martes, 30 de abril de 2013

mediana crónica de pequeños días. I. (no. 61)


para Inés
Advertencia


M
e pides que te escriba un cordero y yo digo que no. Primero, porque la palabra cordero necesariamente tiene un acento (bastante fuerte) de precandidato panista a la presidencia. Así que será un borrego, sin ninguna implicación de dejadez ni de seguir a la manada ni cosa por el estilo. Un sencillo –que no simple– borrego. Segundo, de acuerdo con la fuente primaria de donde proviene la petición, el Principito le pide al piloto un cordero, uno que viva mucho tiempo y sea del tamaño justo para habitar en su planeta, de ahí el rechazo abierto a aceptarle la boa digiriendo al elefante. Bueno, entonces mis borregos –o las cajas que los contengan, según sea el caso– irán delineándose desde el tuyo (tu planeta, no tu borrego). Tercero y último, imagina que cada borrego es como otro planeta y cada otro planeta es como otra ciudad y que así como Campeche es el ejemplo más cercano, más bien el único que tengo del tipo de borrego que quieres, sólo puedo ofrecerte borregos viajeros.
Agrego un cuarto, una especie de posdata, porque he decidido incluir también otros escritos que, aunque no cumplen con la naturaleza de los borregos antes descritos ya que habrá algunos ubicados en tu muy conocida Ciudad Blanca, sí que guardan en su interior la voluntad de ser compartidos [contigo]. Octavio Paz tiene una “Pequeña crónica de grandes días”, yo sólo te ofrezco, pues al parecer la pequeñez de estas páginas no será tal y los días se hacen breves cuando los atraviesa la fascinación ante la vida, esta “Mediana crónica de pequeños días”.


Decir Xalapa


El primer borrego viajero[1] será de la ciudad de Xalapa, aunque quizá podría desplegarse en varios, pues la ciudad es diversa, polifacética y multicomplicada. Empiezo desde lo más general: Xalapa, capital del Estado de Veracruz es también conocida como “La ciudad de las flores”, la “Atenas veracruzana” y, para los cuates, la “Apenas veracruzana”. Curioso es que para ser ciudad capital es demasiado pequeña (apenas más grande que el B 612) y no tiene mayores posibilidades de crecer porque las montañas se lo impiden. La capital debería ser el Puerto de Veracruz, pero alguien alguna vez instituyó en uno de esos papeles importantes (tipo la Constitución y así) que un puerto no puede ser capital de un estado; por eso, el ser en sí del Puerto es su más grande limitación. Todo, como podrás advertir, se reduce a un problema ontológico.
La ciudad de Xalapa, te decía, es bastante contradictoria, misteriosa y fascinante. Su nombre viene de Xalla-a-pan (agua en el arenal), ya que sus barrios originales se encontraban entre arenales por donde fluía el agua. En el centro de la ciudad aún sobreviven algunos de estos barrios, como el de Xallitic, situado debajo de un puente y acondicionado como un parque rodeado de árboles, cafecitos y unos inexplicables lavaderos públicos. La idea de la “Ciudad de las flores” le viene bien. La vegetación todavía es un tanto exuberante, sobre todo en la zona universitaria donde se encuentran las oficinas de la rectoría, el estadio y las facultades de arquitectura, economía, biología y derecho de la Universidad Veracruzana. Atrás de la rectoría está la zona de los lagos: un conjunto de tres largos lagos artificiales en los que se han estado cultivando nuevas formas de vida inter y extraplanetaria[2]. El agua en ellos es verde, de un verde alga, de un verde alga radioactiva, sin llegar al tono criptonita. Es un agua más bien espesa, casi coloidal, en la que sin embargo circulan, ya sea en su interior o muy por la superficie, peces, patos, garzas, gansos y gansitos, y a veces, uno que otro infortunado borracho. La calidad del agua no es producto del descuido ni la falta de planificación. Al contrario. Letreros ubicados estratégicamente a lo largo de los lagos advirtiendo que los seres vivos en ellos no son para consumo humano, es clara evidencia de que hay un orden bien dispuesto.
La zona de los lagos es emblemática y día con día muestra ciertas modificaciones acordes con las demandas y necesidades de la sociedad. Por ejemplo, puesto que ahí confluyen varias escuelas de todos los niveles no es extraño advertir, apostados a la sombra de los floripondios[3] en flor, múltiples parejitas intercambiando diversidad de mercancías tangibles e intangibles (unas mucho más tangibles que otras, desde luego), así que la municipalidad decidió hacer los encuentros más confortables instalando unas banquitas de concreto duro y plano a la orilla de los lagos que, bajo el sol del medio día, constituyen el sitio idóneo para aspirar las emanaciones del agua verde, radioactiva, y de paso, asarse el trasero. De repente también improvisan puntos de entretenimiento en torno a esta imitación de natura, como la tirolesa que pasa por encima de todo el primer lago y en la que, si gozas de unos cuantos kilos de más, puedes refrescar tus posaderas (después de haberlas asado en las bancas) en el agua unos cuantos metros antes de llegar al otro lado. O los conciertos de fines de semana organizados en la plataforma flotante situada frente a las gradas-escaleras para bajar al primer lago. Un sábado me tocó el de una chica, en plenitud de la pubertad, interpretando todos los éxitos de Fanny Lu y otras destacadas figuras de la música contemporánea, que bailaba y cantaba invitando al público a acompañarla con la letra e incluso a subirse a la plataforma a danzar con ella. Sólo unos cuantos chiquillos de entre 3 y 6 años acudieron al llamado. Fue todo un éxito.
Más allá de esta área, las flores y la vegetación están por todas partes. Es curioso ver orquídeas creciendo al pie de las banquetas, helechos aferrados al cableado eléctrico, las cornisas, la parada del camión; margaritas, hortensias y otros muchos tipos cuyos nombres desconozco pero de las cuales puedo aventurar una bonita descripción. Abundan en los arriates unas flores que pueden ser blancas, rosas, guindas o una mezcla de ambos colores, surgen de unos arbustos de hojas verde oscuro y tienen los pétalos en forma de mariposas a punto de emprender el vuelo; hay otros sumamente intrigantes, son rojos o amarillos y semejan unos camarones (de los grandes que quedan estupendos empanizados) pero sin los ojitos, y hay otros más que salen de unos árboles medianos y son idénticos a un cepillo para lavar biberones o botellas, son de color rojo carmín y aún no identifico si son flor o fruto, hoja o semilla.
17 de marzo 2012



[1] Nótese que con la expresión “el primer borrego” me estoy comprometiendo a la emisión de más de uno, lo cual puede resultar en algo tramposo (para mí, que no de mi parte), ya que es bastante difícil regresar a este tono en medio de las lecturas obligatorias del doctorado. Por ejemplo, después de leer que “la palingenesia renacentista facilitó la expansión de Europa y fue decuplicada por la palingenesia del Iluminismo que sentó las bases de la dominación universal” (Rama 24), una termina plena y francamente desmotivada. Lo que quiero decir es que lo intentaré.
[2] Esta es, desde luego, una hipótesis muy personal. No dispongo al momento de documentación que la respalde, aunque sí de ciertos datos meramente empíricos en los que se fundan mis sospechas. Tal vez después regrese al planteamiento de este problema o tal vez no.

[3] El floripondio es una especie que goza de mucha fama en Xalapa. Dice la RAE que es un "Arbusto del Perú, de la familia de las Solanáceas, que crece hasta tres metros de altura, con tronco leñoso, hojas grandes, alternas, oblongas, enteras y vellosas, flores solitarias, blancas, en forma de embudo, de unos tres decímetros de longitud, de olor delicioso, pero perjudicial si se aspira mucho tiempo, y fruto elipsoidal, con muchas semillas pequeñas de forma de riñón". Ajá, pero su fama no radica en su parentesco con las solanáceas, sino en esos efectos perjudiciales. Las anécdotas son muchas acerca de la gente (sobre todo estudiantes) que ha comido, bebido el té o fumado sus flores y los tremendos efectos alucinógenos, de entorpecimiento de las funciones motrices y experimentación de diversos grados de inconsciencia que produce su consumo. La verdad es que las flores son muy lindas, recuerdan a las de Alicia en el país de las maravillas, y su olor, ciertamente, es muy seductor.


viernes, 16 de noviembre de 2012

breve estampa xalapeña (no. 60)


La verdad es que hasta ahora nada te he dicho de Xalapa, porque para decir Xalapa hay que decir incontables horas de música y madrugadas, decir un paisaje de montañas que no alcanza con nombrar el Pico de Orizaba ni el Cofre de Perote, hay que decir neblina como se dice un beso tartamudo anudado para siempre en la garganta. Pero, sobre todo, para decir Xalapa, es necesario hablar de un pueblo, de su ternura de gallos de azotea con su majestad plumaria entre tinacos, del saludo de las flores en los mercados y la voz antigua de los pregoneros, tendría que hablar de la risilla ligera del pan caliente en los hornos de leña y la brisa del café recién tostado en las tardes de frío. Tendría que matizar el paisaje de los lagos, pues también hay noches en que la bruma se desplaza como susurrando por encima del agua y lo hace de una forma tan misteriosa que sólo faltaría ver aparecer la barca de Caronte –que por fortuna nunca llega–. Y a veces también, cuando la noche es clara, si te asomas al agua y miras con cuidado y devoción, podrías encontrarte en el fondo alguna estrella. Tendría, pues, que decirte tantas y tantas cosas simples, tan de a diario, que tú me preguntarías para qué y yo no tendría respuesta. Lo que sí te voy a decir es que, para quien llega así de ajena como yo, Xalapa guarda una rincón y una bienvenida, un espacio diminuto de fidelidad. Xalapa, en resumen es un pueblo, y como diría Pavese: “Un pueblo se necesita, aunque sólo sea por el gusto de abandonarlo. Un pueblo, quiere decir no estar solo, saber que en las gentes, en las plantas, en la tierra, hay algo nuestro y, a pesar de que uno se marcha de allí, siempre nos aguarda”.

domingo, 23 de septiembre de 2012

"la luna y las fogatas" (no. 59)



Un pueblo se necesita, aunque sólo sea por el gusto de abandonarlo. Un pueblo, quiere decir no estar solo, saber que en las gentes, en las plantas, en la tierra hay algo nuestro y, a pesar de que uno se marcha de allí, siempre nos aguarda. Pero no es fácil permanecer tranquilos […] ¿Es posible que a los cuarenta años, y con todo el mundo que he visto, no sepa aún cuál es mi pueblo?
Para los que se marchan, cada sitio se convierte en un pueblo al cual volver, una tierra que guarda sus nombres fielmente, pero sin poder evitar que el tiempo les pase encima. Y no es fácil, nada fácil permanecer tranquilo cuando al mirar atrás se advierte que el nombre de uno se ha quedado desperdigado en tantos lugares. Por eso uno regresa –siempre regresa– a las calles de la infancia, a los patios derruidos y a las hierbas silvestres abrazadas a los muros, para verificar que fue cierto, que el nombre y la vida ahí dejados aguardan nuestro regreso.
Marcada por una de estas vueltas al pueblo de la infancia, La luna y las fogatas de Cesare Pavese implica revivir esa ingenua fascinación por ir descubriendo uno a uno los secretos de la vida, lo mismo que experimentar por primera vez los más profundos dolores. El paisaje idílico de Santo Stefano Belbo con sus viñedos y sus colinas, adquiere ante los ojos del narrador una multiplicidad de matices que van del recuerdo más entrañable de su comunión con la naturaleza, hasta los episodios más truculentos de las familias venidas a menos aplastadas por la guerra. En compañía de su mejor amigo, Nuto, el “Anguilo” recorre las calles de aquel pueblo de trabajos arduos y fiestas de pueblo, de chismorreos y secretos a voces que poco a poco se fueron oscureciendo con los tintes más absurdos de la lucha armada. Volver al pueblo representa un asombro ante las cosas nuevas, pero sobre todo, una abierta confrontación con el pasado, con las muertes de tantos y tantos conocidos, con el destino que la permanencia en ese sitio le deparó a cada uno de sus habitantes.
Aunque ya todo es distinto y la mayor parte de lo que antes representaba la vida ha quedado sepultado a la sombra de cualquier avellano, en el horizonte, por encima de las colinas todavía resplandecen las fogatas, lo mismo que las risas y los sueños que encontraron calor en torno a ellas. Al final y después de muchos años queda eso, el resplandor quizá ilusorio y un par de certezas:
He recorrido bastante mundo para saber que todas las carnes son buenas y se corrompen, y por eso uno se cansa y trata de echar raíces, de hacerse tierra y pueblo, para que la propia carne tenga valor y dure algo más que una simple vuelta de estación.

Pavese, Cesare. La luna y las fogatas. Trad. Romualdo Brughetti. Buenos Aires: Siglo Veinte. 1972.
Imagen: "El pájaro relámpago cegado por el fuego de la luna". J. Miró.

domingo, 20 de mayo de 2012

salvo la tentación (no. 58)


Como introducción a su ¿Hay vida en la tierra? (Almadía 2012), recopilación de cien historias publicadas en columnas de diversos periódicos, Juan Villoro habla de la necesidad de un periodismo que apele a la tentación del lector, a esas historias de “antojo” que “encandilan con algo que podríamos ignorar”. Más allá de la información necesaria sobre política, economía, sucesos de interés general y demás, los diarios deberían incluir esas piezas de los “periodistas de tentación” donde se recupera y adereza la vida cotidiana, y posteriormente es leída por el puro placer de acceder a un espacio privilegiado de belleza.
Creer que hay belleza en el más nimio detalle o coincidencia que nos depara el andar de todos los días, es creer que aún hay algo de esperanza en lo que hacemos; reconocerla en sucesos extraordinarios, históricos, surgidos de la inconformidad y la voluntad para cambiar el curso de un país en agonía, es comprobar que todavía tiene sentido congregarnos por un bien común con la esperanza de que el estado de cosas seguramente va a cambiar. “En una época de simulacros, marcada por la televisión, el universo digital y otros filtros, de pronto algo es misteriosamente real”, continúa Villoro, y ese algo real lleno de misterio es lo que queda palpitando mucho tiempo después de haberlo descubierto.
La marcha antiEPN llevada a cabo ayer sábado 19 de mayo en el zócalo capitalino, fue histórica, extraordinaria y bella en muchos sentidos. No fue sólo una congregación multitudinaria de personas en abierta oposición a que el candidato por el PRI, Enrique Peña Nieto, ocupe la presidencia, sino una celebración del poder de la gente, del sentido del humor y la ironía, del simbolismo implícito en caminar todos juntos desde el corazón del país hacia un mismo fin: el Ángel de la Independencia. No es que la nota trágica hubiera estado ausente, al contrario, múltiples mantas, pancartas, lonas impresas, camisetas y una pantalla gigante, estaban ahí para dar cuenta de que después de todo, sí somos un país con memoria, que tiene muy presentes episodios tan terribles y doloroso como Tlatelolco y Atenco, como los miles de torturados, asesinados y desaparecidos de la actual y absurda guerra contra el narcotráfico. Digo celebración como digo exhibición pública y crítica (pero también llena de algarabía) de la corrupción, la mentira, la represión y la hipocresía de un partido y un candidato que aspiran llegar pronto al poder a través de la promoción, por demás deleznable, de unos medios de comunicación igualmente corruptos y censores. Digo celebración, como digo reunión festiva, en este caso, de miles de personas dispuestas a no creer más en las imágenes de plástico de las televisoras oficiales, en las encuestas vendidas y las promesas huecas de campaña.
Algo se volvió misteriosamente real el día de ayer, algo que tiene que ver con la expresión de una voluntad colectiva y genuina, llena de la creatividad de un sector de la sociedad que ha decidido asumir su papel dentro de ella y expresarse con una de las mejores armas contra la imposición y el autoritarismo: el sentido del humor. Por eso, después de la marcha entre el zócalo capitalino y el Ángel, quedan palpitando los signos, las palabras, las risas, las miles de voces:
“Peña el que no brinque”, “Encuestas vendidas, Peña no va arriba”, “Yo leo, no veo Televisa”, “No más PRI”, “Gaviota, tu esposo es un idiota”, “Ni un voto, PRI=PAN”, “Yo no vine por mi torta, vine por mis huevos”, “EPN ¡NO!”, “Ni un voto al PRIAN”, “Yo leo, no veo Televisa”, “Se ve, se siente, Enrique es delincuente, se ve, se nota, su cola de ratota, no lee y se nota, Peña miente es un idiota, Peña no cumple”, “Ni panista ni perredista. Soy mexicana y conozco la historia. No a EPN”, “Voto informado, no manipulado”, “Peña Nieto, México no te quiere”, “NO + PRI”, “EPN, gobernar México no es una telenovela”, “EPN: la prole no te quiere”, “Peña, cae bastardo”, “Este señor tiene derecho a no leerme, a lo que no tiene derecho es a ser presidente a partir de la ignorancia” (lema junto a una imagen de Carlos Fuentes)…
Y a la par con las voces, las imágenes: ratas gigantes con el rostro de Carlos Salinas o Enrique Peña Nieto, un títere de EPN manipulado por Salinas, un copete atravesado por la línea roja diagonal de está prohibido, camisetas blancas y negras con “NO + PRI” o “Peña no cumple” en las espaldas, máscaras de Guy Fawkes cubriendo los rostros de los manifestantes, cartulinas con mensajes diversos: “Yo sí tengo memoria: Tlatelolco, Acteal, Aguas Blancas, Devaluación 1994”, “No le regales tu voto a Peña Nieto, mejor regálale un libro”, “Soy Cecilia F. Soy desempleada. Me niego a aceptar la realidad maquillada que quieren imponer las televisoras”, “Me comprometo a madrearte como a los de Atenco”…
Esta mañana, la prensa muestra diversos aspectos de la marcha antiEP. La cifra de asistentes a la del zócalo capitalino oscila, según la versión que se consulte, entre los 10 mil y los más de 40 mil asistentes. No han faltado los encabezados que han tendido a politizarla (“Llama Josefina a tomar las calles contra Peña Nieto” del Milenio) o minimizarla relegándola a espacios menos protagónicos en sus páginas (véase p.e. la edición de este domingo del Diario de Xalapa). Por fortuna e independientemente de los medios oficiales, sobreviven y se difunden sin censura cientos de videos y fotografías de quienes tuvimos la oportunidad de estar ahí. Creo en esas imágenes y en todo lo que misteriosamente pueden convertir en real, pues como afirma Wilde, como asume Villoro, “puedo resistirlo todo, salvo la tentación” de hablar de su belleza y compartirla con otros, en este caso como una historia que encandila pero no puede ser ignorada.
México, D.F. 19 de mayo
Xalapa, Ver. 20 de mayo


domingo, 22 de abril de 2012

"el poder del perro" (no. 57)

Hay imágenes y situaciones frente a las cuales se despierta algo muy turbio de la naturaleza humana. Los últimos años de México han estado repletos de momentos después de los cuales nada vuelve a ser igual. En algunas personas ese algo turbio encarna en un deseo de venganza irrefrenable y en otros, en un monstruo interno que los va consumiendo en medio de la ira y la indignación. Algunos atienden al llamado activamente, protagonizando acciones tan atroces como las que los han conmocionado; los más, nos vamos por los días intentando encontrar un resquicio de solaz –y esperanza, tal vez– entre la frustración y las posibilidades pacíficas de hacer una diferencia.
Ira, venganza, ansias de poder, ansias de justicia, son tan sólo unos cuantos términos para ir acercándonos a la noción de lo que es, y puede llegar a ser, eso que Don Winslow llama el poder del perro. A veces surge de ver cómo en unos cuantos minutos la vida y todo lo que has llegado a amar se destruye ante tus ojos. Otras veces, las peores, viene de ir probando muy lentamente el poder en sus muy diversas facetas, hasta llegar a creer que la vida del otro te pertenece.
El poder del perro (The power of the dog, 2009) de Don Winslow encuentra su origen en una sola imagen: “El punto de partida, el primer impulso, me vino luego de leer acerca de una masacre de niños y mujeres, por un asunto de drogas, que tuvo lugar en Baja California, en México, en 1988. Me pregunté entonces cómo se podía llegar a ordenar la ejecución de algo así, cómo llega alguien a este punto. Supongo que escribí El poder del perro buscando una respuesta. Y lo cierto es que todavía estoy buscándola. Si alguna vez la encuentro, me encantará poder compartirla con todos ustedes”.
En lo que llega la respuesta, Winslow nos ofrece una historia novelada muy similar a la del México de las últimas décadas. Desde el auge de las plantaciones de amapola en los años setenta en Sinaloa, hasta la sucesión de capos del narcotráfico de los principales cárteles en este comienzo del siglo XXI, El poder del perro presenta la compleja lucha por mantener y adquirir más poder en un país donde las raíces del crimen organizado se hunden hasta lo más profundo de su vida política y eclesiástica; donde las fronteras geográficas adquieren dimensiones muy distintas cuando se trata de traficar armas, droga y personas.  
A través de un argumento tan intrincado como fascinante, accedemos a la vida privada de los capos de Sinaloa, Tijuana y Guadalajara, lo mismo que al famoso Hell’s Kitchen neoyorkino, a los campamentos de las FARC y las plantaciones de coca colombianas, y a las altas esferas de la prostitución en California. Siguiendo la trayectoria del agente de la DEA Art Keller y su obsesión por vengar la muerte de su compañero Ernie Hidalgo a manos de los Barrera (dueños y señores de la plaza de Guadalajara en los setentas), Wislow despliega tres décadas de corrupción, pactos con el PRI y disputas entre cárteles, destacando momentos clave en la vida económica y política del país, como el terremoto del 85, el asesinato de Luis Donaldo Colosio, el del Cardenal Posadas Ocampo, y las respectivas aprehensiones, muertes y movimientos de algunos de los más renombrados narcotraficantes: Amado Carrillo Fuentes, los hermanos Arellano Félix y el “Neto” Fonseca, entre otros.
Lejos de entregarse ciegamente a la versión maniquea de policías contra narcos, Winslow se adentra en ese laberinto de la condición humana donde aún hay cabida para el amor, la compasión, la fidelidad, el arrepentimiento y la solidaridad, en medio del deseo de venganza y el instinto de sobrevivencia. Aunque son repetidas y en extremo violentas las escenas de torturas y asesinatos en la novela, Winslow logra un equilibrio casi perfecto entre la sordidez inherente al contexto y al modo de proceder de las mafias, y esa veta humana incluso presente en el más despiadado matón a sueldo. Por fortuna no hay regocijo en la imagen descarnada, sólo una racionada dosis de crueldad y situaciones –por desgracia- muy bien documentadas.
Más allá del tono y la estructura por demás comerciales, una de las grandes virtudes de El poder del perro reside justamente en sus personajes, en su capacidad de absorberte por completo y ubicarte, como lector, en esa misma encrucijada: cobrar venganza o no, plata o plomo, morir o matar, traicionar o morir. Al final, sabemos en qué termina la historia (el 2010 y el 2011 mexicanos dan perfecta cuenta de ello), sin embargo, lo que queda es eso otro, un volver sobre la historia reciente dimensionando sus aspectos más recónditos y, en especial, un resquemor individual por no saber si en una situación extrema seríamos capaces de resistir al poder del perro.


Winslow, Don. El poder del perro. Trad. Eduardo G. Murillo. México: Random House Mondadori. 2009.

miércoles, 27 de abril de 2011

elegir la ira (no. 56)


De los muchos puntos de donde puede surgir una novela, el que más me ha impresionado es la ira. Desde luego, no la ira ciega, arrebatada, del impulso visceral, sino la que se mete en el cuerpo en un momento indescriptible y va echando raíces durante muchos años, tal vez, para no morir nunca. Esa ira producto de la impotencia, de la injusticia, de la violencia extrema, de lo inexplicable que puede llegar a ser el hombre cuando atenta contra sí mismo y sus semejantes; una ira genuina, asumida a cabalidad: la ira fría de quien tiene razón pero en su inmediatez no le sirve de nada.
Enfrentarse a una historia como El cerebro de Kennedy de Henning Mankell, es atestiguar algunas de las muchas máscaras que suele adoptar la vileza humana. Conocerla a través de los personajes y la intriga urdida por el autor, es experimentar, en un punto incierto de la conciencia, un arrebato de ira inmóvil en el que sólo quedan flotando miles de preguntas y un desasosiego del que cuesta trabajo despertar.
El mundo, como hasta entonces lo había conocido la arqueóloga Louise Cantor, desaparece de súbito cuando llega a visitar a su único hijo, Henrik, y lo encuentra sin vida en su departamento. La obstinación por llegar a comprender esa muerte y lo que ella sospecha fue un asesinato, la llevan a seguir las pistas dispersas de un hijo al que, presiente, llegó a conocer muy poco. Entre Suiza, Barcelona, Madrid, Grecia, Australia y el África, Louise irá reuniendo las piezas de un rompecabezas que sólo a momentos aparenta adquirir sentido ante sus ojos, mientras algunos de los ámbitos más crueles y miserables de los hombres se le revelan inesperadamente.
La epidemia del SIDA, los experimentos con humanos, la manipulación de las posibles curas de la enfermedad, la vida como portador del virus, las infinitas posibilidades de contagio, la prostitución, la pobreza extrema, el racismo y la discriminación, toman sitio en la novela de forma paulatina pero no por eso menos contundente. Las rutas por las que Louise Cantor descubre los resquicios por donde se cuela la brutalidad de la epidemia, se ven marcadas por sus propias dudas e inseguridades, por su visión de madre, arqueóloga y mujer, lo mismo que por su carácter siempre alerta y el gran dolor inherente a la pérdida del hijo.
En todo momento, la novela mantiene el suspenso tanto de lo que ha pasado como de lo que está por suceder, aderezado con la presencia de sombras vigilantes, desapariciones y asesinatos que no requieren del escenario explícitamente sanguinario para conmocionar al lector y remover los espacios más recónditos de su conciencia. Todo lo contrario, la omisión de las especificaciones físicas de una muerte le devuelven a la vida el valor que en estos tiempos parecer haber perdido.
Como acostumbra Mankell, una vez concluida la novela inserta un breve colofón donde apela al estatuto de ficción que rige cualquier novela. Hay en estas aclaraciones una confesión: la imagen de cómo moría de sida un joven africano lo acompañó en todo el proceso de creación de la novela. Al final, asume la ira como punto de partida de esta novela y sobre todo como una decisión:  “Ni que decir tiene que lo que aquí queda escrito es exclusivamente el fruto de mis propias elecciones y decisiones. Como también lo es la ira, esa ira que me movió a escribir la novela”.


Mankell, Henning. El cerebro de Kennedy. México: Tusquets, 2006.


(p.d. lo que quería preguntar es qué hace falta para transformar esa ira en una vía de reflexión y toma de conciencia frente a un panorama como el de México hoy…)

lunes, 28 de marzo de 2011

La urgencia de un asombro (no. 55)

“Cultivé lo transitorio, el asombro, la escritura a mano, leer y releer vigilia insomne, macetas en cada rincón posible, añoranzas de un edén inexistente…”
Soliloquios
E.S.

Como si de un epitafio anticipado se tratara, en estas palabras de Esther Seligson parece sintetizarse uno de los múltiples puntos de partida para acceder a su escritura: esa vitalidad del asombro ante la vida y todos sus reveses, misterios, revelaciones y nostalgias.

El escrito a mano lleva necesariamente impresa la huella de nuestro pulso, el temblor de nuestros dedos húmedos apresando la pluma, mientras la palabra, a veces justa, a veces espontánea, se desliza sobre cualquier trozo de papel improvisado. Este garabateo impostergable se presenta como una irrupción del lenguaje que obliga a concretar en palabras escritas la urgencia de lo que de pronto conmueve y modifica nuestra forma de mirar y estar en el mundo.

A pesar de su aparente dispersión, los textos que conforman Escritos a mano (título también del primero de los cuatro apartados incluidos en el libro) reúnen en su diversidad la evidencia de algunas de las grandes obsesiones que permean la obra de la autora. En primer término la de la escritura como esa “única tierra prometida que le espera al escritor” y la del libro como “la única ciudad santa que le da cobijo”; y más allá de la relación sagrada entre las palabras y las cosas, la de la palabra escrita como medio para dar constancia de impresiones, experiencias y reflexiones. Por esta razón, los textos aquí reunidos participan de una multiplicidad de formas según el tono que exija la experiencia; así, epígrafes, aforismos, cuentos, poemas, entradas de diario, episodios de viajes, diálogos, ensayos, prosas poéticas y bosquejos de narraciones inconclusas, se dan cita para profundizar en la complejidad del lenguaje literario y sus infinitos recovecos.

En segundo término asistimos a una serie de textos que bajo el título de “Jerusalem” dan cuenta de la fascinación por esta ciudad milenaria llena de contrastes, innovaciones, correspondencias, y trazan el mapa personal de ese espacio atravesado por la impronta de la espiritualidad, el misterio, pero también por un abigarramiento cosmopolita y nuevo, que encuentran su equivalente en la idea de que “para todo jerosolimitano, Jerusalem sea un-una Amante que cada cual recibe según su hambre y su sed de Dios…”. Los distintos periodos en los que la autora regresa a la Ciudad Celeste se ven siempre envueltos por la reflexión, producto de las mismas preguntas: “¿Cómo habitamos los espacios? ¿Responden siempre a nuestros horizontes interiores?”… y quizá la respuesta es un “sí” vestido cada vez con un paisaje y un nombre distinto.

El tercer apartado de Escritos a mano, titulado “Reflexiones de un perplejo”, consiste en un conjunto de nueve ensayos breves dedicados a la llamada “circunstancia judía” y fechados en el otoño de 1982. Desde un tono formal y sobre todo crítico, Seligson desarrolla una serie de reflexiones en torno a la complejidad de la cultura judía en un contexto donde la convivencia de religiones, razas, ideologías, intereses y posturas políticas en constante pugna, se perfila hacia un punto por demás álgido, pero que aún admite posibles vías para una (quizás utópica) conciliación.

Por último, la escritura se vuelve, en el cuarto apartado titulado “Diario de un viaje al Tíbet”, conciencia de la imposibilidad de traducir la experiencia divina al mismo tiempo conocimiento lúcido de que se ha llegado a un estado de plenitud inefable. Las entradas de este diario, si bien dan cuenta de episodios sencillos, primeras impresiones y anécdotas de viaje, a ellas subyace la revelación de lo que se asimila sólo con el paso del tiempo:

Empezar la redacción de esa memoria-itinerario me ha llevado bastante más de un año de espera interna, una silenciosa y a veces turbulenta decantación, decantación imposible de traducir porque la fuerza de las imágenes y sensaciones era poderosa más allá de la escritura, hasta que poco a poco se incorporó al mismo ritmo de mi sangre, a la materia de mis sueños, al aquí y el ahora […] sé que lo que hoy toco, digo y hago está entramado en una luz, en una entereza, una plenitud, como si la transparencia del paisaje y de los hombres y mujeres tibetanos le diera a mi presencia en el mundo un peso y un sentido, una continuidad que sólo puedo calificar de divinos…

Así, aunque la transcripción del diario se presenta casi intacta, con esa espontaneidad de la primera impresión, todos los sucesos de ese viaje al Tíbet, ahora lo sabemos, estarán resignificados por las mismas dudas al recorrer Jerusalem, por esa inevitable proyección de uno mismo en cada suelo que pisa.

Más allá de la escritura o la cuestión judía o la espiritualidad como temas literarios, los Escritos a mano dan cuenta de un vaivén de experiencias de vida que son como un ir y venir, a veces temerario a veces torpe, de lo terrenal a lo divino y viceversa; es la conjunción anhelante y nostálgica entre lo humano palpitante y un ansia de espiritualidad que parece respirar en todas las cosas, en las palabras que las nombran y en la vocación para escribirlas.


Texto leído en la presentación de Escritos a mano de Esther Seligson en la FIL del Palacio de Minería. Publicado en Laberinto, Milenio. Sábado 26 de marzo de 2011.