domingo, 27 de septiembre de 2009

una historia de seda-deseada (no. 39)


de vez en cuando, en los días de viento, bajaba hasta el lago, y pasaba horas, mirándolo, puesto que, dibujado en el agua, le parecía ver el inexplicable espectáculo, leve, que había sido su vida.

la vida leve de Hervé Joncour también es una historia, mezcla de amor y música blanca

cuando no se tiene un nombre para decir las cosas,
entonces se utilizan historias. así funciona. desde hace siglos

desde hace siglos que no sabemos decir las cosas o es que hay cosas indecibles imponiéndonos la obligación de hacer historias

el nombre sencillo de esta historia, mezcla de amor y música blanca, es
Seda
de Alessandro Baricco
y lo indecible en ella se bosqueja siguiendo los recorridos de Hervé Joncour, quien compraba y vendía gusanos de seda
tenía treinta y dos años.
compraba y vendía.
gusanos de seda.

***
la historia de Hervé Joncour se entrelaza sutilmente, en cuadros breves que se deslizan en cada uno de nuestros sentidos, como seda entre los dedos, como esa seda que es

como tener la nada entre los dedos

decía que era una historia mezcla de amor y música blanca. quizás fui imprecisa.
más bien, podría ser una historia de seda-deseada.
de viajes al japón y regresos a un pueblecillo francés productor de seda.
de lo difícil que es resistir la tentación de volver. siempre volver.
del silencio que nos impone la vida con sus vueltas cuando nos deja sin absolutamente nada más que decir.
del fin del mundo que creemos invisible hasta que lo miramos de frente y en silencio
y, quizás también, del amor que a veces es como una especie de triste danza, secreta e impotente

***
Seda, también es una historia de los sutiles estragos que deja la movilidad.
las idas y venidas a un mundo otro que nos regresa al nuestro, pero siempre distintos,
irreversiblemente.
así, Hervé Joncour o Hara Kei -su "socio" en el Japón- transitaban de un cambio a otro, como si fuesen
un hilo de oro que corría recto en la trama de una alfombra tejida por un loco

asistían en cada una de sus entrevistas anuales a la proximidad del fin del mundo,
invisible,
donde no queda ya nada hermoso en el mundo
donde Hervé Joncour miró también hombres armados y niños que no lloraban.
vio los rostros mudos que tiene la gente cuando es gente que huye.
quizás porque él también era gente que huía,
que huía al encuentro de algo que no habría de vivir nunca
y que habría de morir en la nostalgia de ese dolor extraño
***

Seda también es una historia de pájaros:
dicen que los hombres orientales, en vez de honrar la fidelidad de sus amantes con joyas, les obsequian aves, pájaros de todo tipo, de todos colores y los colocan en una pajarera.
una vez, en uno de sus regresos al Japón, Hervé Joncour, miró

el cielo sobre el palacio tiznarse por el vuelo de cientos de pájaros,
como si fuera un estallido de la tierra, pájaros de todo tipo,
desorientados, huyendo hacia cualquier parte, enloquecidos,
cantando y gritando, pirotécnica explosión de alas
y nube de colores disparada en la luz y de sonidos asustados,
música en fuga, volando en el cielo.
Hervé sonrió.
Sin embargo, ellos, los pájaros, tampoco pudieron resistir la tentación de volver,
de habitar la pajarera, resguardados del cielo, otra vez.

***
Seda también cuenta la historia de las huellas que han dejado esos pájaros sobre el papel
como huellas de una voz quemada
como palabras indescifrables
como las cosas indecibles que nos obligan a hacer historias de voz desenfocada.
las historias nos sirven para decir lo que no sabemos nombrar, pero también para matizar con lo entrañable todo aquello que, aunque sabemos cómo, no queremos pronunciar:

lo que era para nosotros, lo hemos hecho, y vos lo sabéis.
creedme: lo hemos hecho para siempre.
preservad vuestra vida resguardada de mí.
y no dudéis un instante, si fuese útil para vuestra felicidad,
en olvidar a esta mujer que ahora os dice, sin añoranza, adiós


Fragmentos tomados de: Baricco, Alessandro. Seda. Barcelona: Anagrama, 2005.
Imagen: Ángel Jové

domingo, 20 de septiembre de 2009

jugando el juego del revés (no. 38)


para C.L. y M

por aquello de los neologismos

por aquello de los axolotes

por aquello de la saudade


me obligo a jugar el juego del revés, a recordar ese "pueril reverso de las cosas",

a volver sobre los pasos de mi memoria sin tacones:

ya había pensado en esto y me dije que empezaría parafraseando aquella idea de la saudade, eso que decía Tabucchi en el primer cuento que da título al libro, eso de que la saudade es un estado del espíritu al que sólo pueden acceder los portugueses (yo pensé "y qué hay de los brasileños", pero no supe darme una respuesta).

es por excelencia la palabra intraducible: la saudade: ¿cómo traducir esta soledad, esta nostalgia, esta vuelta constante a las cosas tan definitivamente extraviadas?

hay que inventar un neologismo que entienda de nuestro estado del espíritu cuando todo se nos vuelve un caracol y, por accidente, alguien lo pisa.

hay que inventar una palabra que entienda nuestra peculiar nostalgia y todos sus posibles abismos.

hay que saber llamar a las calles con todos los nombres de Pessoa, con todos sus fantasmas...

ya había pensado en esto, en el "juego del revés" de Tabucchi, y me había dicho que diría estas cosas:

que es un libro de historias lleno

no, que es un libro de historias sencillas

tampoco, que es un libro de crónicas-parábolas-ejemplos-fábulas para explicarnos (a todos nosotros los desventurados que no nos fue dado el nacer portugueses), vagamente, a grandes rasgos y con garabatos desdibujándose, una remota noción de la saudade y también algunos de sus posibles abismos

había pensado en esto y prometí que diría que jugar el juego del revés es también volver a la infancia una vez que la vida nos ha obligado a aprender a vivir en un desierto (¿lo ves?, en un desierto, nos ha obligado)

había pensado en el niño-anciano-axolote que somos y que habita en el desierto

me dije que diría algo nuestra mirada ingenua con la que contemplamos el espejismo y le creemos

también algo sobre las manos pequeñas y las cosas pequeñas que en ellas guardamos: la sonrisa del gato, el crujido del juguete que se rompe, el llanto de algunos árboles, el suspiro de las banderitas en el mes patrio, el regaño del mar... en fin, pues, esas cosas que se llevan al desierto...

porque en lisboa, en casablanca, en un bar, en las callesconnombredepessoa, en una ciudad blanca de tan negra, en el rincón más fantasmable de lo que una ha llegado a ser, hay un desierto

pero también hay espejismos muy dispuestos a jugar:

jugar a la síntesis de la vida en un ikebana

jugar a ser palmera, a ser mujer, a ser Josephine

jugar a ser niño aprendiz de latín mientras mamá se reviste de nuevas felicidades que nos ponen celosos

jugar a ser Fernando sin volvernos gerundio

jugar a ser Conrado sin convertirnos en un participio

jugar sin dejarse perder

sin nunca llegar a matarnos, porque después de todo hay mucho calor ahí afuera y todavía podría soplar algo de encanto, porque siempre habrá una ficción y un espejismo, una imaginería, una coincidencia que nos diga muy despacio al oído que al llegar a la casa vacía que tanto habitamos, una saudade neologizable, renovada, traducida, habrá de invitarnos otra vez, cada vez, al juego


Tabucchi, Antonio. El juego del revés. Anagrama, 2001.
Imagen: "El paseo", M. Chagall

lunes, 27 de julio de 2009

mano del fuego: jardín del deseo (no. 37)

escribo sabiendo que hacerlo es una metáfora de amarte. que haciéndolo te convoco, eres aparición ritual, no sólo recuerdo. escribo en ti y contigo en la punta de la lengua.
escribo para desnudarme. escribo para disfrazarme. escribo para inventar un carnaval. escribo cantando.
escribo hasta cuando no escribo. y aún así busco, o sin buscar presencio, la aparición ritual de esa súbita existencia: la excepción que podemos o no llamar poesía.
escribo como amo, como te amo, como te escribo.
"La mano del fuego"
Alberto Ruy Sánchez
la escritura entonces sigue los rumbos sugeridos por el Jamsa: cinco rutas, cinco dedos: amuleto de historias que se ramifica y florece en múltiples direcciones pero que también conserva la unidad de una misma mano, de un mismo punto de partida.
la búsqueda y el deseo rigen el curso de cada historia, habitan en la memoria del tacto, en las manos y en la piel del amante, en la proximidad del fuego que encanta y quema, que destruye y perfecciona, que agita y que consume: lo mismo que el amor.
pulgar:
intención, voluntad, fuerza, destreza, sutileza,
dedo de las obsesiones, de la vitalidad obcecada.
el pulgar enciende el fuego y luego quiere saber
cómo dominarlo, es el dedo donde el fuego y
el amor se hacen uno. simboliza lo radicalmente
indecible, el vuelo sin regreso de los insectos
hacia la llama. Y dicen que con ese dedo,
en algunas vidas ardientes, todo comienza.

el recorrido por cada historia contada/murmurada/vivida/imaginada es una invitación a un jardín distinto, a un jardín otro en el que también nos reconocemos:

para ir de lo que somos a lo que no somos,
o más bien a lo que sí somos pero de otra manera,
porque también somos nuestros deseos,
nuestros espejismos, nuestros sueños.
lo que llevamos en el corazón nos ayuda a transformarnos.
ser es ser otra cosa, si estamos vivos.

Tarik el alfarero encendido en la consigna de hacer una pieza de barro con las cenizas de los dos amantes: barro y ceniza forjados con sus manos, fuego que fija y perfecciona, que puede hacer explotar si no se presentan las condiciones adecuadas
índice:
señalar, indicar, elegir, contar, probar,
tocar el fuego, el que recibe al pájaro que volaba,
el que hace cantar al coro, el que hace cosquillas...
dicen que es el dedo que conocerá primero el paraíso

Zaydún (Ignacio Labrador) el escritor-contadordehistorias, el amante en el perpetuo encuentro-desencuentro amoroso, el explorador de jardines-laberintos, sonámbulo obstinado

cordial:
simboliza la presencia, se le atribuyen cualidades
de búsqueda, el dedo de la música al frotarse
con el pulgar, en vínculo con Saturno se le relaciona
con un principio de concentración, fijación e inercia,
también es el dedo de la melancolía, la reflexión
y la duda... y de la memoria profunda:
re-cordar es volver a tocar con el corazón

Jassiba y las historias recreadas a través de las palabras de su abuela: jardines de hielo, jardines de espejismos, jardín de imposibles, jardín perverso, jardín sonámbulo: donde las flores modifican sus colores ("se ruborizan") ante la cercanía de cuerpos humanos.
los sueños son entonces el punto de encuentro con nuestros deseos, espacio-tiempo comunicante donde jardines distintos adquieren la exuberancia de lo indecible

si algo muy bueno te pasó en la vida,
siempre una parte de eso vendrá de nuevo
a tu cuerpo, aunque sea con el disfraz de un sueño.

también están las historias de los objetos, de las miradas, de los viajes, de los amuletos, de los tatuajes en la piel (con o sin tinta). las historias susurradas en una plaza pública como secretos a voces que en cada quien reviven con el color de una pasión distinta: la historia que se multiplica y vuelve, de uno a otro, cambiante y siempre la misma

anular:
el dedo de la importancia excesiva de las cosas:
del fetichismo. el dedo de la espiral, del amor
como un placer detenido en su multiplicidad,
dedo de la retención y la riqueza, que puede ser
fugaz, por lo tanto también de los vínculos
que se pierden: con las personas amadas
y hasta con los dioses.

la mano del fuego gira en espiral, encoge los dedos, los estira, los invita a la exploración, a estrujar el tiempo y permitir que el deseo habite en lo infinito de un momento, en la infancia y los primeros experimentos del tacto, en la adolescencia y las primeras impresiones del amor, en la vida de todos los días y la búsqueda perpetua del sonámbulo en todos los jardines posibles

meñique:
dedo jardinero, creador de paraísos, dedo
de lo extremo, de lo que está más allá
de lo visible, de lo que no se puede explicar,
de lo indecible:
de los misterios del amor y del fuego.
"la mano del fuego", entonces, como escritura del sueño del sonámbulo, del tentar-nos con la llama temblorosa; de escribir cantando el rumor de las historias de todos vertidas sutilmente en una plaza pública; de jugar a descifrar el jardín-laberinto-indescifrable del deseo
citas en cursivas: Ruy Sánchez, Alberto. La mano del fuego. México: Alfaguara, 2007.
imagen: "Hamsa" de Delphine Peller, 2006.

miércoles, 3 de junio de 2009

donde la luna ilumina las sombras (no. 36)

para N. (May Kasahara)
que cree en los gatos y
en los que hablan con los gatos,
en el mundo felino,
en la sección amarilla,
en las líneas al azar...

es grato pensar que existe un otrolugar en el que se encuentra ese otroverdadero que somos

es mejor cuando una llega a creer que realmente existe

leer a Murakami es acceder provisionalmente a todas las formas que ese otrolugar puede llegar a tener,
porque también, desde nuestra orilla-lectora, somos personajes solitarios y escindidos
dividos por el hachazo de la ola invisible que un momento cualquiera nos aterra y nos conmueve,
nos devora para siempre y nos ultraja

volver a Murakami es reencontrarse con lo que uno ha perdido de sí sin darse cuenta, con los sueños olvidados, con las fantasías que nunca nos atrevemos a imaginar, con la orilla a la que, yo, no sé, si quiero llegar alguna única vez


***
Kafka en la orilla
cuando tu estás en el borde del mundo
yo estoy en el cráter de un volcán muerto
a la sombra de la puerta
se yerguen las palabras que han perdido sus letras

al dormir, la luna ilumina las sombras
pececillos caen del cielo
al otro lado de la ventana
hay soldados con el corazón endurecido

Kafka está sentado en una silla a la orilla del mar
pensando en el péndulo que hace oscilar el mundo
cuando el círculo del mundo se cierra
la sombra de la esfinge sin destino

se convierte en cuchillo
y atraviesa tus sueños
los dedos de la niña ahogada
buscan la piedra de la entrada
alza las mangas de su vestido azul
y mira a Kafka en la orilla del mar


la orilla del bosque, la orilla del mar, la orilla del amor, la orilla del deseo, la orilla de los objetos perdidos
todo se vuelve orilla cuando aceptamos que esta cotidianeidad es insuficiente
¿la nada se incrementa?, pregunta Nakata: el hombre que habla con los gatos, el que se permite todas las preguntas (todas: las de los locos y las de los niños, las de los niños locos que hablan con los gatos)
estar en la orilla es tener la voluntad para no volver a ser el mismo-lo mismo

***
a la par con la voluntad está la profecía
el designio de los dioses
la fatalidad nombrada por el oráculo
creer en ella o no es lo de menos
lo importante es emprender el viaje y avanzar,
así lo ha entendido Kafka Tamura, el joven de 15 años que escapa de la casa paterna en Tokio hacia cualquier sitio, hasta una biblioteca donde quizás habrá de encontrarse con una parte de sí perdida veinte años atrás, en el mar...

la otra cara de la profecía encarna en Nakata, sí, el hombre que habla con los gatos y que siendo niño, luego de un extraño episodio que lo dejó inconsciente en medio del bosque durante la segunda guerra mundial, perdió la facultad de leer a cambio de la de hablar con los gatos
(todavía no he decidido si es o no un trato justo)

cada uno emprende su propio viaje [mítico]
su propia búsqueda hacia es otrolugar: orilla de mar, de volcán, orilla de sí, orilla de nada que se expande
hacia el encuentro con todo lo perdido sin remedio sólo para mirarlo por una última vez
y no volver atrás


***
que nosotros vayamos decayendo y perdiéndonos se debe a que el mecanismo del mundo, en sí mismo, se basa en la decadencia y en la pérdida. y nuestra existencia no es más que la silueta de este principio. el viento sopla. podrá ser un viento violento que asole los campos o una brisa agradable. pero ambos irán perdiéndose, desapareciendo. el viento no tiene cuerpo. no es más que el término genérico del desplazamiento del aire. tú aguzarás el oído. entenderás la metáfora- le dice Oshima (el joven hemofílico que en realidad es una chica cuyo cuerpo de mujer sencillamente no se manifiesta) a Kafka Tamura,
pero también sabemos que el aire y el viento no son sólo nombres cuando el mito se vierte sobre ellos y sobre nosotros, cuando las coincidencias de un sitio/nombre/rostro/tiempo a otro se sincronizan con la precisión estremecedora de los felinos cuando deciden mirar a quien les pertenece.


*citas tomadas de "Kafka en la orilla" de Haruki Murakami, México: Tusquets Editores, 2006.

viernes, 1 de mayo de 2009

deseo de Bujara (no. 35)

¡Pero no todo fue silencio y quietud en la noche de Bujara!
"Nocturno de Bujara"
Sergio Pitol

Las noches en Samarcanda suenan a agudos graznidos color azabache.
Cada noche, la cigüeña del desierto llega a devorar a los cuervos entre las copas de los árboles de Samarcanda.
Es la hora de la caída de los cuervos, dicen, y esos son los últimos graznidos de cada cuervo antes de caer desventrado y pasar a formar parte de la carnicería canora que tiñe las noches en Samarcanda.
***
"En la oscuridad el cuerpo estalla en fragmentos,
que se convierten en objetos separados. Existen
por sí mismos. Sólo el tacto logra que existan para
mí. El tacto es ilimitado. A diferencia de la vista, no
abarca la persona completa. El tacto es invariablemente
fragmentario: divide las cosas. Un cuerpo conocido a
través del tacto no es nunca una entidad; es, si acaso,
una suma de fragmentos"
***
Las historias enredadas -no entrelazadas- tienen lugar en cualquier sitio:
en las calles de Bujara
en cualquier pequeño café de Varsovia
en la milenaria ciudad de Samarcanda
son todos los sitios exóticos, los viajeros inventados, los recuerdos sobrepuestos, el-mismo-no-siempre-igual Feri constantemente bienvenido en la narrativa de Sergio Pitol
decía que el "Nocturno de Bujara" tiene lugar en cualquier sitio, aunque en todo momento sea Samarcanda (la milenaria, la misteriosa, la terrible) el lugar del deseo, el centro del mundo al cual se busca regresar.
***
Samarcanda, Uzbekistán (ciudad de más de 2750 años de antigüedad):
"un verdadero zoco de callejones estrechos, murallas
truncas, puertas regiamente labradas que dejaban vislumbrar patios
interiores poblados de granados, de rosales y de muchedumbres infantiles
capaces de producir una alharaca casi tan ensordecedora como las de los
cuervos que después vio todos los crepúsculos en los jardines de la ciudad.
Los niños se asomaban a las puertas, gordos y cabezones,
emitían sonidos extraños en su idioma como advirtiéndole
que debía regresar, que aún estaba a tiempo de volver a la
estación y tomar el primer tren que lo alejara de Samarcanda"
***
Feri había llegado a Samarcanda
nunca supo si fue una confusión que aquella comitiva hubiera llegado a la estación de tren a recibirlo
dice Sergio [Pitol-narrador] que en realidad esa historia de Feri en Samarcanda, el festín con la princesa y los nobles circasianos, el banquete con exquisitas carnes, hierbas aromáticas, dulces y aguardiente de durazno, no era más que parte de una extravagante historia para despertar la curiosidad de Issa, la pintora italiana que había decidido recorrer el Asia Central durante tres semanas, y burlarse un poco de ella
si fue cierto o no que Feri Nagy había participado de aquel festín tampoco importa mucho, lo importante es que había despertado, quizás varios días después, con el cuerpo lleno de sangre, padeciendo dolores indescriptibles en cada músculo, apenas con un poco de fuerzas para salir a la calle, caer desmayado luego de emitir un horrible alarido de dolor y despertar, mucho después, en un hospital.
lo importante también es que, una vez se hubo recuperado de las inexplicables heridas, su búsqueda y su deseo se concentraron en hallar a los nobles circasianos, en regresar al festín y volver a experimentar ese placer extremo, tal vez irrepetible, y que nadie podía entender
***
son sólo recuerdos que alguien intenta traer de vuelta
son sólo historias de deseos que alguien inventa para engañar o para engañarse
Issa llegó a Samarcanda
mucho tiempo después Sergio recuerda haber tenido noticias de ella y de la desafortunada experiencia que resultó de su recorrido por el Asia Central
es curioso, pero Issa también había despertado un día con el cuerpo aplastado, con heridas y sangre, sin poder recordar cabalmente lo que había sucedido
***
"porque allá, a la hora del crepúsculo, ves caer de los árboles, como frutos descompuestos, pájaros deventrados con las alas quebradas, fragmentos de cabezas, de patas, una nube de plumas [...] mientras arriba, en las espesas frondas, los sobrevivientes saltan amedrentados de rama en rama o se agazapan en un intento de mimetización sin atreverse siquiera a emprender la huida"
***
insisto, son sólo recuerdos
son sólo evocaciones de una memoria no del todo confiable que, como si de un cuerpo se tratara, conoce cada rincón de las ciudades y las historias fragmento en fragmento
y no está segura de qué parte de la historia, si no es que toda, ha sido inventada
incluso tampoco recuerda con certeza que todo aquello hubiera sucedido en Samarcanda
de hecho, le parece que más bien que el sitio donde pudo haber sido es Bujara
sí, el centro de ese deseo se llama Bujara

*Citas tomadas de "Nocturno de Bujara" incluido en el libro de relatos "Vals de Mefisto" de Sergio Pitol. México: Era, 1989.
*imagen: mausoleo de Emir Gur en Samarcanda, Uzbekistán

jueves, 16 de abril de 2009

entre Hugin y Muninn o el método de la locura (no. 34)

para B
hablar es un deber, precisamente porque lo esencial es mudo
"el silencio escrito"
eugenio barba
la rebeldía es continuar soñando activa y racionalmente,
evitando que el sueño se vuelva monumento o añoranza
"Barcos de piedras e islas flotantes"
eugenio barba
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Odin ("furor"): deidad suprema dentro de la mitología nórdica. dios de la guerra y la muerte, la poesía y la magia; de la sabiduría, del conocimiento pasado y futuro, del conocimiento presente; siempre acompañado de dos cuervos: Hugin y Muninn, el pensamiento y la memoria.

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El Odin Teatret, fundado por Eugenio Barba en 1964 asume como guía dos emblemas: el del dios Odin y la frase latina inscrita en el blasón de Niels Bohr: contraria sunt complementa.
Aunque los textos y libros escritos por Barba (y que él mismo tiene a bien nombrar "canoas de papel") parten de su larga experiencia como actor y director del Odin Teatret, del constante proceso de búsqueda que este grupo teatral ha elegido como vía y forma de vida, y se encuentran dirigidos a aquellos empecinados que saben del "arte de la autodisciplina" en el ámbito actoral, me resulta inevitable establecer la inmediata relación con el quehacer literario, con ese oficio que es también deber, escritura del silencio, autodisciplina, razón, historia…
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Si la literatura como el teatro es igualmente soledad, oficio y rebeldía, quizás valdría la pena repensarla (por ocio/por juego/por devoción/por necesidad) desde el trono de Odin, entre la sombra cálida de las alas de Hugin y Muninn.
Pensamiento y Memoria como guías, no como límites; como punto de partida hacia una transformación genuina, honesta, disciplinada, posiblemente verdadera.
Barba dice que el teatro puede ser "un barco de piedra para ser admirado junto a otros monumentos. O bien, puede volverse la residencia privilegiada que nutre y protege nuestra sed de libertad".
Tal vez lo mismo podría decirse de la palabra escrita, del oficio de escribir/de escribirse/de escribir desde sí.
A veces, ante los textos que surgen en este aquí y ahora, encuentro una ausencia de sed, un vacío simple y sin sentido, un empleo burdo de las palabras, en fin una indiferencia ante lo indecible y por lo tanto, un ruido atroz emitiendo alaridos incongruentes que no representan más que el afán infundado de “transgredir” los caminos hasta ahora recorridos y de criticar un estado de cosas sin proponer ni transformar nada.
“para ser revolucionarios hay que ser lúcidos y saber utilizar bien las propias armas: los diletantes nunca cambiaron la historia”

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memoria-historia-herencia-tradición
presentez-innovación-rechazo a lo anterior: rebeldía
"la comprensión de la historia puede corromper. hay que conocerla, para saber también cómo rechazar la historia en la que vivimos. rechazarla permaneciendo en vida, sin dejarse destruir y posiblemente, sin destruir"
Encuentro en estas palabras la clave para la transformación: el rechazo puede ser lúcido, articulado, genuino, cuando se logra sin destruir y sin destruirse.
No le neguemos nuestra admiración a la tradición, neguémosle nuestra obediencia: parafraseo a Torres Bodet y recuerdo el “método de la locura” propuesto por Barba y su admirable certeza de saber que siempre habrá jóvenes en el proceso de búsqueda de “un camino que conduzca a una protesta articulada y a una rebeldía abierta, pero disciplinada, contra una sociedad en la cual se sienten extraños”.
No es un rechazo a lo sociedad, es una actividad encaminada a proponer rutas viables a esa sociedad que les es ajena y para la cual ellos mismos se asumen como extranjeros. Para Barba, el actor es el agente de este cambio, para mí, en este espacio, es aquel que se asume públicamente como escritor y cuyo ejercicio literario quizás sea visto por esta sociedad como una locura, pero como una locura con método.

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“el teatro puede convertirse en un sanctuary, un asilo para quien tenga sed de justicia, un refugio de libertad, una cripta de mensajes cifrados para el espectador que lo visita”
Creo lo mismo respecto al oficio de escribir y lo creo cuando al incorporarme a una “canoa de papel” encuentro que su presencia es necesaria porque lo esencial que habita en ella es mudo, cuando advierto una empatía armónica con Hugin y Muninn, cuando la locura y la rebeldía son las que trazan la ruta inasible pero transitable de ese soñar, activa y racionalmente, con palabras.

Mérida, Yuc. abril 2009

Citas tomadas de: Barba, Eugenio. Teatro. Soledad, oficio y rebeldía. México: Escenología, 1998.

lunes, 23 de febrero de 2009

La noche casi perfecta (no.33)


para D y A


La vida no es idónea, es perfecta. Jerome entonces miró hacia los músicos que cerraban con un entusiasmo barato el Unicornio azul. Yo miré la luna que pendía como un fruto del árbol y me sonreía una complicidad casi siniestra. Regresé la mirada hacia Jerome y él me propuso visitar el hotel más hermoso de la ciudad.
Me había sentado en esa banca del “Parque de la madre” sólo para sentir; la batalla que se libraba entre los trovadores del café Peón Contreras y la salsa de los del restaurante La bella época, no daba lugar al pensar.
¿Qué hace la gente a estas horas aquí? Camina inconcebiblemente despacio. Los sábados por la noche nadie parece tener que llegar a ningún sitio; se detienen una y otra vez a husmear entre los destellos de la joyería artificial, las ropas de manta y las pinturas de nuestros artistas. Pasan en oleadas intempestivas y a veces, un poco toscas. Por alguna razón, la dama pelirroja del halter blanco que tanto insiste en mirar su celular, me ha llamado la atención, su impaciencia parece resonar casi al mismo volumen de la música.
Jerome se había sentado a mi lado momentos antes. Sus ojos azules y su ropa de manta me hicieron suponer que era francés, aunque no sé cuál es la relación entre una y otra cosa.
-¿Te molesta el humo?
-No.
-Si te molesta me avisas.
Jerome sostenía desde su extremidad esquelética un cigarro sin filtro. Al ver que el primer intento no funcionó, se aventuró nuevamente.
-¡Qué bonitos pies!
Al mirar mis zapatos completamente cerrados, sólo pude esbozar una risita retorcida. Pensé que tal vez no se dirigía a mí e instintivamente busqué a mis espaldas a otro posible interlocutor, pero la dama pelirroja del halter blanco acaba de levantarse del extremo de la banca más próxima e iniciaba una caminata presurosa hacia un lugar que no parecía tener nombre.
Volví la mirada y, contemplando a este hombre de incalculables años exhibiendo su huesuda fragilidad a través de una claridad innecesaria en su ropa y con los ojos intensos, palidísimos, esforzándose por atravesar mis lentes, las respuestas se deshicieron en mis labios como susurros indescifrables.
Los trovadores soplaban las primeras notas del Alma llanera cuando me empecé a preguntar qué hacía yo en esta magnífica noche de sábado, sentada en esta banca, escuchando a tan peculiar caballero mientras habla de las puertas que han abierto los extraterrestres en la selva a fin de salvar a los pocos humanos que, entrando en armónica comunión con la naturaleza –es decir, la mariguana, los hongos y ciertas especies de animales–, han logrado trascender a la realidad impuesta por esos “pinches gringos”, evitando consumir el veneno capitalista –coca cola– y sobreviviendo entre las masas idiotizadas como el pueblo de los elegidos portadores del futuro.
-A ver tus manos.
Sonriendo otra vez, solté la bolsa de plástico gris en que llevaba mi cartera, una pluma y una caja de chicles, y extendí las manos exhibiendo las venas que se pierden entre mis nudillos.
-Del otro lado.
Meticulosamente exploró las líneas en mis palmas, mientras yo intentaba encontrar ese mismo mapa fantástico donde él exploraba las posibles rutas hacia el tesoro. Por más que me esforcé, las líneas y mis manos siguieron siendo las mismas, sin embargo Jerome había llegado a una conclusión contundente:
-Los que pasa es que eres un espíritu joven.
No pude evitar arquear las cejas en una decepción evidente, al mismo tiempo que pensaba en mis 22 años. El tesoro se había reducido sólo a eso.
-Yo no voy a volver más. Ésta es mi última vida...- agregó momentos después.
Volví a arquear las cejas, esta vez de sorpresa, sin abandonar la sonrisa. Entonces rompí el monólogo, no podía soportar más estar en medio de esas trincheras, en esa batalla absurda entre las músicas, las gentes lentas, mi curiosidad y la risa contenida en la luna:
-¿Cómo lo sabes?
-Porque veo cosas, ¿tú ves cosas?
Pensé en responder con más preguntas, pero en la mente pasaban como el Cóndor pasa, respuestas tan tentadoras, que tuve que callar. Él retomó el cuestionario con una pregunta más concreta:
-¿Ves fantasmas?
-Últimamente, no.
-Yo sí veo fantasmas. Habito con ellos...
Imaginé entonces una habitación nebulosa, rodeada de cortinas de colores y un círculo de espectros compartiendo una pipa egipcia, mientras Jerome explicaba cómo era la verdadera vida en Bacalar.
La dama pelirroja del halter blanco pasó frente a nosotros. Yo le miré la frente estresada, como si dentro llevara un gigantesco yunque que no le dejaba mirar bien sus ideas; Jerome estudió sus caderas, también parecía encontrar en ellas un mapa fantástico que habría de conducirlo hacia el tesoro. Los trovadores habían ondeado estoicamente la banderita blanca ante el incontenible ejército del general Devórame otra vez; a pesar de todo, fue un triunfo digno.
Sin música y con Jerome, caminé hasta el hotel Casa Lucía aprovechando la oportunidad de invadir la mitad de la calle. Atravesamos el café y el lobby, y mientras él saludaba fraternalmente a los meseros y a la recepcionista, yo miraba la decoración y las pinturas en las paredes.
Jerome abrió gentilmente una puerta de cristal que conducía al patio del hotel. Señalando las paredes y sus rincones, me explicaba que él había pintado todo eso:
-Uno pinta las cosas, y los símbolos están ahí... ese ribete es del convento de... esos jarrones son ingleses...
Me sustraje de mí ante un lugar tan fascinante, había encontrado el tesoro sin seguir las líneas en mis manos. Me dejé llevar por el poder de los rosales, el agua de las fuentes, la discreción de la luz, los nombres de las habitaciones y sus fachadas yucatecas: San Fernando/8, Chuminópolis/2, Chem Bech/5.
-Espera, voy a pedir la llave de una habitación.
Seguí en la exploración de los rosales. Tanta noche y yo tan insuficiente. Jerome y una dama rubia y pequeña interrumpieron el silencio entre la luna y yo. La casa Santiago/9 abrió sus puertas para que pudiéramos admirarla. Al entrar, miré a la dama rubia y pequeña a los ojos sonriéndole un buenas noches, pero antes de poder advertir la sonrisa con la que seguramente respondió, mi mirada se sofocó con el ambiente tan extraño de la habitación.
Un blanco definitivo satinaba las sábanas rematadas en un borde amerengado, mientras del techo descendían curvas gentiles de gasa clara; con un fondo predominantemente beige, se extendía en todas las paredes una franja saturada de florecitas del convento de no sé donde que se prolongaba hasta las puertas del closet y las paredes del baño. Por un momento pensé que si abría la regadera fluirían chorros de pequeñas margaritas en lugar de agua. Como esto todavía no era lo suficientemente naive, una imagen de la virgen de Guadalupe colocada sobre la cabecera de la cama completaba el escenario. Para Jerome, todo aquello era lo más elegante.
Salimos de la habitación y del hotel acompañados por la dama rubia y pequeña. Con el mismo procedimiento que al entrar, llegamos a la calle entre cordialidades con el bartender y los meseros. La siguiente escala propuesta por Jerome fue la “Casa de todos”, pero me negué a continuar la peregrinación. Su decepción pareció compensarse con acompañarme a mi carro, aprovechando toda la esquina para ofrecerme refugio en su casa de Bacalar para cuando lleguen los extraterrestres a cumplir su propósito en la Tierra, aconsejarme el divorcio con mi soledad y fumar de vez en cuando algo de hierba.

Jerome abrió la puerta de mi carro y, prometiendo comunicarse conmigo algún día, dobló la esquina y desapareció. Yo seguía sonriendo, imaginaba que la dama pelirroja del halter blanco se había despojado del yunque al recordar las palabras de Jerome: la vida no es idónea, es perfecta. Me avasallaba tanta perfección, no quería involucrarme en el clan de los elegidos a riesgo de ser abducida cualquiera de estas noches; entonces planeé la adquisición de un litro de coca cola para la cena, subí el volumen de la música y grité de regreso a casa, junto a Sarah Mclachlan: your love is better than chocolate...

k.m.
Mérida, Yuc.
mayo de 2005