sábado, 8 de enero de 2011

el nombre solidario (54)

“Buscar las palabras –como si nos fuéramos a enamorar de ellas –amar –perseguir las palabras que nos empollan –todas las palabras”. La búsqueda se articula como punto de partida y destino final, como camino recorrido y por recorrer en una misma dirección que es siempre la del poema. La cuidadora del fuego, último libro de Amanda Berenguer (1921-2010), se constituye en muchos sentidos como un arte poética que va explorando las diversas nociones e interrogantes que han atravesado su quehacer literario.

A partir de una interacción entre elementos de la vida cotidiana y evocaciones de la banda Moebious y la botella de Klein, el encuentro con la poesía, y la poesía misma, se convierten en una insistente confrontación con el imposible y la paradoja. Como “un tránsito maravillado en doble dirección”, según define Roberto Echavarren en el postfacio, Berenguer asume el compromiso con la palabra para existir en ella, en sus resonancias y sus silencios, en sus inherentes contradicciones en tanto que portavoz de la propia vida.

Un poema es una criatura especialísima/ que el poeta elabora con tan delicado y obstinado rigor/ hasta el momento mismo en que siente/ que se le escapó de las manos –/ y entonces todas las vueltas lógicas que hacemos/ sobre su texto son inútiles. Él/ está en otra dimensión (“Otra dimensión”).

En un juego de espejos muy similar al que rige las imágenes de Escher, los poemas de Berenguer son simultáneamente autonomía de la palabra y obsesión de quien escribe, y en medio de esa lucha, una multiplicidad de formas, matices y situaciones destinadas a procurar el florecimiento del detalle.

La cuidadora del fuego es, según esta lógica, un adentro y un afuera, un decir el microcosmos íntimo implicando la inmensidad cósmica inabarcable. Desde el ámbito privado del hogar, las pequeñas cosas se traducen en palabras para hablar de la grandeza del universo y del carácter sagrado propio del nombrar a través de la palabra.

Palabra dueña y señora de la naturaleza toda. Pensamiento
encarnado en sangre letrada. Figuración vidente de lo imposible.
Palabra: signo sagrado. Hija del habla –locución de tiempo
memorial –
poseedora del grito y del lamento –de la guerra y de la paz.
Decisiva palabra que nos hiere y que nos salva al mismo
tiempo –
o nos cubre de alma –o nos deja al borde del infinito –por
sus letras
insomnes sostenidos (“Al borde del infinito”).

Esta divinización de la palabra, sin embargo, no permanece únicamente en el plano del poema y la paradójica intención de querer nombrar lo inefable, sino que adquiere una complejidad todavía más intrincada al tener que enfrentar la cercanía de la muerte. “Sentir la vejez es como denunciar al asesino” leemos en “La casa está invadida” y esa denuncia es al mismo tiempo escapatoria y cárcel, empeño y derrota. Las estrategias son múltiples, como múltiples son los rostros de la vida que intuye la muerte en cada día y en el espíritu que habita y modifica las cosas.

Mi experiencia/ es tratar de marcar el tiempo –/ de hacerle unas señales con la palabra – (“Marcar el tiempo”).

Ser ordenada, o más bien, ordenar, es mi manera/ de escapar al caos. ¿Ordenar es crear?/ La creación caótica también existe (“Hojas de oro”).

Tiempo, creación, orden y caos, espejismo, memoria e historia, son los engranajes que lentamente le van dando vuelta al sentido de esa búsqueda inicial del lenguaje, aunque al final siempre haya “una injusta errata de la palabra” que lastima y se padece (“Árbol del dolor”). De cualquier modo, la escritura se asume como una lucha permanente, como una vocación por la palabra que renueva, transforma e insufla de vitalidad el cotidiano.

Para apurar el levantamiento/ simultáneo de otra cosa –/ de verdad y vida y compañía –/ para asumir la responsabilidad/ de toda batalla –/ firmo esta noche/ mi nombre solidario (“Arte poética”).



La cuidadora del fuego fue recientemente publicado por la Editorial La Flauta Mágica en Montevideo. La recopilación de textos y el postfacio estuvieron a cargo de Roberto Echavarren e incluye una entrevista a la autora realizada por Silvia Guerra.


lunes, 6 de diciembre de 2010

una obligada calma (no. 53)


Dice Carlos Pellicer en uno de sus nocturnos: “No tengo tiempo de mirar las cosas/ como yo lo deseo./ Se me escurren sobre la mirada/ y todo lo que veo/ son esquinas profundas rotuladas con radio/ donde leo la ciudad para no perder el tiempo./ Esta obligada prisa que inexorablemente/ quiere entregarme el mundo con un dato pequeño”.

No sé si por desidia, indiferencia o falta de tiempo, la mirada diaria tiende a conformarse con ese dato pequeño y una versión simplificada de las cosas. Desde luego hay también excepciones, miradas lúcidas que son atenta lectura del mundo y sus complejos universos. En ellas prevalece una obligada calma capaz de anular el tiempo y de comprender el espacio en otras dimensiones.

Los cuentos que conforman “Habla de lo que sabes” de Geney Beltrán Félix son, en muchos sentidos, una mirada profunda hacia los ámbitos más conflictivos del ser humano, hacia sus facetas más grises y sus resquebrajamientos. Como oportunamente afirma Alejandra Pizarnik, hablar de lo que uno sabe debe remitir al silencio cómplice y duro a que nos obliga aquello que vibra en la médula, al claroscuro que hace residencia en la mirada, al dolor, al vértigo, a la desolación.

Desde un narrador que en la mayoría de los cuentos tiende a erigirse como testigo cercano de ese proceso de meticulosa observación, asistimos a diversos episodios donde la soledad, el desencanto y la incomunicabilidad parecen ser las únicas huellas a seguir en un camino laberíntico y sin regreso. La peculiaridad de este narrador, sin embargo, reside en que, más que describir sucesos ajenos, pareciera una especie de alter ego que se mira a sí mismo desde una imprudente distancia: demasiado adentro de sí como para permanecer impasible, demasiado cerca del espectáculo del propio desasosiego. Quizás por eso las historias se encuentran focalizadas en la trayectoria de un protagonista que de pronto se encuentra solo en una cotidianidad que se vuelve extraordinaria y le conmina a explorar sus sentimientos, pensamientos y temores.

Las rupturas familiares, la distancia abismal entre padres e hijos, hombre y mujer como pareja; el estar constreñido por una situación económico social particular, la frustración del sueño o el amor no realizado, las múltiples interrogantes inherentes a la creación literaria, se ven atravesadas por decisiones o circunstancias que rayan en la situación límite, en la disolución de las fronteras entre lo real y lo imaginario. En cuentos como “Anoche soñé que volaba”, “La hija” o “Los perseguidos”, la introspección de los protagonistas los satura hasta culminar con el asesinato; mientras que en historias como “La celda en la Ciudad”, “Ese mundo de extraños” y “Hondonada”, la confusión se hace una con el interior de los personajes, posicionándolos en un espacio y un tiempo imprecisos que apelan más a la lógica caótica del sueño y que, por momentos, lindan con lo fantástico.

A modo de eco, la Ciudad (con mayúscula) que contiene a estos personajes, se levanta hostil y desmesurada. Desde el primer cuento, “La celda en la Ciudad” se dispone de un espacio que nada tiene de benévolo, más bien es eso, una prisión en sí misma y una metáfora de los límites que también imponen el matrimonio, la paternidad, el ser hombre, hermano, hijo o simplemente un ser humano con toda su humanidad a cuestas. Las vistas de esta Ciudad son pues escenario y reflejo del ser interior que se aproxima a un punto crítico. En “Perdonados por quién”, por ejemplo, el cuerpo y el pensamiento del protagonista experimentan un derrumbe paralelo al de los edificios en un terremoto, por eso afirma en medio de su malestar que “todo aquí es polvo”, mientras se repite taladrante la pregunta “¿qué es estar vivos?”. En “Anoche soñé que volaba” la Ciudad que se mira desde arriba en sueños es el punto de partida y el destino final de una vida que se modifica rabiosamente, en el pleno centro de la sordidez, la soledad y el desamparo. Cuando llega a estos extremos es contundente, cuando no, la Ciudad-espacio se instala con una extrañeza profunda que desconcierta: no sabemos si así son las cosas o si así se proyectan desde la perspectiva de cada personaje perdido en sí mismo y respecto a los otros. En “Ese mundo de extraños”, la nostalgia es la que atraviesa la ocupación del espacio, del departamento de un hombre (en primera persona), que sin explicación de por medio empieza a encontrar nuevos inquilinos en cada rincón. Como una especie de diálogo con “Casa tomada” de Cortázar, esta historia exhibe en su circunstancia improbable la dureza de la soledad, los recuerdos y el deseo cercenado. En “Hondonada”, la Ciudad es confusión, laberinto y cansancio, búsqueda y espera inútil, nombres absurdos de calles que tal vez cambien de lugar, reiteración de las limitantes que aquejan a Omar.
Nada hay de apacible en estas historias. Todo lo contrario. En “Habla de lo que sabes” no hay cabida para el contentamiento con el dato pequeño, con la imagen idealizada del núcleo familiar o el amor filial o erótico como certeza a la cual asirse. Cada cuento está dispuesto como una obligada calma para mirar las cosas frontalmente, en todos sus detalles, con toda su violencia.

Texto leído el pasado jueves 3 de diciembre en la presentación del libro "Habla de lo que sabes" de Geney Beltrán. Casa Colón, Mérida, Yuc.

lunes, 22 de noviembre de 2010

Germán Dehesa: un hombre elegante (no. 52)

el deber de vivir es irrenunciable, inevitable y gozoso
G.D.

 
En su artículo titulado “Sobre la elegancia” (Por Esto! 11 de noviembre 2010), José Díaz Cervera se aproxima a una noción muy particular de elegancia que reside en una forma de interactuar con el mundo. Hay algo seductor en las cosas que nos obliga a mirarlas elegantemente, a conocerlas y explorarlas hasta los más recónditos de sus misterios. “Ya sea que pensemos el tiempo como una línea continua o que lo imaginemos como un conjunto de instantes entre los cuales lo único que subsiste es la eternidad, algo debe tener de especial esa dimensión de nuestra vida para que nuestro pensamiento se ocupe de ella de maneras muy diversas”.
Leer a Germán Dehesa es asistir a esos instantes de eternidad y confirmar que, en efecto, el Charro Negro era un hombre elegante. Atento observador y pensador de los universos cotidianos, los misterios adquieren en sus palabras la más refinada vitalidad, la seducción de lo que se encuentra muy cerca de nosotros y que sin embargo, nos implica un ejercicio de agudeza y curiosidad extremas para llegar a conocerlo a fondo.
Desde la República de las Letras, que era el sitio de sus sueños, Dehesa explora, descubre, se fascina y habla no de las cosas, sino de la vida palpitante que en ellas encuentra. La cotidianidad es el templo de su devoción, así como la naturaleza humana ese objeto fantástico, sorprendente, ambiguo e infinito con el que dialoga a cada momento. Por eso el hombre elegante ama la humanidad y cree en el “nosotros” como
“el único pronombre digno de los humanos”. Porque es parte de esta extraña y compleja especie, los encuentros y desencuentros con ella le implican la perpetuación del ciclo interminable de preguntas y respuestas, así como la contundencia de afirmar sin reparos que “lo nuestro [lo de los seres humanos] es procurar y distribuir con disciplina, con justicia y con lúcida pasión la belleza verdadera y la verdad que, me consta, es de una belleza aterradora. Lo demás son asuntos menores, distracciones, perversiones, pequeñeces”.
Quizás lo más poderoso en los hallazgos del hombre elegante sea su sentido del humor y la risa llena de vitalidad (juguetona, gozosa, placentera, satisfecha, de frustración, de plenitud, de dolor) que residen en sus palabras. Si algo reconozco en él es su capacidad para despojarse del acartonamiento pseudointelectual y darnos una palmada en el hombro, un buen abrazo de bienvenida y la invitación siempre vigente para reír con él en un gesto genuino de complicidad.
El hombre elegante partió de esta generosa vida el 2 de septiembre pasado, imagino se encontrará explorando un mundo más complejo pero no menos fascinante. A nosotros (“lectora lector querido”) nos quedan sus palabras, agradecerle la voluntad y vocación que tuvo para compartirlas y esas afirmaciones reveladoras que pueden salvarnos cualquier día:

la maldad con bibliografía es terrible
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Aquí me tienen, lejos del odio, que es la pasión más inútil, y cerca del nuevo amor. A mi trabajo acudo; asisto y asistiré siempre (hasta que el siempre se vuelva nunca) […] El resto del mundo rueda y uno rueda con él y da por supuesto que la vida es más inteligente que nosotros. Navego rumbo a mis sesenta y un años y cumplo con darte las coordenadas de mis naufragios y mis restauraciones. A nadie le he robado la pelota, no aspiro a ser votado y hago tareas que ya ni los negros quieren hacer
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No seré polvo que vuelva al polvo; seré agua y a ella retornaré para permanecer y ser, como querría Quevedo, agua enamorada

sábado, 16 de octubre de 2010

"aquí se narra, se ordena" (no. 51)

aquí se narra

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Siempre había odiado la teoría literaria. Me exasperaba la rigidez, la pretensión objetivista y cientificista, las hipótesis absurdas, el mecanismo frío de los métodos y, en resumidas cuentas, esa vocación por diseccionar y desmembrar algo tan hermoso y fascinante como la literatura. Alguna vez lo dijo mi querida E., es como estar con la persona amada y dedicarse a verificar que efectivamente tiene dos ojos, una nariz, una boca, veinte dedos y que los sistemas respiratorio, circulatorio y endocrino le funcionan a la perfección.
Ahora doy clases de Introducción a la teoría literaria, Teoría literaria, Corrientes contemporáneas de la teoría literaria y Análisis de texto dramático IV. No es mi culpa. Cada vez que formulo con palabras mi voluntad de separarme en definitiva de un camino, el mundo se (des)ordena para llevarme de vuelta a esa misma ruta y con exceso de equipaje. He aprendido a aceptar que la vida es más vieja y sabia que yo.
*
Hace algunos meses me pidieron mi opinión sobre el nombrar Nican Mopohua un proyecto editorial. Me mostré renuente y puse mil peros: es difícil de recordar, suena raro, se prestaría a innumerables confusiones; el significado es lindo pero no sé, no me convence. ¿Por qué Nican Mopohua para todo caso?
No fue sino hasta ayer que logré aprehender con cierta amplitud el sentido de esas palabras. Nican Mopohua: “aquí se narra, se ordena”. Desde luego es un sentido muy personal el que le he dado y que todavía intento fijar en una imagen completa.
Ahora veo que lo importante en el nombre Nican Mopohua no era su carácter histórico, en tanto que texto legitimador del guadalupanismo en México. Lo relevante era el sentido del narrar, del poner en orden las bases para la fundación de una fe, que como todas, debe traducirse al lenguaje de la palabra y el símbolo para recibir el hálito de vida y perdurabilidad inherente a lo que aspira operar en el ámbito de lo sagrado.
En este caso, la narración y el orden fundador sirvieron para erigir uno de los mitos más poderosos: el de la Virgen de Guadalupe, la Virgen Morena, madre de todos los mexicanos, la que vela por la patria y a la que uno se encomienda hasta para la más mínima actividad cotidiana.
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Llevo seis años trabajando en la poesía de Aurora Reyes. He pasado de la fascinación al desencanto, del hastío al enamoramiento, de la indiferencia a la reconciliación. He puesto en juego mil lecturas posibles e imposibles. Me he sumergido en todas sus palabras y vuelto a salir sin una sola idea en claro. He regresado una y otra vez, con nuevos ojos, con viejos bríos renovados. Los poemas de Espiral en retorno brotan en mi memoria en los momentos más inverosímiles: haciendo alguna operación en el banco
-señorita, su número de cuenta
-no interrogues al cardo, no te asomes al río, no llames al secreto
cuando despierto súbitamente después de un mal sueño, me pregunto
-¿quién desató la voz de la ventana?
en el salón de clases, antes de pasar lista, se borran los nombres de los alumnos y se llenan con los de la Coatlicue presentes en Madre nuestra la Tierra:
1. Inmensurable Madre -¡Presente!
2. Sembradora -¡Presente!
3. Pasión desesperada -¡No vino, está enferma!
4. Hacedora implacable… ¡Hacedora implacable! -¡Presente, presente!
5. Gigante paridora –Está en el baño
6. Diosa legítima
En un principio, estos nombres y los versos que en torno a ellos describían una gran espiral, no me decían nada.

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La primera noticia que tuve de Esther Seligson fue gracias a una traducción que ella había hecho de Edmond Jabés y que un buen día tuve ocasión de leer en la licenciatura. Sin embargo, en ese momento conservé únicamente las palabras y el nombre de Jabés. A ella, sin querer, la guardé en un sitio muy particular de la memoria, como una especie de semilla que habría de empezar a brotar muchos años después:
un día llegué a casa de mamá. La casa estaba vacía pero en exceso iluminada por unos rayos muy transparentes. Era una claridad extraña, pero no me detuve mucho en ella. Repasé los estantes de la biblioteca en automático, buscando no sé qué y sin tantos ánimos de encontrarlo. Tomé un libro al azar. Leí en la contraportada: “la escritura quiere ser aquí un recorrido personal y único para cada lector, una forma de Conocimiento a la medida de su sed de absoluto, su nostalgia de plenitud, su capacidad de ensoñación”. Abrí el libro y lo primero que miré fue la foto de la solapa: una mujer de aire milenario sonreía a medias, reclinada sobre el marco de un ventanal blanco; un haz poderoso de luz caía sobre su rostro y sobre unas florecillas situadas por debajo del ventanal. A pesar de que la foto estaba en blanco y negro, se podía notar que aquél era un día espléndido y soleado. Luego, abrí el libro en cualquier página:
La respuesta no tiene memoria.
Sólo la pregunta recuerda.
No podía ser de otra manera. Era Jabés. El libro: Toda la luz de Esther Seligson.
Después de eso, los encuentros “fortuitos” con su escritura y su nombre de estrella han llegado con mucha puntualidad y precisión para reiterar(me) la sabiduría y la perfección de la vida.



aquí se ordena
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Lo que en un principio pretendía ser una tesis de licenciatura, pronto se convirtió en una tesis de maestría que estoy a punto de concluir. Los espacios que he tenido que visitar a raíz de esa obsesión con la poesía de Aurora Reyes han sido diversos, tortuosos y en los últimos meses fascinantes. Luego de probar con varias llaves y fórmulas, descubro que esos nombres y versos en espiral, atienden plenamente a los significados y la simbología con que se ha representado la figura de la Coatlicue como Diosa Madre. Esto ha implicado tener un encuentro igual de contradictorio y múltiple que la deidad: asumir un lado protector, cómodo, en el que uno experimenta el alivio de saberse respaldado por un poder benevolente, pero también el reto de incorporar el lado destructor y terrible de lo que nos devora sin remedio.
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El camino de la teoría literaria, después de todo, ha sido generoso conmigo. Me ha permitido entender sus razones de ser y obligado a darle forma a un cúmulo de conocimientos que había arrumbado en el fondo de la caja de los juguetes.
Hay una teoría sobre los personajes de teatro que afirma que un personaje es, desde el reparto, una especie de caja-nombre vacío que a lo largo de la obra se irá llenando de significados, acciones, cualidades, defectos, certezas y ambigüedades que harán de él, al final, eso: un personaje. Una vez que uno pone a prueba la teoría se da cuenta de que, en más de un sentido, es una obviedad no privativa de los personajes de teatro sino de todo tipo de personaje, incluso de los de la vida real. Así, pensé, me lleno de nombres, palabras, personajes, teorías, coincidencias, experiencias. Aunque todavía no me queda muy claro cuándo llegaré a ser el personaje. Como sea, el camino de la teoría también llega puntual a depositar su gota nutricia de sentido: “Lo más verdadero es poético porque no es detenido-detenible” (H. Cixous); y es esta misma teoría la que parte de la Diosa Madre, pero en este caso como la huella prístina del carácter generoso de la mujer. Es también alguna teoría la que supone que al nacer y durante los primeros meses de vida, tenemos un vínculo estrecho con la madre, a tal grado que no logramos distinguir la diferencia entre ella y nosotros. Un solo ser-sangre.
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Hace un par de días me fueron obsequiadas las memorias de Esther Seligson. En la portada se ve ella, algunos años atrás, con un vestido blanco, largo, de encajes. Sus ojos grandes no miran a la cámara, sino a un punto apenas a un lado de ésta. Su frente está levemente fruncida. En su rostro parecen haber más certezas que dudas y algo de temeridad. Su mano derecha está a punto de abrir un gran portón de madera, o quizás, lo acaba de cerrar.
En las palabras de Seligson hay luz, mucha luz, una luz transparente que sólo he podido mirar desde lejos, igual que como se observa el misterio cuando una es pequeña y apenas va descubriendo que con las manos puede tocar las claves del universo…
Abrí el libro al azar en las primeras páginas. Lo primero que vi fue el epígrafe de la primera parte titulada Dúo y que empieza hablando de Ella, mi madre:
¿No estoy aquí, yo que soy tu Madre?
¿No estás aquí bajo mi sombra y resguardo?
¿No soy la fuente de tu alegría?
¿No estás en el hueco de mi mano, en el cruce de mis brazos?
¿Tienes necesidad de alguna otra cosa?
Nican Mopohua
la imagen completa
mi primer sobrino nació la semana pasada. Mi hermana y el nene están llenos de vida. No parece haber una diferencia entre la una y el otro. Él, es un personaje diminuto y en su pequeñez caben miles de sueños, decenas de años y todas las palabras. Ella, se ve llena como una luna, posada provisionalmente sobre la superficie de la tierra. De sus senos brota una luz dulcísima que cada tres o cuatro horas ilumina al nene, y es tan generosa que aunque él se quede dormido, la luz sigue corriendo y forma surcos, ríos, mares, baña jardines y se pierde en un confín a donde sólo él podría llegar. Cuando ella lo coloca entre sus brazos y apoya su cabecita en su pecho, es como si los detalles más mínimos, los días y las noches, los elementos y la naturaleza misma se conjugaran para hacer transparente un solo universo sabio, armónico, risueño y en el que cada coincidencia adquiere su justo sentido.

miércoles, 22 de septiembre de 2010

los nombres de la pasión (no. 50)


He oído decir que uno escribe para curarse los monstruos, para sacarlos y aniquilarlos una vez vertidos sobre el papel. Sé que hay quienes escriben para no olvidar o para adornar sus recuerdos con trazos fantásticos de nostalgia. Hay quienes aseguran la existencia de un fin catártico en cada página y en las historias que de ahí nacen; así como también hay muchos a quienes la escritura se les impone como una especie de maldición que secretamente se disfruta y de la que no se pueden, ni quieren, librar jamás.
Sé que, por otro lado, están los que escriben para hacer alarde de mil recursos verbales que explotan y resplandecen, tan efímeros como vacíos; pero no me importan mucho. Me importan los que aman a las palabras y cuyas vidas dependen del tortuoso, indecente e intrincado camino que la relación amorosa con ellas les ha dispuesto. Últimamente me importan más los que aman con la palabra y a partir de ella le ponen nombres a su pasión.
El sólo título del libro me atrapó de inmediato aunque no por seductor, sino por incongruente o pretencioso: Breve tratado de la pasión con una selección de textos y prólogo de Alberto Manguel. Cómo se trata la pasión, qué se supone que implica un tratado de algo tan volátil, cómo se hace de la pasión algo breve…
El prólogo comenzaba con una anécdota curiosa sobre una abogada que demandó a uno de sus colegas por acoso sexual y presentó como evidencia una bolsa cargada con más de ochocientas cartas de amor que el hombre le había escrito en un lapso apenas mayor al año y medio. La respuesta del procurador ante dicha prueba fue: “Me sorprende que con tanto ardor, el bolso no se haya consumido solo”. A partir de ahí, una serie de reflexiones sobre la condición del enamoramiento y los efectos terribles que tiene sobre quienes lo padecen -en especial cuando tal condición los lleva a escribir- venía a justificar la selección de textos que conformaba el libro. El énfasis estaba puesto en esa relación tan particular entre destinador y destinatario cuando se trata de un poema o una carta de amor. Qué es lo que nos lleva a querer explicar con palabras ese desasosiego inherente al deseo. Cómo hacer que cada lugar común signifique algo de verdad para quien habrá de leernos. Cómo decir que la vida se nos va con la sola evocación del nombre de la persona amada sin quedarnos completamente indefensos, frágiles, serviles y sin otra voluntad que no sea para solicitar su presencia.
Seguí con la lectura de cartas y poemas, más con morbo que con afán de llegar a compartir siquiera esas expresiones de pasión. Poco a poco, los nombres familiares me empezaron a envolver, a apretar sobre todo, como si el largo brazo de una boa se dispusiera a triturar mis huesos para engullirme de un bocado. No sé por qué la idealización de ciertas figuras viene siempre acompañada de una absoluta negación de las manifestaciones más comunes del enamoramiento. No he oído de nadie que admire al amante que suplica por un poco de cariño, ni tampoco al que se “humilla” en nombre del amor, ni mucho menos al que padece engaños, ausencias y desplantes a cambio de una sola muestra de reciprocidad amorosa. Incluso a veces la ternura nos llega con indicios de caducidad y un “te quiero” con olores rancios o habiendo perdido su sabor. Quizás por todo esto me sentí estrujada al ver renovados los nombres de la pasión en las palabras de los “héroes” clásicos, al conmoverme con las frases más sencillas pero rebosantes de un verdadero deseo. Ahí estaba Chéjov besando con palabras a su amada, su “pequeño garabato” y Balzac a su “precioso animalillo”; Isadora Duncan enviándole a Gordon Craig su “corazón rebosante sólo con el menos original y más anticuado género de amor”; Paul Celan prometiendo una cercanía tal con la amada que, en el instante de la coincidencia, sería capaz de “inaugurar el tiempo”; Zelda Fitzgerald afirmando que estar sin Scott era “como pedir clemencia a una tormenta o matar la Belleza o hacerse viejo”; Napoleón Bonaparte suplicando a su Josefina que no le enviara ningún beso puesto que le “queman la sangre”; Dylan Thomas expandiendo su amor “para toda la vida de un animal loco y grande como un elefante” y con la certeza de que veía y amaba a Caitlin MacNamara “en cada minúscula cosa de este mundo, dormido o despierto”… Estaban también los juegos de Neruda, su abandono de niño amoroso, siempre amando, y las estupendas preguntas de Auden respecto al amor: ¿Puede hacer muecas extraordinarias?/ ¿Se suele marear en el columpio?/ […] ¿Cree que el patriotismo es suficiente?/ […] Cuando llegue, ¿llegará sin previo aviso/ mientras me esté hurgando la nariz?/ ¿Derribará mi puerta de buena mañana,/ o me pisará el pie en el autobús?/ ¿Vendrá como un cambio de tiempo?/ ¿Será su saludo tosco o cortés?/ ¿Alterará mi vida por completo?...
Los nombres iban y venían entrelazados con las palabras más tiernas, más obvias o sencillas, pero cargados de una vehemencia que sólo reconoce el que ha sido quemado con ese fuego. Admito que la más grande sorpresa fue Borges escribiéndole a Estela: “sé que seremos felices juntos (felices deslizándonos y a veces sin palabras y gloriosamente tontos), y ya siento el dolor corporal de estar separado de ti por ríos, por ciudades, por matas de hierba, por circunstancias, por los días y las noches […] luego comprendo que toda felicidad es ilusoria no estando tú a mi lado”… No era sólo Borges. Era un hombre que concluía su carta reconociéndose también en la sorpresa de la pasión: “Tuyo con el fervor de siempre y con una asombrada valentía, Georgie”.
Pensaba en todas las palabras escritas en medio de esa vehemencia que suele acompañar al enamoramiento. Pensé en cómo para muchos el tiempo desaparece o se dilata, se disloca alterando el orden completo de las cosas. Recordé entonces la idea de que en las sociedades arcaicas la repetición de los rituales atendía a una lógica fuera del tiempo lineal y cronológico. Más bien, el ritual tenía lugar en el tiempo del origen cósmico y por eso procuraba el contacto genuino con los dioses. Quizás entonces lo que nos salva, aunque sea de manera provisional, sean todos esos nombres que le hemos puesto a la pasión y que nos empeñamos en repetir cada día y cada noche, en sueños, en cartas o de frente; quizás el hecho de seguir diciendo “te amo” y aventurarnos a dejar la constancia escrita no sea más que una forma de volver al origen de la pasión y, por qué no, de estar también en contacto con lo divino.

Manguel Alberto (Selecc. y prólog.). Breve tratado de la pasión. México: Lumen, 2008.
Imagen: "La despedida", Remedios Varo.

jueves, 16 de septiembre de 2010

del "corazón del pueblo" a la épica sordera (no. 49)


No creo que todo pasado haya sido mejor. Más bien creo que no podemos dejar de sucumbir ante las seducciones de la memoria que todo lo matiza, adereza, pule y acomoda para que al acudir a los recuerdos nos sintamos como en casa (y digo casa en su más amplia acepción, como espacio confortable, seguro y propio, el que cada quien se construye en torno a sí mismo o a otros). En lo que sí creo es en la urgente necesidad de conocer e intentar comprender el pasado y cuáles han sido los caminos y tropiezos que nos han traído hasta aquí. Debo decir que amo el presente con todos los nombres, máscaras y vacíos que lo conforman, pero eso no me impide echar un vistazo atrás –desde luego sesgado, quizás un poco estrábico y miope- para ver si no habré errado el camino o perdido algo en mi tránsito por él.
Hubo un tiempo en que los pueblos empezaron a fundar sus ciudades en torno a un espacio sagrado. La veneración entonces recaía sobre aquellas deidades que les proveían de alimento. Había ciclos vitales que determinaban los periodos de siembra y cosecha, en que los seres humanos estrechaban su relación con la naturaleza y la perpetuaban con la celebración de ritos cargados del simbolismo propio de cada cosmogonía.
La relación entre el ser humano y la tierra destinada a albergar el núcleo de una sociedad se volvió poderosa y entrañable. No sólo se trataba de marcar un territorio que distinguiera entre lo propio y lo ajeno, sino que además era el sitio al cual uno pertenecía por herencia, por nacimiento, por derecho, por la sola circunstancia de ser hijo de esa tierra. En los pueblos mesoamericanos este sitio se llamó altépetl y representaba, más allá del vínculo territorio-organización social, el “corazón del pueblo”: un espacio destinado a conservar la vida, donde cada latido resguarda y anima lo más significativo, la herencia, los ritos, la religión, el lenguaje, los símbolos, las tradiciones, en síntesis, lo más sagrado de un pueblo, su patria. Dice Enrique Florescano que este “corazón del pueblo” era representado por el glifo de una montaña o cerro cuyo interior se encontraba rebosante de un agua fértil, dadora generosa de vida, guardada en el secreto de la tierra.
A partir de la Conquista las representaciones del “corazón del pueblo”/patria habrían de estar regidas por una estética europea decorada con ciertos elementos americanos. Y aunque por su raíz latina la palabra patria implica la noción de paternidad, la constante en esa multiplicidad de imágenes que han dado rostro y cuerpo a la patria es que siempre ha tenido cualidades femeninas, con todos los gestos favorables y desfavorables que esto implica.
El recorrido que hace Florescano en Imágenes de la patria nos lleva, desde las concepciones más universales de la Diosa Madre, hasta el “águila mocha” que Vicente Fox mutiló para hacer su logo de la presidencia de la república en el 2000. En medio de ambos extremos los rostros de la patria pasan de lo solemne a lo complejo, de la incomprensión a la tergiversación crítica. Tanto la india bizarra semidesnuda, a veces salvaje y otras simplemente exótica, como la virgen María habrían de ocupar sitios privilegiados durante la Colonia y aun durante el México independiente. Hacia el siglo XIX el águila, la corona de olivos y la cinta tricolor ya habían ocupado un espacio mucho más legítimo que el de la mera ornamentación, estilizándose hacia una alegoría de la recién nacida república mexicana. A la par con este intento de darle un rostro definitivo, propio y efectivo al “corazón del pueblo” que se intentaba reanimar y echar a andar solito, surgen también las críticas más lúcidas ante el fracaso de dicho intento: una mujer que representa a la patria pretende equilibrarse sobre la cuerda floja mientras sostiene unas pesas que dicen “empréstitos” y un par de burócratas tensan la cuerda; otra patria vestida de mujer, tambaleante, que camina entre los presidentes conservadores de México, quienes la están apaleando sin clemencia; un águila desplumada, se diría que sarnosa y agonizante, parada sobre un cangrejo…
Sé que parte del poder de los símbolos reside justamente en su carácter numinoso. Si convenimos con Ricoeur en que “en el universo sagrado, la capacidad para hablar se funda en la capacidad del cosmos para significar” y del hombre para identificarse a sí mismo en su relación con el cosmos, veremos que nuestros símbolos patrios a lo largo de los años han mantenido, en mayor o menor medida, evidentemente o no, parte de ese carácter sagrado, genuino y entrañable: algo de ese latido prístino del “corazón del pueblo”.
Decía que amo el presente, aunque se me parezca un miembro engangrenado que amenaza con pudrir al resto. Creo que por eso el desfile de ayer no hizo más que evidenciar que el corazón de este país está dejando de latir y de guardar el significado profundo que lo define como pueblo; ya porque no sabe cuál es, ya porque el devenir más inmediato le exige insertarse en una dinámica de lucha de poderes donde no hay un solo rincón para albergar la conciencia de que somos seres humanos, habitando en sociedad, en un mundo que por naturaleza y hasta hace unos años había sido ampliamente generoso.
Debo confesar que me sorprendieron –en el peor sentido de la palabra- los juegos pirotécnicos, la tecnología, la coincidencia de cantantes y artistas tan diversos, el cinismo de Felipe Calderón, el derroche tan aberrante de recursos, la disneyficación de la historia y los mitos y, en especial, la respuesta de la gente ante tamaña espectacularidad.
Creo que hasta ayer no había tenido un ejemplo tan claro de cómo se hace efectiva la idea de que al pueblo “pan y circo”, aunque nos dejaron, claro está, sólo con un circo que cumplió muy bien la empresa de presentar las nuevas representaciones de la patria: tan huecas y opacas que necesitan líneas fosforescentes que definan sus rasgos, acróbatas que las recreen y locutores de televisa y tv azteca que las expliquen.
Me es inevitable evocar a López Velarde. Sólo que ahora nos gritan con épica sordera que la patria no tiene nada de impecable y que lo diamantino, no es por la dureza inquebrantable del diamante, sino por su brillo más bien frívolo, superficial y pasajero.
Mérida, Yuc.
16 de septiembre 2010.

viernes, 25 de junio de 2010

pequeña contribución al museo de los esfuerzos inútiles (no.47)


niños que intentaron volar,
hombres empeñados en hacer riqueza,
complicados mecanismos que nunca llegaron a funcionar
y numerosas parejas...
Cristina Peri Rossi

existe, en algún sitio, el Museo de los Esfuerzos Inútiles.
abre de martes a domingo, de 9 a 14 hrs y de 17 a 20 hrs.
en él se encuentran algunos de los tantos esfuerzos inútiles registrados a lo largo de la historia de la humanidad

algunos son Esfuerzos Inútiles bellos; otros, sombríos

por ejemplo, el de un hombre que durante diez años intentó hacer hablar a su perro. y otro, que puso más de veinte en conquistar a una mujer. le llevaba flores, plantas, catálogos de mariposas, le ofrecía viajes, compuso poemas, inventó canciones, construyó una casa, perdonó todos sus errores, toleró a sus amantes y luego se suicidó

no logro ubicar muy bien la época de estos esfuerzos inútiles, más bien, me parece que están definidos por su atemporalidad, aunque también se encuentran un poco ya lejanos a estos tiempos: hasta ahora no he tenido noticia de alguna persona que haya intentado hacer hablar a su perro. lo que sí he comprobado es que con mirar devotamente en los ojos de un gato, uno puede acceder a la revelación de ciertos universos donde no son necesarias las palabras ni los lenguajes finitos de los hombres.
del lado de las relaciones amorosas, conocí a un tipo que sólo estaba dispuesto a dedicar una semana a la conquista de la mujer amada y, desde luego, entre las resoluciones a tomar en caso de que la respuesta de ella fuera negativa, no se encontraba ni por accidente la idea del suicidio. de hecho, terminado ese lapso cambiaría de objeto de deseo según una lista diseñada con anterioridad y dispuesta en un riguroso orden alfabético. sus esfuerzos inútiles engrosaron el catálogo hasta que llegó a la letra "P".

es muy curioso que los esfuerzos inútiles se repitan [...] un hombre intentó volar siete veces, provisto de diferentes aparatos; algunas prostitutas quisieron encontrar otro empleo; una mujer quería pintar un cuadro; alguien procuraba perder el miedo; casi todos intentaban ser inmortales o vivían como si lo fueran

dentro de los esfuerzos inútiles repetitivos deberé confesar uno muy personal: el de que mis alumnos sean seducidos también por la magia que habita en las palabras y en los nombres, en las cosas palpitantes de vida que susurran constantemente los secretos del mundo, en el deslumbramiento que surge cuando una mirada curiosa toca y enciende lo infinitamente pequeño y cotidiano, en fin, en esas cosas de la vida donde no hay ni el menor espacio para el aburrimiento, la desidia, la indiferencia o la estupidez. a veces he pensado cambiar de trabajo, tal vez podría librar del museo a alguna prostituta.
los esfuerzos inútiles son infinitamente diversos:

intentar reconstruir su árbol genealógico, escarbar la mina en busca de oro, escribir un libro [...]
hay hombres que han hecho largos viajes persiguiendo lugares que no existían, recuerdos irrecuperables, mujeres que habían muerto y amigos desaparecidos. hay niños que emprendieron tareas imposibles, pero llenas de fervor. como aquéllos que cavaban un pozo que era continuamente cubierto por el agua

me llaman mucho la atención los esfuerzos inútiles de los viajeros, quizás porque de la misma manera comparto una cierta obsesión por los viajes: por mirar el borde del continente desde la ventana de un avión y corroborar las imprecisiones, la vida muerta de los mapas; por comprobar, cada vez, que los altibajos de la naturaleza humana son los mismos en cualquier sitio y que sólo se visten de acentos, paisajes, colores de piel e idiomas distintos. el lenguaje de una sonrisa, una mirada o una lágrima no necesita traducciones.
regresando al catálogo de los viajeros, me inquieta que pudiera ser la prefiguración de un destino personal:
al cabo de un tiempo de vagar por diferentes mares, atravesar bosques umbríos, conocer ciudades y mercados, cruzar puentes, dormir en los trenes o en los bancos del andén, olvidan cuál era el sentido del viaje y, sin embargo, continúan viajando. desaparecen un día sin dejar huella ni memoria, perdidos en una inundación, atrapados en un subterráneo o dormidos para siempre en un portal. nadie los reclama

otra de las fuentes importantes de recopilación de esfuerzos inútiles son los periódicos. cito sólo dos:
la historia de la trapecista con vértigo, que no podía mirar hacia abajo.
o la del enano que quería crecer y viajaba por todas partes buscando un médico que lo curara

me estremece pensar en la cantidad y la naturaleza de los esfuerzos inútiles que podríamos tomar de los diarios hoy día: el caso de la mujer que quiso denunciar a su marido por maltrato y amenazas de muerte y cuya denuncia fue rechazada por la policía ya que "no la había matado" todavía. el del niño que quería ser niña. el de los que esperan una sola noticia de esa persona amada que desapareció de repente. el de todos los que en el mundo exigen justicia. el de los que cruzan fronteras con una firme esperanza. el de los que firman tratados de paz. el de los que asesinan por el bien de los otros. el de los que denuncian. el de las mujeres que han querido lucir hermosas. el de los que hablan en nombre de los pueblos. el de los que intentan, día con día, salvar el planeta. y el de todos aquellos que se esfuerzan inútilmente por cambiar algo, por ser distintos, por ser felices, por vivir...

quede este breve texto como una pequeña aportación al museo.


citas tomadas de: "El museo de los esfuerzos inútiles" de Cristina Peri Rossi
imagen: "el mito de sísifo" de Tiziano