martes, 16 de marzo de 2010

"para nombrarte mi hogar y mi bandera" (no. 44)


la nostalgia tiene la forma del horizonte que se aleja…
los ojos y los sueños se escapan hacia el mar
Sandra Lorenzano


No quiero decir que Saudades de Sandra Lorenzano es, como ya se ha dicho, una novela donde convergen diversas voces, relatos, trozos de memoria, palabras-de-otros y fantasmas sin fin.

Más bien quisiera guardarme en la memoria, como un deseo que se renueva, los caminos que ahí he encontrado para volver a la imagen de cualquier posible exilio y aun ahí nombrar[te] mi hogar y mi bandera

***
¿quién sabe al pronunciar esa palabra “adiós”,
cuánta separación nos queda por delante?
nadie lo sabe ni nadie lo imagina en el momento justo de la despedida
por eso nos hemos convertido en exiliados que viven a la deriva, en una especie de vaivén sin fin, asidos al recuerdo y a la imagen.
a veces hay orillas con nombres familiares, músicas que suenan a abrazo tibio y firme, secretos revelados de pronto en un nombre y una mirada.
a veces también está todo eso que somos y llevamos impregnado en la sangre y en la piel, aunque la distancia imprevista nos duplique su peso y nuestro cansancio...
voy en busca de los nidos quemados;
imagino que aún estarán tibias las cenizas
***
está también el camino forjado por la lucha con/tra las palabras: duelo cotidiano renovado en cada jornada, cual prometeica condena gozosa y triste:
se me atragantan las palabras.
se me atraganta el silencio.
sólo me salva, Amor, perderme completa en ti.

está el decir de lo indecible, el contar-para-no-morir de Scherezada, la obstinación en el relato que sin ningún derecho hacemos nuestro, hasta vivirlo, hasta sangrarlo, porque hemos aprendido que
escribir es escarbar en el lenguaje. sabiendo que también allí han quedado cicatrices

está la lista de nombres y de muertos, el tren que parte, los brazos que se extienden, todo el vértigo en una mirada, el silencio del agua, la terquedad de querer decirlo aunque la inutilidad de las palabras termine por dejarnos en silencio:

no necesitamos palabras para inventar complicidades, para fundar
gestos y murmullos en los amaneceres anaranjados. No necesitamos
palabras para volvernos náufragos enloquecidos que buscan su madero
al borde de un único ombligo […]
no necesitamos palabras para trenzar nuestro aliento en la orilla
misma del día, lejos de los muelles conocidos. no necesitamos
palabras para celebrar rituales que tengan el sonido exacto del nombre amado.

***
está finalmente el camino que describe la nostalgia intraducible: la saudade sabor a oporto rojísimo, con olor a-mar sin fin y a amor sin rostro, con manos milenarias/caricias de piedra,
la saudade como un verbo que sólo se conjuga en la mirada y en un tiempo pasado ya marchito.


cursivas: Lorenzano, Sandra. Saudades. México: FCE, 2007.
imagen: "arrebato". Lorenza Tolentino. www.pintoresmexicanos.com
imagen:

jueves, 4 de febrero de 2010

con "estupor y temblores" no. 43

unos días más tarde, regresé a europa.
el 14 de enero de 1991, empecé a escribir un manuscrito
titulado higiene del asesino.
el 15 de enero expiró el ultimátum americano contra irak.
el 17 de enero estalló la guerra.
el 18 de enero, al otro lado del planeta,
Fubuki Mori cumplió treinta años.
el tiempo, conforme su vieja costumbre, pasó.
en 1992 se publicó mi primera novela.
en 1993, recibí una carta procedente de tokio.
el texto decía lo siguiente:
amélie-san,
felicidades.
Mori Fubuki.
aquella nota contenía elementos suficientes para hacerme feliz.
pero incluía un detalle que me encantó en grado máximo:
estaba escrita en japonés.
Estupor y temblores
Amélie Nothomb
hay algo en el lenguaje que no puede ser menos que fascinante.
hay algo en las relaciones de poder que ejercen una zozobra encantadora de la que no se puede escapar: es el vicio no tan secreto al que uno sabe no habrá de renunciar nunca.
finalmente, todos jugamos los mismos juegos toda la vida.
quizás por eso me resulta tan poderoso el discurso de Amélie Nothomb, ahora en


Estupor y temblores


parte de ese poder y esa fascinación residen en una identificación insana con el personaje [autobiográfico] de la misma amélie que obedece y juzga, que cumple y observa, que asiente y calla con un silencio filosísimo que nadie habrá de advertir en ese momento.


la otra culpa del encantamiento la tiene esa violencia discursiva que resulta por momentos hipnótica, pero también brutal y siempre con ánimos de confrontación, esa misma que encontramos en su primera novela Higiene del asesino, lo mismo que en Las catilinarias... [as far as I can tell]


pues nada: en esta novela es ella la "sometida", la "subordinada", la que entra en la dinámica del juego del poder en una gran empresa japonesa para observar, para sobrevivir, para exponer los sinsentidos de un sistema apabullante, absorbente e inhumando, donde sólo la risa/ironía/burla genuina permitirían en todo caso la supervivencia y la posibilidad de decir y hacer, de imaginar y desfenestrarse cuantas veces sea necesario para volver a mirar, después del espasmo, el rostro de la "vida" que se configura en esos círculos inaccesibles y estériles.


si bien, al principio, la fascinación por la belleza nipona de su superiora Fubuki Mori representa un estadio de contemplación donde reposar la mirada y regocijar los sentidos, pronto esa Fubuki [que significa, tan acertadamente, "tormenta de nive"] se convertirá en la mirada vigilante al acecho de cada acción, error o despiste, imponiendo el equilibrio perfecto entre la belleza y el desastre.


para amélie, como para todos, se trata de sobrevivir, sin importar las humillaciones, los sinsentidos, la discriminación, los discursos vacíos, las tareas, los empeños, las injusticias... quién habla de esas cosas cuando se ocupa un puesto privilegiado, quién se ocupa de esos detalles cuando la piel no da prestigio ni la lengua es fiel amiga para decir posibles verdades.


la opción inmediata es pues, el silencio, la vista gorda, la paciencia que se ensancha hacia todos los límites imaginables; es la sonrisa cómplice con una misma y el consuelo de poder arrojarse por cualquier ventana cuando todo se ha vuelto insostenible.


por todo eso, una resuelve presentarse ante "el superior" fingiendo la ignoracia y la estupideaz más atroces, así como pretender olvidar la lengua que desde la infancia se ha llevado en todo momento, e interpretar genuinamente el estupor y los temblores que deben manifestarse ante los señores/dioses del sol... aunque después, una vez que se ha salido de aquel laberinto, también se puede escribir cualquier cosa, escribir y reír, devorar y brindar por ese pequeño placer brindado a los patéticos representantes de la condición humana que con tanta devoción insisten en someternos a sus horarios de oficina.




epígrafe: Nothomb, Amélie. Estupor y temblores. España: Anagrama, 2000.
imagen: "tormenta de nieve", william turner

jueves, 21 de enero de 2010

problemas de espacio (no. 42)

*
intro [a la manera de Nid]
creo sólo en algunas voces y en muchos relatos
creo en las paredes claras (siempre mis cómplices), en las cortinas oscuras y en la luna que se desgaja en los cristales de mi ventana
creo en las calles que han perdido sus nombres, en la salitre y el polvo de los días, en los hoyos de la capa de ozono y en el sudor del asfalto
creo en los gatos en las cocheras, en los espejos, en el anonimato del perro y en la bondad del reloj que de pronto se detiene
creo en el caos del universo y la sintaxis metafísica, en el espíritu de los objetos sin dueño, en el poder de la lluvia para ahuyentar fantasmas y en todas mis pesadillas
creo en el mundo mineral y sus misterios, en los nombres falsos, seudónimos, heteronimos y homónimos por igual
creo en las ciudades grandes de casas pequeñas, en las alcantarillas, en las lámparas de papel de china, en los botones policromos de los departamentos de juguetería y en los limpiadores de piso con aroma a frutas
creo en la música del silencio, en los pueblos de mi infancia, en la espesura de mi sangre y sus bajos niveles de hemoglobina
[yo también] creo en los besos, en los calendarios, en el incienso, el copal y en todos los insecticidas
creo en el pájaro que da cuerda al mundo, en las ausencias, en todos los objetos perdidos, en los teatros vacíos y en las sombras que se filtran por debajo de las puertas
creo, en fin, en el espacio que cada uno [re]crea con el solo roce de su cuerpo y modifica el curso de las cosas en el universo...

*
lo que comanda el relato no es la voz: es el oído, dice el Marco Polo de Italo Calvino
el problema con el espacio es que, al igual que los relatos, depende en gran medida de quien lo perciba
o al menos así se lo explica Marco Polo a aquel emperador melancólico que ha comprendido que su ilimitado poder poco cuenta en un mundo que marcha hacia la ruina: el Gran Kublai Kan, a quien el viajero también invita a la recreación de

las ciudades invisibles
[de Italo Calvino]

ciudades invisibles/ciudades imposibles: no pueden ser ni ser vistas, pero sí evocadas y aprehendidas por la humana imperfección a partir de uno de los pocos recursos vigentes para sobrevivir a los espacios que nos constriñen y llegar a transformarlos: el de las palabras que nombran, renombran e inventan un nuevo modo de mirarnos

A veces me parece que tu voz me llega de lejos,
mientras soy prisionero de un presente vistoso e invivible
en que todas las formas de convivencia humana han
llegado a un extremo de su ciclo y no es posible imaginar
qué nuevas formas adoptarán. Y escucho por tu voz las razones
invisibles de que vivían las ciudades y por las cuales,
quizá, después de muertas, revivirán.
*
todas las ciudades invisibles tienen nombre de mujer:
Eudossia, Cecilia, Raissa, Adelma, Otilia, Smeraldina, Melania, Leandra
quizás por eso también llevan implícito un misterio y el eco entrañable de los aspectos que suelen dar forma a la vitalidad humana,
quizás por eso las ciudades invisibles no son ciudades o espacios en sí, sino que llevan consigo el sello de la memoria, del deseo, del nombre, de la muerte, del cielo y de lo secreto
son geografías cuya disposición no puede ser nunca lineal, porque se erigen como versión concreta de lo imposible, contradictorio, espiral y reflejo que es el fractal de vida que de nosotros parte y a nosotros regresa

El catalogo de las formas es interminable:
hasta que cada forma no haya encontrado su ciudad,
nuevas ciudades seguirán naciendo.
*
las ciudades invisibles, al igual que los espacios en los que creemos, se contienen a sí mismas, son microscópicas, son reflejo de sí, se explanden en círculos concéntricos, son felices y tristes al mismo tiempo,
son ciudades laberinto, ciudades misterio, ciudades enterradas, ciudades de las que es imposible escapar,
ciudades que no existen más que cuando alguien cree en ellas,
son ciudades de agua, piedra, cristal,
ciudades aéreas apenas sostenidas por un par de zancos,
son trazo terrestre de los caminos del cielo,
son ciudades telaraña suspendidas en el aire
y, a veces, sólo despiertan para volver a nacer cada mañana
son el espacio que llegamos a hacer propio y habitar por encontrar en él un signo que nos evoca

*
El infierno de los vivos no es algo que será;
hay uno, es aquel que existe ya aquí,
el infierno que habitamos todos los días,
que formamos estando juntos.
Dos maneras hay de no sufrirlo.
La primera es fácil para muchos:
aceptar el infierno y volverse parte de él
hasta el punto de no verlo más.
La segunda es peligrosa y exige atención y aprendizaje continuos:
buscar y saber reconocer quién y qué,
en medio del infierno, no es infierno,
y hacerlo durar, y darle espacio.
*
...creo también en este infierno, en la segunda manera de no sufrirlo, en todos los que he podido reconocer en medio de él y en las ciudades invisibles construidas para hacerlos durar y darles un espacio


cursivas: Italo Calvino. Las ciudades invisibles. [versión digital pdf]
imagen: "ad parnassum", paul klee

viernes, 18 de diciembre de 2009

palabras (no. 41)


nunca hubiera leído el libro de haberlo encontrado en cualquier estante de librería.

nunca un título tan trillado, tan puesto de moda en tiempos recientes, me hubiera invitado a la lectura por el solo hecho de que, en general, me parece implicar una serie de connotaciones que me resultan vacías, vulgares, en ningún sentido sugerentes:

putas asesinas
de roberto bolaño

sin embargo, lo que hay en él es todo lo contrario.

el libro llegó a mí en una noche de "ritual de purificación" espontánea, súbita, que yo no imaginaba al llegar a esa casa.

la lluvia contribuía a crear un ambiente de limpieza que, en muchos sentidos, parecía tener la consigna de concluir con aquella ceremonia improvisada antes del amanecer.

el camión de la basura ya se había llevado un buen tanto de libros, papeles, revistas, pero aún había mucho más: la casa se había convertido en un pequeño caos-laberinto de palabras impresas condenadas al exilio, bien porque ya no decían nada, porque habían caducado o porque sencillamente eran palabras no deseadas, traicioneras simplonas del sentido.

las rutas posibles se complicaban porque junto a las palabras destinadas a la desaparición, estaban también las otras: las que todavía palpitan y respiran con esa vitalidad que eriza la piel, arrastra al llanto o resquebraja en un solo segundo los cimientos de nuestras montañas interiores.

a estas últimas corresponden las palabras de putas asesinas que, con un trazo sutil pero definido, dibujan la cotidianidad improbable de cada historia marcada profundamente por rastros autobiográficos, por un pesimismo áspero y el signo fatal de un mal presagio.

son historias en apariencia triviales, que poco a poco se van desdoblando, hasta llegar al clímax de la existencia a través de personajes no tan peculiares como entrañables en su sinceridad.
acapulco, irapuato, bélgica, francia, alemania, chile, barcelona, cualquier rincón olvidado en el norte de méxico, dejan de ser puntos en los mapas para convertirse en expresión y síntesis de lo humano que se mira de frente y logra sostener[se] la mirada

aquí debería acabar el relato, pero la vida es un poco más dura que literatura

y por lo tanto el relato no acabará nunca.


cargadas de una violencia terrible, de ésa que se gesta dulcemente y con paciencia, las historias de putas asesinas van del encuentro casual a la historia increíble (el ojo silva), del relato fantástico, entre la necrofilia y la empatía entre dos seres (el retorno), a la creación de ambientes saturados del pesar humano, de los fantasmas del pasado, las obsesiones, el aburrimiento o la resignación (el dentista, vagabundo en francia y bélgica, últimos atardeceres en la tierra, gómez palacios)

hay en ellos la fijación por lo que como humanos nos atormenta y que algunas veces han dado en llamar locura o relacionan con el suicidio, pero que apela más a una forma de mirar y ser en esta vorágine llamada vida

a veces lo cotidiano se va transformando para dar espacio a la superstición (buba), a la construcción de perfiles humanos que parecen llenarse de una vitalidad avasalladora (prefiguración de lalo cura) o que sencillamente describen posibles rutas para suspender una profunda soledad y búsqueda del calor de una cierta desmesura

por fin llegué al punto que habría de explicar mi incomodidad primera:

las mujeres son putas asesinas, Max,
son monos ateridos de frío que contemplan el horizonte
desde un árbol enfermo, son princesas que te buscan en la oscuridad,
llorando, indagando las palabras que nunca podrán decir.

las palabras -otra vez, siempre- las palabras,
de las que me apropié aquel día: las vacías y las poderosas,
ésas que quedan palpitando sin poder ser pronunciadas,
ésas que erizan la piel y el llanto,
ésas que derrumban de un solo golpe todo lo que creemos ser.


Bolaño, Roberto. Putas asesinas. Barcelona: Anagrama, 2001
Imagen: Escher

domingo, 8 de noviembre de 2009

"para habitar la tierra por el lado de la piel" (no. 40)

sólo olvidamos, y de habernos olvidado viene la raíz del asombro
segundo libro de crónicas
antónio lobo antunes

ahora recuerdo que era una tarde lluviosa y amarillenta. una luz pálida y húmeda se filtraba por las ventanas del café de una librería. yo esperaba simplemente, sin poder dejar de mirar la tarde. de pronto llegó compartiendo su más reciente hallazgo: unas hojas diminutas, envainadas, que al contacto con el agua hacían ¡plop!
las sacó de su bolsa, las colocó en un plato, a falta de agua las ensalivó y, efectivamente, hicieron ¡plop!
también me compartió una piedra abrazada sin remedio a una concha marina y las palabras a las que ahora vuelvo con todo el asombro:
segundo libro de crónicas
de antónio lobo antunes

más que la referencia bíblica, llamó mi atención el acento en "antónio" y la fotografía de la portada: la imagen en blanco y negro de una calle curva, empedrada, con dos líneas para el tranvía, fachadas de casas viejas al fondo y una pareja de espaldas caminando calle abajo.
imagen por demás sencilla, pero hermosa: sencilla en su hermosura/hermosa en su sencillez, al igual que todas las cosas que fui encontrando en cada crónica

***
soy una obsesiva de las cosas, de los nombres, de la memoria,
de la memoria cuando recuerda el nombre de las cosas o las cosas sin un nombre,
de las cosas pequeñas, de los detalles, del olvido y de los asombros.
quizás por eso mi fascinación sigue vigente, porque las cosas puestas en juego en el segundo libro de crónicas tienen el matiz de lo entrañable.
no hay historias extraordinarias ni personajes sublimes, no hay tensiones ni intrigas ni desenlaces, no hay finales felices, más bien no hay finales, sólo puntos de partida, líneas de fuga que sinuosamente nos llevan a perdernos en un laberinto de deseos, nostalgias, palabras, recuerdos de infancia, figuras desconocidas que reconocemos desde lejos porque, sin habernos visto antes, nos hablan y nos cuentan sobre esas pequeñas cosas:
me armo de paciencia y, no obstante, a veces las cosas hieren, hay ideas que entran en nosotros como espinas. no se pueden quitar con una pinza: se quedan ahí. entonces la cara empieza a estropearse y
dicen
envejecemos
***
cada crónica se erige como un recuerdo que todavía no llegamos a evocar, pero que sabemos nuestro, de alguna manera inexplicable, porque hay nombres familiares que acuden de inmediato al leer que
parece que hubiera, en las mujeres de la familia,
como unas ganas de llorar. no de tristeza, claro,
sino del hecho de que exista para siempre,
dentro de ellas, una caracola conmovida

porque también recordamos numerosas expresiones que atraviesan siglos para luchar con los agujeritos tapados de los saleros; porque reconocemos una felicidad ahí donde las paredes del corazón eran tan finas que se podía escuchar del otro lado; porque también nos sabemos vulnerables y admitimos nuestras pérdidas y nos damos cuenta de que igualmente estamos hechos de cardos y que hay palabras que dejamos secar dentro de nosotros o que las ha secado la vida.

***
no es sólo el recuerdo, es también el asombro y la fascinación
es la historia del noruego que nunca había visto un rosal y al mostrárselo se sorprendió de que un arbusto diese fuego
es convenir en que ahí donde haya certidumbres el arte es imposible
es volver sobre los pasos, sobre las letras, sobre las páginas y pensar si en verdad será imposible escribir sin contradicción, tortura, vehemencia, remordimiento y esa especie de furia indignada de las zarzas ardientes que lanza a las emociones unas frente a otras en una exaltación perpetua
es evocar aquellos nombres siempre presentes, siempre abrazables, de quienes son nuestros volcanes de camaradería exigente y limplia, islas fraternas de rigurosa ternura, refugios de piedra suave donde aplacar la inquietud de la fiebre, personas que nos reconcilian con la noche más oscura del alma de la que escribía Scott, por traernos de ella vestigios de la mañana
es esbozar la media sonrisa ante la idea de que la muerte se perdona
te perdono porque no eras sólo Poeta.
eras Poesía, y por eso te respeto y admiro [...]
es la primera vez que me juegas una mala pasada,
y la primera vez se disculpa siempre. no obstante,
te lo advierto: no se te ocurra volver a morirte.
y ahora, que se acabaron las amenazas,
dame el abrazo de costumbre y vámonos.
***
me parece que el segundo libro de crónicas implica sobre todo la posibilidad de sacar lo necesario para habitar la tierra por el lado de la piel, lejos del otro lado, de ese feo solar de lo que ignoramos: escombros como patria, como huesos, como los amargos cadáveres de la envidia
es aventurarnos a la fragilidad para pedir asilo cuando sea necesario, para solicitar una palabra, un recuerdo o una sola sonrisa a cambio de un único instante:
tú, a quien no conozco o imagino que no conozco, ayúdame a quedarme.
ocupo poco espacio, casi no hago ruido, nunca grito, no molesto a nadie.
llévame contigo y ayúdame a quedarme. tengo llana la ternura aunque con nudos.
como tus uñas son más largas que las mías, hazme el favor, desátame.
manos impregnadas de nubes, suaves sus huesos como la leche, despaciosos, certeros.
es bueno nacer en el instante en que el aire es más frío que el agua.
lo he traído en el bolsillo para ti.
***
en su bolsillo estaban las hojitas envainadas que hacían ¡plop! al contacto con el agua, también la piedra abrazada irremediablemente a una concha marina que, horas después, mi torpeza separó en un segundo, sin darme cuenta (no importa, dijo, saldrán ángeles); en el libro que entonces me dio estaban, entre muchas otras, algunas de las palabras que consigno aquí...
desde esa tarde lluviosa y amarillenta han pasado algunos años, no muchos ni pocos, sólo algunos
de esa tarde lluviosa y amarillenta me queda una levedad de ángeles y el recuerdo de que no necesitábamos decirnos muchas cosas para decirnos muchas cosas

citas tomadas de: Lobo Antunes, António. Segundo libro de crónicas. Barcelona: Mondadori: 2004.
imagen: "muchacha asomada a la ventana". Salvador Dalí



domingo, 27 de septiembre de 2009

una historia de seda-deseada (no. 39)


de vez en cuando, en los días de viento, bajaba hasta el lago, y pasaba horas, mirándolo, puesto que, dibujado en el agua, le parecía ver el inexplicable espectáculo, leve, que había sido su vida.

la vida leve de Hervé Joncour también es una historia, mezcla de amor y música blanca

cuando no se tiene un nombre para decir las cosas,
entonces se utilizan historias. así funciona. desde hace siglos

desde hace siglos que no sabemos decir las cosas o es que hay cosas indecibles imponiéndonos la obligación de hacer historias

el nombre sencillo de esta historia, mezcla de amor y música blanca, es
Seda
de Alessandro Baricco
y lo indecible en ella se bosqueja siguiendo los recorridos de Hervé Joncour, quien compraba y vendía gusanos de seda
tenía treinta y dos años.
compraba y vendía.
gusanos de seda.

***
la historia de Hervé Joncour se entrelaza sutilmente, en cuadros breves que se deslizan en cada uno de nuestros sentidos, como seda entre los dedos, como esa seda que es

como tener la nada entre los dedos

decía que era una historia mezcla de amor y música blanca. quizás fui imprecisa.
más bien, podría ser una historia de seda-deseada.
de viajes al japón y regresos a un pueblecillo francés productor de seda.
de lo difícil que es resistir la tentación de volver. siempre volver.
del silencio que nos impone la vida con sus vueltas cuando nos deja sin absolutamente nada más que decir.
del fin del mundo que creemos invisible hasta que lo miramos de frente y en silencio
y, quizás también, del amor que a veces es como una especie de triste danza, secreta e impotente

***
Seda, también es una historia de los sutiles estragos que deja la movilidad.
las idas y venidas a un mundo otro que nos regresa al nuestro, pero siempre distintos,
irreversiblemente.
así, Hervé Joncour o Hara Kei -su "socio" en el Japón- transitaban de un cambio a otro, como si fuesen
un hilo de oro que corría recto en la trama de una alfombra tejida por un loco

asistían en cada una de sus entrevistas anuales a la proximidad del fin del mundo,
invisible,
donde no queda ya nada hermoso en el mundo
donde Hervé Joncour miró también hombres armados y niños que no lloraban.
vio los rostros mudos que tiene la gente cuando es gente que huye.
quizás porque él también era gente que huía,
que huía al encuentro de algo que no habría de vivir nunca
y que habría de morir en la nostalgia de ese dolor extraño
***

Seda también es una historia de pájaros:
dicen que los hombres orientales, en vez de honrar la fidelidad de sus amantes con joyas, les obsequian aves, pájaros de todo tipo, de todos colores y los colocan en una pajarera.
una vez, en uno de sus regresos al Japón, Hervé Joncour, miró

el cielo sobre el palacio tiznarse por el vuelo de cientos de pájaros,
como si fuera un estallido de la tierra, pájaros de todo tipo,
desorientados, huyendo hacia cualquier parte, enloquecidos,
cantando y gritando, pirotécnica explosión de alas
y nube de colores disparada en la luz y de sonidos asustados,
música en fuga, volando en el cielo.
Hervé sonrió.
Sin embargo, ellos, los pájaros, tampoco pudieron resistir la tentación de volver,
de habitar la pajarera, resguardados del cielo, otra vez.

***
Seda también cuenta la historia de las huellas que han dejado esos pájaros sobre el papel
como huellas de una voz quemada
como palabras indescifrables
como las cosas indecibles que nos obligan a hacer historias de voz desenfocada.
las historias nos sirven para decir lo que no sabemos nombrar, pero también para matizar con lo entrañable todo aquello que, aunque sabemos cómo, no queremos pronunciar:

lo que era para nosotros, lo hemos hecho, y vos lo sabéis.
creedme: lo hemos hecho para siempre.
preservad vuestra vida resguardada de mí.
y no dudéis un instante, si fuese útil para vuestra felicidad,
en olvidar a esta mujer que ahora os dice, sin añoranza, adiós


Fragmentos tomados de: Baricco, Alessandro. Seda. Barcelona: Anagrama, 2005.
Imagen: Ángel Jové

domingo, 20 de septiembre de 2009

jugando el juego del revés (no. 38)


para C.L. y M

por aquello de los neologismos

por aquello de los axolotes

por aquello de la saudade


me obligo a jugar el juego del revés, a recordar ese "pueril reverso de las cosas",

a volver sobre los pasos de mi memoria sin tacones:

ya había pensado en esto y me dije que empezaría parafraseando aquella idea de la saudade, eso que decía Tabucchi en el primer cuento que da título al libro, eso de que la saudade es un estado del espíritu al que sólo pueden acceder los portugueses (yo pensé "y qué hay de los brasileños", pero no supe darme una respuesta).

es por excelencia la palabra intraducible: la saudade: ¿cómo traducir esta soledad, esta nostalgia, esta vuelta constante a las cosas tan definitivamente extraviadas?

hay que inventar un neologismo que entienda de nuestro estado del espíritu cuando todo se nos vuelve un caracol y, por accidente, alguien lo pisa.

hay que inventar una palabra que entienda nuestra peculiar nostalgia y todos sus posibles abismos.

hay que saber llamar a las calles con todos los nombres de Pessoa, con todos sus fantasmas...

ya había pensado en esto, en el "juego del revés" de Tabucchi, y me había dicho que diría estas cosas:

que es un libro de historias lleno

no, que es un libro de historias sencillas

tampoco, que es un libro de crónicas-parábolas-ejemplos-fábulas para explicarnos (a todos nosotros los desventurados que no nos fue dado el nacer portugueses), vagamente, a grandes rasgos y con garabatos desdibujándose, una remota noción de la saudade y también algunos de sus posibles abismos

había pensado en esto y prometí que diría que jugar el juego del revés es también volver a la infancia una vez que la vida nos ha obligado a aprender a vivir en un desierto (¿lo ves?, en un desierto, nos ha obligado)

había pensado en el niño-anciano-axolote que somos y que habita en el desierto

me dije que diría algo nuestra mirada ingenua con la que contemplamos el espejismo y le creemos

también algo sobre las manos pequeñas y las cosas pequeñas que en ellas guardamos: la sonrisa del gato, el crujido del juguete que se rompe, el llanto de algunos árboles, el suspiro de las banderitas en el mes patrio, el regaño del mar... en fin, pues, esas cosas que se llevan al desierto...

porque en lisboa, en casablanca, en un bar, en las callesconnombredepessoa, en una ciudad blanca de tan negra, en el rincón más fantasmable de lo que una ha llegado a ser, hay un desierto

pero también hay espejismos muy dispuestos a jugar:

jugar a la síntesis de la vida en un ikebana

jugar a ser palmera, a ser mujer, a ser Josephine

jugar a ser niño aprendiz de latín mientras mamá se reviste de nuevas felicidades que nos ponen celosos

jugar a ser Fernando sin volvernos gerundio

jugar a ser Conrado sin convertirnos en un participio

jugar sin dejarse perder

sin nunca llegar a matarnos, porque después de todo hay mucho calor ahí afuera y todavía podría soplar algo de encanto, porque siempre habrá una ficción y un espejismo, una imaginería, una coincidencia que nos diga muy despacio al oído que al llegar a la casa vacía que tanto habitamos, una saudade neologizable, renovada, traducida, habrá de invitarnos otra vez, cada vez, al juego


Tabucchi, Antonio. El juego del revés. Anagrama, 2001.
Imagen: "El paseo", M. Chagall