del poder de la gente, del sentido del humor y la ironía, del simbolismo implícito en caminar todos juntos desde el corazón del país hacia un mismo fin: el Ángel de la Independencia. No es que la nota trágica hubiera estado ausente, al contrario, múltiples mantas, pancartas, lonas impresas, camisetas y una pantalla gigante, estaban ahí para dar cuenta de que después de todo, sí somos un país con memoria, que tiene muy presentes episodios tan terribles y doloroso como Tlatelolco y Atenco, como los miles de torturados, asesinados y desaparecidos de la actual y absurda guerra contra el narcotráfico. Digo celebración como digo exhibición pública y crítica (pero también llena de algarabía) de la corrupción, la mentira, la represión y la hipocresía de un partido y un candidato que aspiran llegar pronto al poder a través de la promoción, por demás deleznable, de unos medios de comunicación igualmente corruptos y censores. Digo celebración, como digo reunión festiva, en este caso, de miles de personas dispuestas a no creer más en las imágenes de plástico de las televisoras oficiales, en las encuestas vendidas y las promesas huecas de campaña.
Algo se volvió misteriosamente real el día de ayer, algo que tiene que ver con la expresión de una voluntad colectiva y genuina, llena de la creatividad de un sector de la sociedad que ha decidido asumir su papel dentro de ella y expresarse con una de las mejores armas contra la imposición y el autoritarismo: el sentido del humor. Por eso, después de la marcha entre el zócalo capitalino y el Ángel, quedan palpitando los signos, las palabras, las risas, las miles de voces:
“Peña el que no brinque”, “Encuestas vendidas, Peña no va arriba”, “Yo leo, no veo Televisa”, “No más PRI”, “Gaviota, tu esposo es un idiota”, “Ni un voto, PRI=PAN”, “Yo no vine por mi torta, vine por mis huevos”, “EPN ¡NO!”, “Ni un voto al PRIAN”, “Yo leo, no veo Televisa”, “Se ve, se siente, Enrique es delincuente, se ve, se nota, su cola de ratota, no lee y se nota, Peña miente es un idiota, Peña no cumple”, “Ni panista ni perredista. Soy mexicana y conozco la historia. No a EPN”, “Voto informado, no manipulado”, “Peña Nieto, México no te quiere”, “NO + PRI”, “EPN, gobernar México no es una telenovela”, “EPN: la prole no te quiere”, “Peña, cae bastardo”, “Este señor tiene derecho a no leerme, a lo que no tiene derecho es a ser presidente a partir de la ignorancia” (lema junto a una imagen de Carlos Fuentes)…
Y a la par con las voces, las imágenes: ratas gigantes con el rostro de Carlos Salinas o Enrique Peña Nieto, un títere de EPN manipulado por Salinas, un copete atravesado por la línea roja diagonal de está prohibido, camisetas blancas y negras con “NO + PRI” o “Peña no cumple” en las espaldas, máscaras de Guy Fawkes cubriendo los rostros de los manifestantes, cartulinas con mensajes diversos: “Yo sí tengo memoria: Tlatelolco, Acteal, Aguas Blancas, Devaluación 1994”, “No le regales tu voto a Peña Nieto, mejor regálale un libro”, “Soy Cecilia F. Soy desempleada. Me niego a aceptar la realidad maquillada que quieren imponer las televisoras”, “Me comprometo a madrearte como a los de Atenco”…
Esta mañana, la prensa muestra diversos aspectos de la marcha antiEP. La cifra de asistentes a la del zócalo capitalino oscila, según la versión que se consulte, entre los 10 mil y los más de 40 mil asistentes. No han faltado los encabezados que han tendido a politizarla (“Llama Josefina a tomar las calles contra Peña Nieto” del Milenio) o minimizarla relegándola a espacios menos protagónicos en sus páginas (véase p.e. la edición de este domingo del Diario de Xalapa). Por fortuna e independientemente de los medios oficiales, sobreviven y se difunden sin censura cientos de videos y fotografías de quienes tuvimos la oportunidad de estar ahí. Creo en esas imágenes y en todo lo que misteriosamente pueden convertir en real, pues como afirma Wilde, como asume Villoro, “puedo resistirlo todo, salvo la tentación” de hablar de su belleza y compartirla con otros, en este caso como una historia que encandila pero no puede ser ignorada.
México, D.F. 19 de mayo
Xalapa, Ver. 20 de mayo


domingo, 22 de abril de 2012

"el poder del perro" (no. 57)

Hay imágenes y situaciones frente a las cuales se despierta algo muy turbio de la naturaleza humana. Los últimos años de México han estado repletos de momentos después de los cuales nada vuelve a ser igual. En algunas personas ese algo turbio encarna en un deseo de venganza irrefrenable y en otros, en un monstruo interno que los va consumiendo en medio de la ira y la indignación. Algunos atienden al llamado activamente, protagonizando acciones tan atroces como las que los han conmocionado; los más, nos vamos por los días intentando encontrar un resquicio de solaz –y esperanza, tal vez– entre la frustración y las posibilidades pacíficas de hacer una diferencia.
Ira, venganza, ansias de poder, ansias de justicia, son tan sólo unos cuantos términos para ir acercándonos a la noción de lo que es, y puede llegar a ser, eso que Don Winslow llama el poder del perro. A veces surge de ver cómo en unos cuantos minutos la vida y todo lo que has llegado a amar se destruye ante tus ojos. Otras veces, las peores, viene de ir probando muy lentamente el poder en sus muy diversas facetas, hasta llegar a creer que la vida del otro te pertenece.
El poder del perro (The power of the dog, 2009) de Don Winslow encuentra su origen en una sola imagen: “El punto de partida, el primer impulso, me vino luego de leer acerca de una masacre de niños y mujeres, por un asunto de drogas, que tuvo lugar en Baja California, en México, en 1988. Me pregunté entonces cómo se podía llegar a ordenar la ejecución de algo así, cómo llega alguien a este punto. Supongo que escribí El poder del perro buscando una respuesta. Y lo cierto es que todavía estoy buscándola. Si alguna vez la encuentro, me encantará poder compartirla con todos ustedes”.
En lo que llega la respuesta, Winslow nos ofrece una historia novelada muy similar a la del México de las últimas décadas. Desde el auge de las plantaciones de amapola en los años setenta en Sinaloa, hasta la sucesión de capos del narcotráfico de los principales cárteles en este comienzo del siglo XXI, El poder del perro presenta la compleja lucha por mantener y adquirir más poder en un país donde las raíces del crimen organizado se hunden hasta lo más profundo de su vida política y eclesiástica; donde las fronteras geográficas adquieren dimensiones muy distintas cuando se trata de traficar armas, droga y personas.  
A través de un argumento tan intrincado como fascinante, accedemos a la vida privada de los capos de Sinaloa, Tijuana y Guadalajara, lo mismo que al famoso Hell’s Kitchen neoyorkino, a los campamentos de las FARC y las plantaciones de coca colombianas, y a las altas esferas de la prostitución en California. Siguiendo la trayectoria del agente de la DEA Art Keller y su obsesión por vengar la muerte de su compañero Ernie Hidalgo a manos de los Barrera (dueños y señores de la plaza de Guadalajara en los setentas), Wislow despliega tres décadas de corrupción, pactos con el PRI y disputas entre cárteles, destacando momentos clave en la vida económica y política del país, como el terremoto del 85, el asesinato de Luis Donaldo Colosio, el del Cardenal Posadas Ocampo, y las respectivas aprehensiones, muertes y movimientos de algunos de los más renombrados narcotraficantes: Amado Carrillo Fuentes, los hermanos Arellano Félix y el “Neto” Fonseca, entre otros.
Lejos de entregarse ciegamente a la versión maniquea de policías contra narcos, Winslow se adentra en ese laberinto de la condición humana donde aún hay cabida para el amor, la compasión, la fidelidad, el arrepentimiento y la solidaridad, en medio del deseo de venganza y el instinto de sobrevivencia. Aunque son repetidas y en extremo violentas las escenas de torturas y asesinatos en la novela, Winslow logra un equilibrio casi perfecto entre la sordidez inherente al contexto y al modo de proceder de las mafias, y esa veta humana incluso presente en el más despiadado matón a sueldo. Por fortuna no hay regocijo en la imagen descarnada, sólo una racionada dosis de crueldad y situaciones –por desgracia- muy bien documentadas.
Más allá del tono y la estructura por demás comerciales, una de las grandes virtudes de El poder del perro reside justamente en sus personajes, en su capacidad de absorberte por completo y ubicarte, como lector, en esa misma encrucijada: cobrar venganza o no, plata o plomo, morir o matar, traicionar o morir. Al final, sabemos en qué termina la historia (el 2010 y el 2011 mexicanos dan perfecta cuenta de ello), sin embargo, lo que queda es eso otro, un volver sobre la historia reciente dimensionando sus aspectos más recónditos y, en especial, un resquemor individual por no saber si en una situación extrema seríamos capaces de resistir al poder del perro.


Winslow, Don. El poder del perro. Trad. Eduardo G. Murillo. México: Random House Mondadori. 2009.