jueves, 21 de enero de 2010

problemas de espacio (no. 42)

*
intro [a la manera de Nid]
creo sólo en algunas voces y en muchos relatos
creo en las paredes claras (siempre mis cómplices), en las cortinas oscuras y en la luna que se desgaja en los cristales de mi ventana
creo en las calles que han perdido sus nombres, en la salitre y el polvo de los días, en los hoyos de la capa de ozono y en el sudor del asfalto
creo en los gatos en las cocheras, en los espejos, en el anonimato del perro y en la bondad del reloj que de pronto se detiene
creo en el caos del universo y la sintaxis metafísica, en el espíritu de los objetos sin dueño, en el poder de la lluvia para ahuyentar fantasmas y en todas mis pesadillas
creo en el mundo mineral y sus misterios, en los nombres falsos, seudónimos, heteronimos y homónimos por igual
creo en las ciudades grandes de casas pequeñas, en las alcantarillas, en las lámparas de papel de china, en los botones policromos de los departamentos de juguetería y en los limpiadores de piso con aroma a frutas
creo en la música del silencio, en los pueblos de mi infancia, en la espesura de mi sangre y sus bajos niveles de hemoglobina
[yo también] creo en los besos, en los calendarios, en el incienso, el copal y en todos los insecticidas
creo en el pájaro que da cuerda al mundo, en las ausencias, en todos los objetos perdidos, en los teatros vacíos y en las sombras que se filtran por debajo de las puertas
creo, en fin, en el espacio que cada uno [re]crea con el solo roce de su cuerpo y modifica el curso de las cosas en el universo...

*
lo que comanda el relato no es la voz: es el oído, dice el Marco Polo de Italo Calvino
el problema con el espacio es que, al igual que los relatos, depende en gran medida de quien lo perciba
o al menos así se lo explica Marco Polo a aquel emperador melancólico que ha comprendido que su ilimitado poder poco cuenta en un mundo que marcha hacia la ruina: el Gran Kublai Kan, a quien el viajero también invita a la recreación de

las ciudades invisibles
[de Italo Calvino]

ciudades invisibles/ciudades imposibles: no pueden ser ni ser vistas, pero sí evocadas y aprehendidas por la humana imperfección a partir de uno de los pocos recursos vigentes para sobrevivir a los espacios que nos constriñen y llegar a transformarlos: el de las palabras que nombran, renombran e inventan un nuevo modo de mirarnos

A veces me parece que tu voz me llega de lejos,
mientras soy prisionero de un presente vistoso e invivible
en que todas las formas de convivencia humana han
llegado a un extremo de su ciclo y no es posible imaginar
qué nuevas formas adoptarán. Y escucho por tu voz las razones
invisibles de que vivían las ciudades y por las cuales,
quizá, después de muertas, revivirán.
*
todas las ciudades invisibles tienen nombre de mujer:
Eudossia, Cecilia, Raissa, Adelma, Otilia, Smeraldina, Melania, Leandra
quizás por eso también llevan implícito un misterio y el eco entrañable de los aspectos que suelen dar forma a la vitalidad humana,
quizás por eso las ciudades invisibles no son ciudades o espacios en sí, sino que llevan consigo el sello de la memoria, del deseo, del nombre, de la muerte, del cielo y de lo secreto
son geografías cuya disposición no puede ser nunca lineal, porque se erigen como versión concreta de lo imposible, contradictorio, espiral y reflejo que es el fractal de vida que de nosotros parte y a nosotros regresa

El catalogo de las formas es interminable:
hasta que cada forma no haya encontrado su ciudad,
nuevas ciudades seguirán naciendo.
*
las ciudades invisibles, al igual que los espacios en los que creemos, se contienen a sí mismas, son microscópicas, son reflejo de sí, se explanden en círculos concéntricos, son felices y tristes al mismo tiempo,
son ciudades laberinto, ciudades misterio, ciudades enterradas, ciudades de las que es imposible escapar,
ciudades que no existen más que cuando alguien cree en ellas,
son ciudades de agua, piedra, cristal,
ciudades aéreas apenas sostenidas por un par de zancos,
son trazo terrestre de los caminos del cielo,
son ciudades telaraña suspendidas en el aire
y, a veces, sólo despiertan para volver a nacer cada mañana
son el espacio que llegamos a hacer propio y habitar por encontrar en él un signo que nos evoca

*
El infierno de los vivos no es algo que será;
hay uno, es aquel que existe ya aquí,
el infierno que habitamos todos los días,
que formamos estando juntos.
Dos maneras hay de no sufrirlo.
La primera es fácil para muchos:
aceptar el infierno y volverse parte de él
hasta el punto de no verlo más.
La segunda es peligrosa y exige atención y aprendizaje continuos:
buscar y saber reconocer quién y qué,
en medio del infierno, no es infierno,
y hacerlo durar, y darle espacio.
*
...creo también en este infierno, en la segunda manera de no sufrirlo, en todos los que he podido reconocer en medio de él y en las ciudades invisibles construidas para hacerlos durar y darles un espacio


cursivas: Italo Calvino. Las ciudades invisibles. [versión digital pdf]
imagen: "ad parnassum", paul klee

viernes, 18 de diciembre de 2009

palabras (no. 41)


nunca hubiera leído el libro de haberlo encontrado en cualquier estante de librería.

nunca un título tan trillado, tan puesto de moda en tiempos recientes, me hubiera invitado a la lectura por el solo hecho de que, en general, me parece implicar una serie de connotaciones que me resultan vacías, vulgares, en ningún sentido sugerentes:

putas asesinas
de roberto bolaño

sin embargo, lo que hay en él es todo lo contrario.

el libro llegó a mí en una noche de "ritual de purificación" espontánea, súbita, que yo no imaginaba al llegar a esa casa.

la lluvia contribuía a crear un ambiente de limpieza que, en muchos sentidos, parecía tener la consigna de concluir con aquella ceremonia improvisada antes del amanecer.

el camión de la basura ya se había llevado un buen tanto de libros, papeles, revistas, pero aún había mucho más: la casa se había convertido en un pequeño caos-laberinto de palabras impresas condenadas al exilio, bien porque ya no decían nada, porque habían caducado o porque sencillamente eran palabras no deseadas, traicioneras simplonas del sentido.

las rutas posibles se complicaban porque junto a las palabras destinadas a la desaparición, estaban también las otras: las que todavía palpitan y respiran con esa vitalidad que eriza la piel, arrastra al llanto o resquebraja en un solo segundo los cimientos de nuestras montañas interiores.

a estas últimas corresponden las palabras de putas asesinas que, con un trazo sutil pero definido, dibujan la cotidianidad improbable de cada historia marcada profundamente por rastros autobiográficos, por un pesimismo áspero y el signo fatal de un mal presagio.

son historias en apariencia triviales, que poco a poco se van desdoblando, hasta llegar al clímax de la existencia a través de personajes no tan peculiares como entrañables en su sinceridad.
acapulco, irapuato, bélgica, francia, alemania, chile, barcelona, cualquier rincón olvidado en el norte de méxico, dejan de ser puntos en los mapas para convertirse en expresión y síntesis de lo humano que se mira de frente y logra sostener[se] la mirada

aquí debería acabar el relato, pero la vida es un poco más dura que literatura

y por lo tanto el relato no acabará nunca.


cargadas de una violencia terrible, de ésa que se gesta dulcemente y con paciencia, las historias de putas asesinas van del encuentro casual a la historia increíble (el ojo silva), del relato fantástico, entre la necrofilia y la empatía entre dos seres (el retorno), a la creación de ambientes saturados del pesar humano, de los fantasmas del pasado, las obsesiones, el aburrimiento o la resignación (el dentista, vagabundo en francia y bélgica, últimos atardeceres en la tierra, gómez palacios)

hay en ellos la fijación por lo que como humanos nos atormenta y que algunas veces han dado en llamar locura o relacionan con el suicidio, pero que apela más a una forma de mirar y ser en esta vorágine llamada vida

a veces lo cotidiano se va transformando para dar espacio a la superstición (buba), a la construcción de perfiles humanos que parecen llenarse de una vitalidad avasalladora (prefiguración de lalo cura) o que sencillamente describen posibles rutas para suspender una profunda soledad y búsqueda del calor de una cierta desmesura

por fin llegué al punto que habría de explicar mi incomodidad primera:

las mujeres son putas asesinas, Max,
son monos ateridos de frío que contemplan el horizonte
desde un árbol enfermo, son princesas que te buscan en la oscuridad,
llorando, indagando las palabras que nunca podrán decir.

las palabras -otra vez, siempre- las palabras,
de las que me apropié aquel día: las vacías y las poderosas,
ésas que quedan palpitando sin poder ser pronunciadas,
ésas que erizan la piel y el llanto,
ésas que derrumban de un solo golpe todo lo que creemos ser.


Bolaño, Roberto. Putas asesinas. Barcelona: Anagrama, 2001
Imagen: Escher

domingo, 8 de noviembre de 2009

"para habitar la tierra por el lado de la piel" (no. 40)

sólo olvidamos, y de habernos olvidado viene la raíz del asombro
segundo libro de crónicas
antónio lobo antunes

ahora recuerdo que era una tarde lluviosa y amarillenta. una luz pálida y húmeda se filtraba por las ventanas del café de una librería. yo esperaba simplemente, sin poder dejar de mirar la tarde. de pronto llegó compartiendo su más reciente hallazgo: unas hojas diminutas, envainadas, que al contacto con el agua hacían ¡plop!
las sacó de su bolsa, las colocó en un plato, a falta de agua las ensalivó y, efectivamente, hicieron ¡plop!
también me compartió una piedra abrazada sin remedio a una concha marina y las palabras a las que ahora vuelvo con todo el asombro:
segundo libro de crónicas
de antónio lobo antunes

más que la referencia bíblica, llamó mi atención el acento en "antónio" y la fotografía de la portada: la imagen en blanco y negro de una calle curva, empedrada, con dos líneas para el tranvía, fachadas de casas viejas al fondo y una pareja de espaldas caminando calle abajo.
imagen por demás sencilla, pero hermosa: sencilla en su hermosura/hermosa en su sencillez, al igual que todas las cosas que fui encontrando en cada crónica

***
soy una obsesiva de las cosas, de los nombres, de la memoria,
de la memoria cuando recuerda el nombre de las cosas o las cosas sin un nombre,
de las cosas pequeñas, de los detalles, del olvido y de los asombros.
quizás por eso mi fascinación sigue vigente, porque las cosas puestas en juego en el segundo libro de crónicas tienen el matiz de lo entrañable.
no hay historias extraordinarias ni personajes sublimes, no hay tensiones ni intrigas ni desenlaces, no hay finales felices, más bien no hay finales, sólo puntos de partida, líneas de fuga que sinuosamente nos llevan a perdernos en un laberinto de deseos, nostalgias, palabras, recuerdos de infancia, figuras desconocidas que reconocemos desde lejos porque, sin habernos visto antes, nos hablan y nos cuentan sobre esas pequeñas cosas:
me armo de paciencia y, no obstante, a veces las cosas hieren, hay ideas que entran en nosotros como espinas. no se pueden quitar con una pinza: se quedan ahí. entonces la cara empieza a estropearse y
dicen
envejecemos
***
cada crónica se erige como un recuerdo que todavía no llegamos a evocar, pero que sabemos nuestro, de alguna manera inexplicable, porque hay nombres familiares que acuden de inmediato al leer que
parece que hubiera, en las mujeres de la familia,
como unas ganas de llorar. no de tristeza, claro,
sino del hecho de que exista para siempre,
dentro de ellas, una caracola conmovida

porque también recordamos numerosas expresiones que atraviesan siglos para luchar con los agujeritos tapados de los saleros; porque reconocemos una felicidad ahí donde las paredes del corazón eran tan finas que se podía escuchar del otro lado; porque también nos sabemos vulnerables y admitimos nuestras pérdidas y nos damos cuenta de que igualmente estamos hechos de cardos y que hay palabras que dejamos secar dentro de nosotros o que las ha secado la vida.

***
no es sólo el recuerdo, es también el asombro y la fascinación
es la historia del noruego que nunca había visto un rosal y al mostrárselo se sorprendió de que un arbusto diese fuego
es convenir en que ahí donde haya certidumbres el arte es imposible
es volver sobre los pasos, sobre las letras, sobre las páginas y pensar si en verdad será imposible escribir sin contradicción, tortura, vehemencia, remordimiento y esa especie de furia indignada de las zarzas ardientes que lanza a las emociones unas frente a otras en una exaltación perpetua
es evocar aquellos nombres siempre presentes, siempre abrazables, de quienes son nuestros volcanes de camaradería exigente y limplia, islas fraternas de rigurosa ternura, refugios de piedra suave donde aplacar la inquietud de la fiebre, personas que nos reconcilian con la noche más oscura del alma de la que escribía Scott, por traernos de ella vestigios de la mañana
es esbozar la media sonrisa ante la idea de que la muerte se perdona
te perdono porque no eras sólo Poeta.
eras Poesía, y por eso te respeto y admiro [...]
es la primera vez que me juegas una mala pasada,
y la primera vez se disculpa siempre. no obstante,
te lo advierto: no se te ocurra volver a morirte.
y ahora, que se acabaron las amenazas,
dame el abrazo de costumbre y vámonos.
***
me parece que el segundo libro de crónicas implica sobre todo la posibilidad de sacar lo necesario para habitar la tierra por el lado de la piel, lejos del otro lado, de ese feo solar de lo que ignoramos: escombros como patria, como huesos, como los amargos cadáveres de la envidia
es aventurarnos a la fragilidad para pedir asilo cuando sea necesario, para solicitar una palabra, un recuerdo o una sola sonrisa a cambio de un único instante:
tú, a quien no conozco o imagino que no conozco, ayúdame a quedarme.
ocupo poco espacio, casi no hago ruido, nunca grito, no molesto a nadie.
llévame contigo y ayúdame a quedarme. tengo llana la ternura aunque con nudos.
como tus uñas son más largas que las mías, hazme el favor, desátame.
manos impregnadas de nubes, suaves sus huesos como la leche, despaciosos, certeros.
es bueno nacer en el instante en que el aire es más frío que el agua.
lo he traído en el bolsillo para ti.
***
en su bolsillo estaban las hojitas envainadas que hacían ¡plop! al contacto con el agua, también la piedra abrazada irremediablemente a una concha marina que, horas después, mi torpeza separó en un segundo, sin darme cuenta (no importa, dijo, saldrán ángeles); en el libro que entonces me dio estaban, entre muchas otras, algunas de las palabras que consigno aquí...
desde esa tarde lluviosa y amarillenta han pasado algunos años, no muchos ni pocos, sólo algunos
de esa tarde lluviosa y amarillenta me queda una levedad de ángeles y el recuerdo de que no necesitábamos decirnos muchas cosas para decirnos muchas cosas

citas tomadas de: Lobo Antunes, António. Segundo libro de crónicas. Barcelona: Mondadori: 2004.
imagen: "muchacha asomada a la ventana". Salvador Dalí



domingo, 27 de septiembre de 2009

una historia de seda-deseada (no. 39)


de vez en cuando, en los días de viento, bajaba hasta el lago, y pasaba horas, mirándolo, puesto que, dibujado en el agua, le parecía ver el inexplicable espectáculo, leve, que había sido su vida.

la vida leve de Hervé Joncour también es una historia, mezcla de amor y música blanca

cuando no se tiene un nombre para decir las cosas,
entonces se utilizan historias. así funciona. desde hace siglos

desde hace siglos que no sabemos decir las cosas o es que hay cosas indecibles imponiéndonos la obligación de hacer historias

el nombre sencillo de esta historia, mezcla de amor y música blanca, es
Seda
de Alessandro Baricco
y lo indecible en ella se bosqueja siguiendo los recorridos de Hervé Joncour, quien compraba y vendía gusanos de seda
tenía treinta y dos años.
compraba y vendía.
gusanos de seda.

***
la historia de Hervé Joncour se entrelaza sutilmente, en cuadros breves que se deslizan en cada uno de nuestros sentidos, como seda entre los dedos, como esa seda que es

como tener la nada entre los dedos

decía que era una historia mezcla de amor y música blanca. quizás fui imprecisa.
más bien, podría ser una historia de seda-deseada.
de viajes al japón y regresos a un pueblecillo francés productor de seda.
de lo difícil que es resistir la tentación de volver. siempre volver.
del silencio que nos impone la vida con sus vueltas cuando nos deja sin absolutamente nada más que decir.
del fin del mundo que creemos invisible hasta que lo miramos de frente y en silencio
y, quizás también, del amor que a veces es como una especie de triste danza, secreta e impotente

***
Seda, también es una historia de los sutiles estragos que deja la movilidad.
las idas y venidas a un mundo otro que nos regresa al nuestro, pero siempre distintos,
irreversiblemente.
así, Hervé Joncour o Hara Kei -su "socio" en el Japón- transitaban de un cambio a otro, como si fuesen
un hilo de oro que corría recto en la trama de una alfombra tejida por un loco

asistían en cada una de sus entrevistas anuales a la proximidad del fin del mundo,
invisible,
donde no queda ya nada hermoso en el mundo
donde Hervé Joncour miró también hombres armados y niños que no lloraban.
vio los rostros mudos que tiene la gente cuando es gente que huye.
quizás porque él también era gente que huía,
que huía al encuentro de algo que no habría de vivir nunca
y que habría de morir en la nostalgia de ese dolor extraño
***

Seda también es una historia de pájaros:
dicen que los hombres orientales, en vez de honrar la fidelidad de sus amantes con joyas, les obsequian aves, pájaros de todo tipo, de todos colores y los colocan en una pajarera.
una vez, en uno de sus regresos al Japón, Hervé Joncour, miró

el cielo sobre el palacio tiznarse por el vuelo de cientos de pájaros,
como si fuera un estallido de la tierra, pájaros de todo tipo,
desorientados, huyendo hacia cualquier parte, enloquecidos,
cantando y gritando, pirotécnica explosión de alas
y nube de colores disparada en la luz y de sonidos asustados,
música en fuga, volando en el cielo.
Hervé sonrió.
Sin embargo, ellos, los pájaros, tampoco pudieron resistir la tentación de volver,
de habitar la pajarera, resguardados del cielo, otra vez.

***
Seda también cuenta la historia de las huellas que han dejado esos pájaros sobre el papel
como huellas de una voz quemada
como palabras indescifrables
como las cosas indecibles que nos obligan a hacer historias de voz desenfocada.
las historias nos sirven para decir lo que no sabemos nombrar, pero también para matizar con lo entrañable todo aquello que, aunque sabemos cómo, no queremos pronunciar:

lo que era para nosotros, lo hemos hecho, y vos lo sabéis.
creedme: lo hemos hecho para siempre.
preservad vuestra vida resguardada de mí.
y no dudéis un instante, si fuese útil para vuestra felicidad,
en olvidar a esta mujer que ahora os dice, sin añoranza, adiós


Fragmentos tomados de: Baricco, Alessandro. Seda. Barcelona: Anagrama, 2005.
Imagen: Ángel Jové

domingo, 20 de septiembre de 2009

jugando el juego del revés (no. 38)


para C.L. y M

por aquello de los neologismos

por aquello de los axolotes

por aquello de la saudade


me obligo a jugar el juego del revés, a recordar ese "pueril reverso de las cosas",

a volver sobre los pasos de mi memoria sin tacones:

ya había pensado en esto y me dije que empezaría parafraseando aquella idea de la saudade, eso que decía Tabucchi en el primer cuento que da título al libro, eso de que la saudade es un estado del espíritu al que sólo pueden acceder los portugueses (yo pensé "y qué hay de los brasileños", pero no supe darme una respuesta).

es por excelencia la palabra intraducible: la saudade: ¿cómo traducir esta soledad, esta nostalgia, esta vuelta constante a las cosas tan definitivamente extraviadas?

hay que inventar un neologismo que entienda de nuestro estado del espíritu cuando todo se nos vuelve un caracol y, por accidente, alguien lo pisa.

hay que inventar una palabra que entienda nuestra peculiar nostalgia y todos sus posibles abismos.

hay que saber llamar a las calles con todos los nombres de Pessoa, con todos sus fantasmas...

ya había pensado en esto, en el "juego del revés" de Tabucchi, y me había dicho que diría estas cosas:

que es un libro de historias lleno

no, que es un libro de historias sencillas

tampoco, que es un libro de crónicas-parábolas-ejemplos-fábulas para explicarnos (a todos nosotros los desventurados que no nos fue dado el nacer portugueses), vagamente, a grandes rasgos y con garabatos desdibujándose, una remota noción de la saudade y también algunos de sus posibles abismos

había pensado en esto y prometí que diría que jugar el juego del revés es también volver a la infancia una vez que la vida nos ha obligado a aprender a vivir en un desierto (¿lo ves?, en un desierto, nos ha obligado)

había pensado en el niño-anciano-axolote que somos y que habita en el desierto

me dije que diría algo nuestra mirada ingenua con la que contemplamos el espejismo y le creemos

también algo sobre las manos pequeñas y las cosas pequeñas que en ellas guardamos: la sonrisa del gato, el crujido del juguete que se rompe, el llanto de algunos árboles, el suspiro de las banderitas en el mes patrio, el regaño del mar... en fin, pues, esas cosas que se llevan al desierto...

porque en lisboa, en casablanca, en un bar, en las callesconnombredepessoa, en una ciudad blanca de tan negra, en el rincón más fantasmable de lo que una ha llegado a ser, hay un desierto

pero también hay espejismos muy dispuestos a jugar:

jugar a la síntesis de la vida en un ikebana

jugar a ser palmera, a ser mujer, a ser Josephine

jugar a ser niño aprendiz de latín mientras mamá se reviste de nuevas felicidades que nos ponen celosos

jugar a ser Fernando sin volvernos gerundio

jugar a ser Conrado sin convertirnos en un participio

jugar sin dejarse perder

sin nunca llegar a matarnos, porque después de todo hay mucho calor ahí afuera y todavía podría soplar algo de encanto, porque siempre habrá una ficción y un espejismo, una imaginería, una coincidencia que nos diga muy despacio al oído que al llegar a la casa vacía que tanto habitamos, una saudade neologizable, renovada, traducida, habrá de invitarnos otra vez, cada vez, al juego


Tabucchi, Antonio. El juego del revés. Anagrama, 2001.
Imagen: "El paseo", M. Chagall

lunes, 27 de julio de 2009

mano del fuego: jardín del deseo (no. 37)

escribo sabiendo que hacerlo es una metáfora de amarte. que haciéndolo te convoco, eres aparición ritual, no sólo recuerdo. escribo en ti y contigo en la punta de la lengua.
escribo para desnudarme. escribo para disfrazarme. escribo para inventar un carnaval. escribo cantando.
escribo hasta cuando no escribo. y aún así busco, o sin buscar presencio, la aparición ritual de esa súbita existencia: la excepción que podemos o no llamar poesía.
escribo como amo, como te amo, como te escribo.
"La mano del fuego"
Alberto Ruy Sánchez
la escritura entonces sigue los rumbos sugeridos por el Jamsa: cinco rutas, cinco dedos: amuleto de historias que se ramifica y florece en múltiples direcciones pero que también conserva la unidad de una misma mano, de un mismo punto de partida.
la búsqueda y el deseo rigen el curso de cada historia, habitan en la memoria del tacto, en las manos y en la piel del amante, en la proximidad del fuego que encanta y quema, que destruye y perfecciona, que agita y que consume: lo mismo que el amor.
pulgar:
intención, voluntad, fuerza, destreza, sutileza,
dedo de las obsesiones, de la vitalidad obcecada.
el pulgar enciende el fuego y luego quiere saber
cómo dominarlo, es el dedo donde el fuego y
el amor se hacen uno. simboliza lo radicalmente
indecible, el vuelo sin regreso de los insectos
hacia la llama. Y dicen que con ese dedo,
en algunas vidas ardientes, todo comienza.

el recorrido por cada historia contada/murmurada/vivida/imaginada es una invitación a un jardín distinto, a un jardín otro en el que también nos reconocemos:

para ir de lo que somos a lo que no somos,
o más bien a lo que sí somos pero de otra manera,
porque también somos nuestros deseos,
nuestros espejismos, nuestros sueños.
lo que llevamos en el corazón nos ayuda a transformarnos.
ser es ser otra cosa, si estamos vivos.

Tarik el alfarero encendido en la consigna de hacer una pieza de barro con las cenizas de los dos amantes: barro y ceniza forjados con sus manos, fuego que fija y perfecciona, que puede hacer explotar si no se presentan las condiciones adecuadas
índice:
señalar, indicar, elegir, contar, probar,
tocar el fuego, el que recibe al pájaro que volaba,
el que hace cantar al coro, el que hace cosquillas...
dicen que es el dedo que conocerá primero el paraíso

Zaydún (Ignacio Labrador) el escritor-contadordehistorias, el amante en el perpetuo encuentro-desencuentro amoroso, el explorador de jardines-laberintos, sonámbulo obstinado

cordial:
simboliza la presencia, se le atribuyen cualidades
de búsqueda, el dedo de la música al frotarse
con el pulgar, en vínculo con Saturno se le relaciona
con un principio de concentración, fijación e inercia,
también es el dedo de la melancolía, la reflexión
y la duda... y de la memoria profunda:
re-cordar es volver a tocar con el corazón

Jassiba y las historias recreadas a través de las palabras de su abuela: jardines de hielo, jardines de espejismos, jardín de imposibles, jardín perverso, jardín sonámbulo: donde las flores modifican sus colores ("se ruborizan") ante la cercanía de cuerpos humanos.
los sueños son entonces el punto de encuentro con nuestros deseos, espacio-tiempo comunicante donde jardines distintos adquieren la exuberancia de lo indecible

si algo muy bueno te pasó en la vida,
siempre una parte de eso vendrá de nuevo
a tu cuerpo, aunque sea con el disfraz de un sueño.

también están las historias de los objetos, de las miradas, de los viajes, de los amuletos, de los tatuajes en la piel (con o sin tinta). las historias susurradas en una plaza pública como secretos a voces que en cada quien reviven con el color de una pasión distinta: la historia que se multiplica y vuelve, de uno a otro, cambiante y siempre la misma

anular:
el dedo de la importancia excesiva de las cosas:
del fetichismo. el dedo de la espiral, del amor
como un placer detenido en su multiplicidad,
dedo de la retención y la riqueza, que puede ser
fugaz, por lo tanto también de los vínculos
que se pierden: con las personas amadas
y hasta con los dioses.

la mano del fuego gira en espiral, encoge los dedos, los estira, los invita a la exploración, a estrujar el tiempo y permitir que el deseo habite en lo infinito de un momento, en la infancia y los primeros experimentos del tacto, en la adolescencia y las primeras impresiones del amor, en la vida de todos los días y la búsqueda perpetua del sonámbulo en todos los jardines posibles

meñique:
dedo jardinero, creador de paraísos, dedo
de lo extremo, de lo que está más allá
de lo visible, de lo que no se puede explicar,
de lo indecible:
de los misterios del amor y del fuego.
"la mano del fuego", entonces, como escritura del sueño del sonámbulo, del tentar-nos con la llama temblorosa; de escribir cantando el rumor de las historias de todos vertidas sutilmente en una plaza pública; de jugar a descifrar el jardín-laberinto-indescifrable del deseo
citas en cursivas: Ruy Sánchez, Alberto. La mano del fuego. México: Alfaguara, 2007.
imagen: "Hamsa" de Delphine Peller, 2006.

miércoles, 3 de junio de 2009

donde la luna ilumina las sombras (no. 36)

para N. (May Kasahara)
que cree en los gatos y
en los que hablan con los gatos,
en el mundo felino,
en la sección amarilla,
en las líneas al azar...

es grato pensar que existe un otrolugar en el que se encuentra ese otroverdadero que somos

es mejor cuando una llega a creer que realmente existe

leer a Murakami es acceder provisionalmente a todas las formas que ese otrolugar puede llegar a tener,
porque también, desde nuestra orilla-lectora, somos personajes solitarios y escindidos
dividos por el hachazo de la ola invisible que un momento cualquiera nos aterra y nos conmueve,
nos devora para siempre y nos ultraja

volver a Murakami es reencontrarse con lo que uno ha perdido de sí sin darse cuenta, con los sueños olvidados, con las fantasías que nunca nos atrevemos a imaginar, con la orilla a la que, yo, no sé, si quiero llegar alguna única vez


***
Kafka en la orilla
cuando tu estás en el borde del mundo
yo estoy en el cráter de un volcán muerto
a la sombra de la puerta
se yerguen las palabras que han perdido sus letras

al dormir, la luna ilumina las sombras
pececillos caen del cielo
al otro lado de la ventana
hay soldados con el corazón endurecido

Kafka está sentado en una silla a la orilla del mar
pensando en el péndulo que hace oscilar el mundo
cuando el círculo del mundo se cierra
la sombra de la esfinge sin destino

se convierte en cuchillo
y atraviesa tus sueños
los dedos de la niña ahogada
buscan la piedra de la entrada
alza las mangas de su vestido azul
y mira a Kafka en la orilla del mar


la orilla del bosque, la orilla del mar, la orilla del amor, la orilla del deseo, la orilla de los objetos perdidos
todo se vuelve orilla cuando aceptamos que esta cotidianeidad es insuficiente
¿la nada se incrementa?, pregunta Nakata: el hombre que habla con los gatos, el que se permite todas las preguntas (todas: las de los locos y las de los niños, las de los niños locos que hablan con los gatos)
estar en la orilla es tener la voluntad para no volver a ser el mismo-lo mismo

***
a la par con la voluntad está la profecía
el designio de los dioses
la fatalidad nombrada por el oráculo
creer en ella o no es lo de menos
lo importante es emprender el viaje y avanzar,
así lo ha entendido Kafka Tamura, el joven de 15 años que escapa de la casa paterna en Tokio hacia cualquier sitio, hasta una biblioteca donde quizás habrá de encontrarse con una parte de sí perdida veinte años atrás, en el mar...

la otra cara de la profecía encarna en Nakata, sí, el hombre que habla con los gatos y que siendo niño, luego de un extraño episodio que lo dejó inconsciente en medio del bosque durante la segunda guerra mundial, perdió la facultad de leer a cambio de la de hablar con los gatos
(todavía no he decidido si es o no un trato justo)

cada uno emprende su propio viaje [mítico]
su propia búsqueda hacia es otrolugar: orilla de mar, de volcán, orilla de sí, orilla de nada que se expande
hacia el encuentro con todo lo perdido sin remedio sólo para mirarlo por una última vez
y no volver atrás


***
que nosotros vayamos decayendo y perdiéndonos se debe a que el mecanismo del mundo, en sí mismo, se basa en la decadencia y en la pérdida. y nuestra existencia no es más que la silueta de este principio. el viento sopla. podrá ser un viento violento que asole los campos o una brisa agradable. pero ambos irán perdiéndose, desapareciendo. el viento no tiene cuerpo. no es más que el término genérico del desplazamiento del aire. tú aguzarás el oído. entenderás la metáfora- le dice Oshima (el joven hemofílico que en realidad es una chica cuyo cuerpo de mujer sencillamente no se manifiesta) a Kafka Tamura,
pero también sabemos que el aire y el viento no son sólo nombres cuando el mito se vierte sobre ellos y sobre nosotros, cuando las coincidencias de un sitio/nombre/rostro/tiempo a otro se sincronizan con la precisión estremecedora de los felinos cuando deciden mirar a quien les pertenece.


*citas tomadas de "Kafka en la orilla" de Haruki Murakami, México: Tusquets Editores, 2006.