domingo, 20 de mayo de 2012

salvo la tentación (no. 58)


Como introducción a su ¿Hay vida en la tierra? (Almadía 2012), recopilación de cien historias publicadas en columnas de diversos periódicos, Juan Villoro habla de la necesidad de un periodismo que apele a la tentación del lector, a esas historias de “antojo” que “encandilan con algo que podríamos ignorar”. Más allá de la información necesaria sobre política, economía, sucesos de interés general y demás, los diarios deberían incluir esas piezas de los “periodistas de tentación” donde se recupera y adereza la vida cotidiana, y posteriormente es leída por el puro placer de acceder a un espacio privilegiado de belleza.
Creer que hay belleza en el más nimio detalle o coincidencia que nos depara el andar de todos los días, es creer que aún hay algo de esperanza en lo que hacemos; reconocerla en sucesos extraordinarios, históricos, surgidos de la inconformidad y la voluntad para cambiar el curso de un país en agonía, es comprobar que todavía tiene sentido congregarnos por un bien común con la esperanza de que el estado de cosas seguramente va a cambiar. “En una época de simulacros, marcada por la televisión, el universo digital y otros filtros, de pronto algo es misteriosamente real”, continúa Villoro, y ese algo real lleno de misterio es lo que queda palpitando mucho tiempo después de haberlo descubierto.
La marcha antiEPN llevada a cabo ayer sábado 19 de mayo en el zócalo capitalino, fue histórica, extraordinaria y bella en muchos sentidos. No fue sólo una congregación multitudinaria de personas en abierta oposición a que el candidato por el PRI, Enrique Peña Nieto, ocupe la presidencia, sino una celebración del poder de la gente, del sentido del humor y la ironía, del simbolismo implícito en caminar todos juntos desde el corazón del país hacia un mismo fin: el Ángel de la Independencia. No es que la nota trágica hubiera estado ausente, al contrario, múltiples mantas, pancartas, lonas impresas, camisetas y una pantalla gigante, estaban ahí para dar cuenta de que después de todo, sí somos un país con memoria, que tiene muy presentes episodios tan terribles y doloroso como Tlatelolco y Atenco, como los miles de torturados, asesinados y desaparecidos de la actual y absurda guerra contra el narcotráfico. Digo celebración como digo exhibición pública y crítica (pero también llena de algarabía) de la corrupción, la mentira, la represión y la hipocresía de un partido y un candidato que aspiran llegar pronto al poder a través de la promoción, por demás deleznable, de unos medios de comunicación igualmente corruptos y censores. Digo celebración, como digo reunión festiva, en este caso, de miles de personas dispuestas a no creer más en las imágenes de plástico de las televisoras oficiales, en las encuestas vendidas y las promesas huecas de campaña.
Algo se volvió misteriosamente real el día de ayer, algo que tiene que ver con la expresión de una voluntad colectiva y genuina, llena de la creatividad de un sector de la sociedad que ha decidido asumir su papel dentro de ella y expresarse con una de las mejores armas contra la imposición y el autoritarismo: el sentido del humor. Por eso, después de la marcha entre el zócalo capitalino y el Ángel, quedan palpitando los signos, las palabras, las risas, las miles de voces:
“Peña el que no brinque”, “Encuestas vendidas, Peña no va arriba”, “Yo leo, no veo Televisa”, “No más PRI”, “Gaviota, tu esposo es un idiota”, “Ni un voto, PRI=PAN”, “Yo no vine por mi torta, vine por mis huevos”, “EPN ¡NO!”, “Ni un voto al PRIAN”, “Yo leo, no veo Televisa”, “Se ve, se siente, Enrique es delincuente, se ve, se nota, su cola de ratota, no lee y se nota, Peña miente es un idiota, Peña no cumple”, “Ni panista ni perredista. Soy mexicana y conozco la historia. No a EPN”, “Voto informado, no manipulado”, “Peña Nieto, México no te quiere”, “NO + PRI”, “EPN, gobernar México no es una telenovela”, “EPN: la prole no te quiere”, “Peña, cae bastardo”, “Este señor tiene derecho a no leerme, a lo que no tiene derecho es a ser presidente a partir de la ignorancia” (lema junto a una imagen de Carlos Fuentes)…
Y a la par con las voces, las imágenes: ratas gigantes con el rostro de Carlos Salinas o Enrique Peña Nieto, un títere de EPN manipulado por Salinas, un copete atravesado por la línea roja diagonal de está prohibido, camisetas blancas y negras con “NO + PRI” o “Peña no cumple” en las espaldas, máscaras de Guy Fawkes cubriendo los rostros de los manifestantes, cartulinas con mensajes diversos: “Yo sí tengo memoria: Tlatelolco, Acteal, Aguas Blancas, Devaluación 1994”, “No le regales tu voto a Peña Nieto, mejor regálale un libro”, “Soy Cecilia F. Soy desempleada. Me niego a aceptar la realidad maquillada que quieren imponer las televisoras”, “Me comprometo a madrearte como a los de Atenco”…
Esta mañana, la prensa muestra diversos aspectos de la marcha antiEP. La cifra de asistentes a la del zócalo capitalino oscila, según la versión que se consulte, entre los 10 mil y los más de 40 mil asistentes. No han faltado los encabezados que han tendido a politizarla (“Llama Josefina a tomar las calles contra Peña Nieto” del Milenio) o minimizarla relegándola a espacios menos protagónicos en sus páginas (véase p.e. la edición de este domingo del Diario de Xalapa). Por fortuna e independientemente de los medios oficiales, sobreviven y se difunden sin censura cientos de videos y fotografías de quienes tuvimos la oportunidad de estar ahí. Creo en esas imágenes y en todo lo que misteriosamente pueden convertir en real, pues como afirma Wilde, como asume Villoro, “puedo resistirlo todo, salvo la tentación” de hablar de su belleza y compartirla con otros, en este caso como una historia que encandila pero no puede ser ignorada.
México, D.F. 19 de mayo
Xalapa, Ver. 20 de mayo


domingo, 22 de abril de 2012

"el poder del perro" (no. 57)

Hay imágenes y situaciones frente a las cuales se despierta algo muy turbio de la naturaleza humana. Los últimos años de México han estado repletos de momentos después de los cuales nada vuelve a ser igual. En algunas personas ese algo turbio encarna en un deseo de venganza irrefrenable y en otros, en un monstruo interno que los va consumiendo en medio de la ira y la indignación. Algunos atienden al llamado activamente, protagonizando acciones tan atroces como las que los han conmocionado; los más, nos vamos por los días intentando encontrar un resquicio de solaz –y esperanza, tal vez– entre la frustración y las posibilidades pacíficas de hacer una diferencia.
Ira, venganza, ansias de poder, ansias de justicia, son tan sólo unos cuantos términos para ir acercándonos a la noción de lo que es, y puede llegar a ser, eso que Don Winslow llama el poder del perro. A veces surge de ver cómo en unos cuantos minutos la vida y todo lo que has llegado a amar se destruye ante tus ojos. Otras veces, las peores, viene de ir probando muy lentamente el poder en sus muy diversas facetas, hasta llegar a creer que la vida del otro te pertenece.
El poder del perro (The power of the dog, 2009) de Don Winslow encuentra su origen en una sola imagen: “El punto de partida, el primer impulso, me vino luego de leer acerca de una masacre de niños y mujeres, por un asunto de drogas, que tuvo lugar en Baja California, en México, en 1988. Me pregunté entonces cómo se podía llegar a ordenar la ejecución de algo así, cómo llega alguien a este punto. Supongo que escribí El poder del perro buscando una respuesta. Y lo cierto es que todavía estoy buscándola. Si alguna vez la encuentro, me encantará poder compartirla con todos ustedes”.
En lo que llega la respuesta, Winslow nos ofrece una historia novelada muy similar a la del México de las últimas décadas. Desde el auge de las plantaciones de amapola en los años setenta en Sinaloa, hasta la sucesión de capos del narcotráfico de los principales cárteles en este comienzo del siglo XXI, El poder del perro presenta la compleja lucha por mantener y adquirir más poder en un país donde las raíces del crimen organizado se hunden hasta lo más profundo de su vida política y eclesiástica; donde las fronteras geográficas adquieren dimensiones muy distintas cuando se trata de traficar armas, droga y personas.  
A través de un argumento tan intrincado como fascinante, accedemos a la vida privada de los capos de Sinaloa, Tijuana y Guadalajara, lo mismo que al famoso Hell’s Kitchen neoyorkino, a los campamentos de las FARC y las plantaciones de coca colombianas, y a las altas esferas de la prostitución en California. Siguiendo la trayectoria del agente de la DEA Art Keller y su obsesión por vengar la muerte de su compañero Ernie Hidalgo a manos de los Barrera (dueños y señores de la plaza de Guadalajara en los setentas), Wislow despliega tres décadas de corrupción, pactos con el PRI y disputas entre cárteles, destacando momentos clave en la vida económica y política del país, como el terremoto del 85, el asesinato de Luis Donaldo Colosio, el del Cardenal Posadas Ocampo, y las respectivas aprehensiones, muertes y movimientos de algunos de los más renombrados narcotraficantes: Amado Carrillo Fuentes, los hermanos Arellano Félix y el “Neto” Fonseca, entre otros.
Lejos de entregarse ciegamente a la versión maniquea de policías contra narcos, Winslow se adentra en ese laberinto de la condición humana donde aún hay cabida para el amor, la compasión, la fidelidad, el arrepentimiento y la solidaridad, en medio del deseo de venganza y el instinto de sobrevivencia. Aunque son repetidas y en extremo violentas las escenas de torturas y asesinatos en la novela, Winslow logra un equilibrio casi perfecto entre la sordidez inherente al contexto y al modo de proceder de las mafias, y esa veta humana incluso presente en el más despiadado matón a sueldo. Por fortuna no hay regocijo en la imagen descarnada, sólo una racionada dosis de crueldad y situaciones –por desgracia- muy bien documentadas.
Más allá del tono y la estructura por demás comerciales, una de las grandes virtudes de El poder del perro reside justamente en sus personajes, en su capacidad de absorberte por completo y ubicarte, como lector, en esa misma encrucijada: cobrar venganza o no, plata o plomo, morir o matar, traicionar o morir. Al final, sabemos en qué termina la historia (el 2010 y el 2011 mexicanos dan perfecta cuenta de ello), sin embargo, lo que queda es eso otro, un volver sobre la historia reciente dimensionando sus aspectos más recónditos y, en especial, un resquemor individual por no saber si en una situación extrema seríamos capaces de resistir al poder del perro.


Winslow, Don. El poder del perro. Trad. Eduardo G. Murillo. México: Random House Mondadori. 2009.

miércoles, 27 de abril de 2011

elegir la ira (no. 56)


De los muchos puntos de donde puede surgir una novela, el que más me ha impresionado es la ira. Desde luego, no la ira ciega, arrebatada, del impulso visceral, sino la que se mete en el cuerpo en un momento indescriptible y va echando raíces durante muchos años, tal vez, para no morir nunca. Esa ira producto de la impotencia, de la injusticia, de la violencia extrema, de lo inexplicable que puede llegar a ser el hombre cuando atenta contra sí mismo y sus semejantes; una ira genuina, asumida a cabalidad: la ira fría de quien tiene razón pero en su inmediatez no le sirve de nada.
Enfrentarse a una historia como El cerebro de Kennedy de Henning Mankell, es atestiguar algunas de las muchas máscaras que suele adoptar la vileza humana. Conocerla a través de los personajes y la intriga urdida por el autor, es experimentar, en un punto incierto de la conciencia, un arrebato de ira inmóvil en el que sólo quedan flotando miles de preguntas y un desasosiego del que cuesta trabajo despertar.
El mundo, como hasta entonces lo había conocido la arqueóloga Louise Cantor, desaparece de súbito cuando llega a visitar a su único hijo, Henrik, y lo encuentra sin vida en su departamento. La obstinación por llegar a comprender esa muerte y lo que ella sospecha fue un asesinato, la llevan a seguir las pistas dispersas de un hijo al que, presiente, llegó a conocer muy poco. Entre Suiza, Barcelona, Madrid, Grecia, Australia y el África, Louise irá reuniendo las piezas de un rompecabezas que sólo a momentos aparenta adquirir sentido ante sus ojos, mientras algunos de los ámbitos más crueles y miserables de los hombres se le revelan inesperadamente.
La epidemia del SIDA, los experimentos con humanos, la manipulación de las posibles curas de la enfermedad, la vida como portador del virus, las infinitas posibilidades de contagio, la prostitución, la pobreza extrema, el racismo y la discriminación, toman sitio en la novela de forma paulatina pero no por eso menos contundente. Las rutas por las que Louise Cantor descubre los resquicios por donde se cuela la brutalidad de la epidemia, se ven marcadas por sus propias dudas e inseguridades, por su visión de madre, arqueóloga y mujer, lo mismo que por su carácter siempre alerta y el gran dolor inherente a la pérdida del hijo.
En todo momento, la novela mantiene el suspenso tanto de lo que ha pasado como de lo que está por suceder, aderezado con la presencia de sombras vigilantes, desapariciones y asesinatos que no requieren del escenario explícitamente sanguinario para conmocionar al lector y remover los espacios más recónditos de su conciencia. Todo lo contrario, la omisión de las especificaciones físicas de una muerte le devuelven a la vida el valor que en estos tiempos parecer haber perdido.
Como acostumbra Mankell, una vez concluida la novela inserta un breve colofón donde apela al estatuto de ficción que rige cualquier novela. Hay en estas aclaraciones una confesión: la imagen de cómo moría de sida un joven africano lo acompañó en todo el proceso de creación de la novela. Al final, asume la ira como punto de partida de esta novela y sobre todo como una decisión:  “Ni que decir tiene que lo que aquí queda escrito es exclusivamente el fruto de mis propias elecciones y decisiones. Como también lo es la ira, esa ira que me movió a escribir la novela”.


Mankell, Henning. El cerebro de Kennedy. México: Tusquets, 2006.


(p.d. lo que quería preguntar es qué hace falta para transformar esa ira en una vía de reflexión y toma de conciencia frente a un panorama como el de México hoy…)

lunes, 28 de marzo de 2011

La urgencia de un asombro (no. 55)

“Cultivé lo transitorio, el asombro, la escritura a mano, leer y releer vigilia insomne, macetas en cada rincón posible, añoranzas de un edén inexistente…”
Soliloquios
E.S.

Como si de un epitafio anticipado se tratara, en estas palabras de Esther Seligson parece sintetizarse uno de los múltiples puntos de partida para acceder a su escritura: esa vitalidad del asombro ante la vida y todos sus reveses, misterios, revelaciones y nostalgias.

El escrito a mano lleva necesariamente impresa la huella de nuestro pulso, el temblor de nuestros dedos húmedos apresando la pluma, mientras la palabra, a veces justa, a veces espontánea, se desliza sobre cualquier trozo de papel improvisado. Este garabateo impostergable se presenta como una irrupción del lenguaje que obliga a concretar en palabras escritas la urgencia de lo que de pronto conmueve y modifica nuestra forma de mirar y estar en el mundo.

A pesar de su aparente dispersión, los textos que conforman Escritos a mano (título también del primero de los cuatro apartados incluidos en el libro) reúnen en su diversidad la evidencia de algunas de las grandes obsesiones que permean la obra de la autora. En primer término la de la escritura como esa “única tierra prometida que le espera al escritor” y la del libro como “la única ciudad santa que le da cobijo”; y más allá de la relación sagrada entre las palabras y las cosas, la de la palabra escrita como medio para dar constancia de impresiones, experiencias y reflexiones. Por esta razón, los textos aquí reunidos participan de una multiplicidad de formas según el tono que exija la experiencia; así, epígrafes, aforismos, cuentos, poemas, entradas de diario, episodios de viajes, diálogos, ensayos, prosas poéticas y bosquejos de narraciones inconclusas, se dan cita para profundizar en la complejidad del lenguaje literario y sus infinitos recovecos.

En segundo término asistimos a una serie de textos que bajo el título de “Jerusalem” dan cuenta de la fascinación por esta ciudad milenaria llena de contrastes, innovaciones, correspondencias, y trazan el mapa personal de ese espacio atravesado por la impronta de la espiritualidad, el misterio, pero también por un abigarramiento cosmopolita y nuevo, que encuentran su equivalente en la idea de que “para todo jerosolimitano, Jerusalem sea un-una Amante que cada cual recibe según su hambre y su sed de Dios…”. Los distintos periodos en los que la autora regresa a la Ciudad Celeste se ven siempre envueltos por la reflexión, producto de las mismas preguntas: “¿Cómo habitamos los espacios? ¿Responden siempre a nuestros horizontes interiores?”… y quizá la respuesta es un “sí” vestido cada vez con un paisaje y un nombre distinto.

El tercer apartado de Escritos a mano, titulado “Reflexiones de un perplejo”, consiste en un conjunto de nueve ensayos breves dedicados a la llamada “circunstancia judía” y fechados en el otoño de 1982. Desde un tono formal y sobre todo crítico, Seligson desarrolla una serie de reflexiones en torno a la complejidad de la cultura judía en un contexto donde la convivencia de religiones, razas, ideologías, intereses y posturas políticas en constante pugna, se perfila hacia un punto por demás álgido, pero que aún admite posibles vías para una (quizás utópica) conciliación.

Por último, la escritura se vuelve, en el cuarto apartado titulado “Diario de un viaje al Tíbet”, conciencia de la imposibilidad de traducir la experiencia divina al mismo tiempo conocimiento lúcido de que se ha llegado a un estado de plenitud inefable. Las entradas de este diario, si bien dan cuenta de episodios sencillos, primeras impresiones y anécdotas de viaje, a ellas subyace la revelación de lo que se asimila sólo con el paso del tiempo:

Empezar la redacción de esa memoria-itinerario me ha llevado bastante más de un año de espera interna, una silenciosa y a veces turbulenta decantación, decantación imposible de traducir porque la fuerza de las imágenes y sensaciones era poderosa más allá de la escritura, hasta que poco a poco se incorporó al mismo ritmo de mi sangre, a la materia de mis sueños, al aquí y el ahora […] sé que lo que hoy toco, digo y hago está entramado en una luz, en una entereza, una plenitud, como si la transparencia del paisaje y de los hombres y mujeres tibetanos le diera a mi presencia en el mundo un peso y un sentido, una continuidad que sólo puedo calificar de divinos…

Así, aunque la transcripción del diario se presenta casi intacta, con esa espontaneidad de la primera impresión, todos los sucesos de ese viaje al Tíbet, ahora lo sabemos, estarán resignificados por las mismas dudas al recorrer Jerusalem, por esa inevitable proyección de uno mismo en cada suelo que pisa.

Más allá de la escritura o la cuestión judía o la espiritualidad como temas literarios, los Escritos a mano dan cuenta de un vaivén de experiencias de vida que son como un ir y venir, a veces temerario a veces torpe, de lo terrenal a lo divino y viceversa; es la conjunción anhelante y nostálgica entre lo humano palpitante y un ansia de espiritualidad que parece respirar en todas las cosas, en las palabras que las nombran y en la vocación para escribirlas.


Texto leído en la presentación de Escritos a mano de Esther Seligson en la FIL del Palacio de Minería. Publicado en Laberinto, Milenio. Sábado 26 de marzo de 2011.

sábado, 8 de enero de 2011

el nombre solidario (54)

“Buscar las palabras –como si nos fuéramos a enamorar de ellas –amar –perseguir las palabras que nos empollan –todas las palabras”. La búsqueda se articula como punto de partida y destino final, como camino recorrido y por recorrer en una misma dirección que es siempre la del poema. La cuidadora del fuego, último libro de Amanda Berenguer (1921-2010), se constituye en muchos sentidos como un arte poética que va explorando las diversas nociones e interrogantes que han atravesado su quehacer literario.

A partir de una interacción entre elementos de la vida cotidiana y evocaciones de la banda Moebious y la botella de Klein, el encuentro con la poesía, y la poesía misma, se convierten en una insistente confrontación con el imposible y la paradoja. Como “un tránsito maravillado en doble dirección”, según define Roberto Echavarren en el postfacio, Berenguer asume el compromiso con la palabra para existir en ella, en sus resonancias y sus silencios, en sus inherentes contradicciones en tanto que portavoz de la propia vida.

Un poema es una criatura especialísima/ que el poeta elabora con tan delicado y obstinado rigor/ hasta el momento mismo en que siente/ que se le escapó de las manos –/ y entonces todas las vueltas lógicas que hacemos/ sobre su texto son inútiles. Él/ está en otra dimensión (“Otra dimensión”).

En un juego de espejos muy similar al que rige las imágenes de Escher, los poemas de Berenguer son simultáneamente autonomía de la palabra y obsesión de quien escribe, y en medio de esa lucha, una multiplicidad de formas, matices y situaciones destinadas a procurar el florecimiento del detalle.

La cuidadora del fuego es, según esta lógica, un adentro y un afuera, un decir el microcosmos íntimo implicando la inmensidad cósmica inabarcable. Desde el ámbito privado del hogar, las pequeñas cosas se traducen en palabras para hablar de la grandeza del universo y del carácter sagrado propio del nombrar a través de la palabra.

Palabra dueña y señora de la naturaleza toda. Pensamiento
encarnado en sangre letrada. Figuración vidente de lo imposible.
Palabra: signo sagrado. Hija del habla –locución de tiempo
memorial –
poseedora del grito y del lamento –de la guerra y de la paz.
Decisiva palabra que nos hiere y que nos salva al mismo
tiempo –
o nos cubre de alma –o nos deja al borde del infinito –por
sus letras
insomnes sostenidos (“Al borde del infinito”).

Esta divinización de la palabra, sin embargo, no permanece únicamente en el plano del poema y la paradójica intención de querer nombrar lo inefable, sino que adquiere una complejidad todavía más intrincada al tener que enfrentar la cercanía de la muerte. “Sentir la vejez es como denunciar al asesino” leemos en “La casa está invadida” y esa denuncia es al mismo tiempo escapatoria y cárcel, empeño y derrota. Las estrategias son múltiples, como múltiples son los rostros de la vida que intuye la muerte en cada día y en el espíritu que habita y modifica las cosas.

Mi experiencia/ es tratar de marcar el tiempo –/ de hacerle unas señales con la palabra – (“Marcar el tiempo”).

Ser ordenada, o más bien, ordenar, es mi manera/ de escapar al caos. ¿Ordenar es crear?/ La creación caótica también existe (“Hojas de oro”).

Tiempo, creación, orden y caos, espejismo, memoria e historia, son los engranajes que lentamente le van dando vuelta al sentido de esa búsqueda inicial del lenguaje, aunque al final siempre haya “una injusta errata de la palabra” que lastima y se padece (“Árbol del dolor”). De cualquier modo, la escritura se asume como una lucha permanente, como una vocación por la palabra que renueva, transforma e insufla de vitalidad el cotidiano.

Para apurar el levantamiento/ simultáneo de otra cosa –/ de verdad y vida y compañía –/ para asumir la responsabilidad/ de toda batalla –/ firmo esta noche/ mi nombre solidario (“Arte poética”).



La cuidadora del fuego fue recientemente publicado por la Editorial La Flauta Mágica en Montevideo. La recopilación de textos y el postfacio estuvieron a cargo de Roberto Echavarren e incluye una entrevista a la autora realizada por Silvia Guerra.


lunes, 6 de diciembre de 2010

una obligada calma (no. 53)


Dice Carlos Pellicer en uno de sus nocturnos: “No tengo tiempo de mirar las cosas/ como yo lo deseo./ Se me escurren sobre la mirada/ y todo lo que veo/ son esquinas profundas rotuladas con radio/ donde leo la ciudad para no perder el tiempo./ Esta obligada prisa que inexorablemente/ quiere entregarme el mundo con un dato pequeño”.

No sé si por desidia, indiferencia o falta de tiempo, la mirada diaria tiende a conformarse con ese dato pequeño y una versión simplificada de las cosas. Desde luego hay también excepciones, miradas lúcidas que son atenta lectura del mundo y sus complejos universos. En ellas prevalece una obligada calma capaz de anular el tiempo y de comprender el espacio en otras dimensiones.

Los cuentos que conforman “Habla de lo que sabes” de Geney Beltrán Félix son, en muchos sentidos, una mirada profunda hacia los ámbitos más conflictivos del ser humano, hacia sus facetas más grises y sus resquebrajamientos. Como oportunamente afirma Alejandra Pizarnik, hablar de lo que uno sabe debe remitir al silencio cómplice y duro a que nos obliga aquello que vibra en la médula, al claroscuro que hace residencia en la mirada, al dolor, al vértigo, a la desolación.

Desde un narrador que en la mayoría de los cuentos tiende a erigirse como testigo cercano de ese proceso de meticulosa observación, asistimos a diversos episodios donde la soledad, el desencanto y la incomunicabilidad parecen ser las únicas huellas a seguir en un camino laberíntico y sin regreso. La peculiaridad de este narrador, sin embargo, reside en que, más que describir sucesos ajenos, pareciera una especie de alter ego que se mira a sí mismo desde una imprudente distancia: demasiado adentro de sí como para permanecer impasible, demasiado cerca del espectáculo del propio desasosiego. Quizás por eso las historias se encuentran focalizadas en la trayectoria de un protagonista que de pronto se encuentra solo en una cotidianidad que se vuelve extraordinaria y le conmina a explorar sus sentimientos, pensamientos y temores.

Las rupturas familiares, la distancia abismal entre padres e hijos, hombre y mujer como pareja; el estar constreñido por una situación económico social particular, la frustración del sueño o el amor no realizado, las múltiples interrogantes inherentes a la creación literaria, se ven atravesadas por decisiones o circunstancias que rayan en la situación límite, en la disolución de las fronteras entre lo real y lo imaginario. En cuentos como “Anoche soñé que volaba”, “La hija” o “Los perseguidos”, la introspección de los protagonistas los satura hasta culminar con el asesinato; mientras que en historias como “La celda en la Ciudad”, “Ese mundo de extraños” y “Hondonada”, la confusión se hace una con el interior de los personajes, posicionándolos en un espacio y un tiempo imprecisos que apelan más a la lógica caótica del sueño y que, por momentos, lindan con lo fantástico.

A modo de eco, la Ciudad (con mayúscula) que contiene a estos personajes, se levanta hostil y desmesurada. Desde el primer cuento, “La celda en la Ciudad” se dispone de un espacio que nada tiene de benévolo, más bien es eso, una prisión en sí misma y una metáfora de los límites que también imponen el matrimonio, la paternidad, el ser hombre, hermano, hijo o simplemente un ser humano con toda su humanidad a cuestas. Las vistas de esta Ciudad son pues escenario y reflejo del ser interior que se aproxima a un punto crítico. En “Perdonados por quién”, por ejemplo, el cuerpo y el pensamiento del protagonista experimentan un derrumbe paralelo al de los edificios en un terremoto, por eso afirma en medio de su malestar que “todo aquí es polvo”, mientras se repite taladrante la pregunta “¿qué es estar vivos?”. En “Anoche soñé que volaba” la Ciudad que se mira desde arriba en sueños es el punto de partida y el destino final de una vida que se modifica rabiosamente, en el pleno centro de la sordidez, la soledad y el desamparo. Cuando llega a estos extremos es contundente, cuando no, la Ciudad-espacio se instala con una extrañeza profunda que desconcierta: no sabemos si así son las cosas o si así se proyectan desde la perspectiva de cada personaje perdido en sí mismo y respecto a los otros. En “Ese mundo de extraños”, la nostalgia es la que atraviesa la ocupación del espacio, del departamento de un hombre (en primera persona), que sin explicación de por medio empieza a encontrar nuevos inquilinos en cada rincón. Como una especie de diálogo con “Casa tomada” de Cortázar, esta historia exhibe en su circunstancia improbable la dureza de la soledad, los recuerdos y el deseo cercenado. En “Hondonada”, la Ciudad es confusión, laberinto y cansancio, búsqueda y espera inútil, nombres absurdos de calles que tal vez cambien de lugar, reiteración de las limitantes que aquejan a Omar.
Nada hay de apacible en estas historias. Todo lo contrario. En “Habla de lo que sabes” no hay cabida para el contentamiento con el dato pequeño, con la imagen idealizada del núcleo familiar o el amor filial o erótico como certeza a la cual asirse. Cada cuento está dispuesto como una obligada calma para mirar las cosas frontalmente, en todos sus detalles, con toda su violencia.

Texto leído el pasado jueves 3 de diciembre en la presentación del libro "Habla de lo que sabes" de Geney Beltrán. Casa Colón, Mérida, Yuc.

lunes, 22 de noviembre de 2010

Germán Dehesa: un hombre elegante (no. 52)

el deber de vivir es irrenunciable, inevitable y gozoso
G.D.

 
En su artículo titulado “Sobre la elegancia” (Por Esto! 11 de noviembre 2010), José Díaz Cervera se aproxima a una noción muy particular de elegancia que reside en una forma de interactuar con el mundo. Hay algo seductor en las cosas que nos obliga a mirarlas elegantemente, a conocerlas y explorarlas hasta los más recónditos de sus misterios. “Ya sea que pensemos el tiempo como una línea continua o que lo imaginemos como un conjunto de instantes entre los cuales lo único que subsiste es la eternidad, algo debe tener de especial esa dimensión de nuestra vida para que nuestro pensamiento se ocupe de ella de maneras muy diversas”.
Leer a Germán Dehesa es asistir a esos instantes de eternidad y confirmar que, en efecto, el Charro Negro era un hombre elegante. Atento observador y pensador de los universos cotidianos, los misterios adquieren en sus palabras la más refinada vitalidad, la seducción de lo que se encuentra muy cerca de nosotros y que sin embargo, nos implica un ejercicio de agudeza y curiosidad extremas para llegar a conocerlo a fondo.
Desde la República de las Letras, que era el sitio de sus sueños, Dehesa explora, descubre, se fascina y habla no de las cosas, sino de la vida palpitante que en ellas encuentra. La cotidianidad es el templo de su devoción, así como la naturaleza humana ese objeto fantástico, sorprendente, ambiguo e infinito con el que dialoga a cada momento. Por eso el hombre elegante ama la humanidad y cree en el “nosotros” como
“el único pronombre digno de los humanos”. Porque es parte de esta extraña y compleja especie, los encuentros y desencuentros con ella le implican la perpetuación del ciclo interminable de preguntas y respuestas, así como la contundencia de afirmar sin reparos que “lo nuestro [lo de los seres humanos] es procurar y distribuir con disciplina, con justicia y con lúcida pasión la belleza verdadera y la verdad que, me consta, es de una belleza aterradora. Lo demás son asuntos menores, distracciones, perversiones, pequeñeces”.
Quizás lo más poderoso en los hallazgos del hombre elegante sea su sentido del humor y la risa llena de vitalidad (juguetona, gozosa, placentera, satisfecha, de frustración, de plenitud, de dolor) que residen en sus palabras. Si algo reconozco en él es su capacidad para despojarse del acartonamiento pseudointelectual y darnos una palmada en el hombro, un buen abrazo de bienvenida y la invitación siempre vigente para reír con él en un gesto genuino de complicidad.
El hombre elegante partió de esta generosa vida el 2 de septiembre pasado, imagino se encontrará explorando un mundo más complejo pero no menos fascinante. A nosotros (“lectora lector querido”) nos quedan sus palabras, agradecerle la voluntad y vocación que tuvo para compartirlas y esas afirmaciones reveladoras que pueden salvarnos cualquier día:

la maldad con bibliografía es terrible
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Aquí me tienen, lejos del odio, que es la pasión más inútil, y cerca del nuevo amor. A mi trabajo acudo; asisto y asistiré siempre (hasta que el siempre se vuelva nunca) […] El resto del mundo rueda y uno rueda con él y da por supuesto que la vida es más inteligente que nosotros. Navego rumbo a mis sesenta y un años y cumplo con darte las coordenadas de mis naufragios y mis restauraciones. A nadie le he robado la pelota, no aspiro a ser votado y hago tareas que ya ni los negros quieren hacer
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No seré polvo que vuelva al polvo; seré agua y a ella retornaré para permanecer y ser, como querría Quevedo, agua enamorada