Una sale a la calle pensando en el clima, en la dirección a seguir, en los encuentros casuales que siempre aguardan en las ciudades que nos son familiares. Cuando se trata de ciudades ajenas, una sale con el afán de conocer y asombrarse, con la intuición en cada paso y la voluntad para dejarse llevar a sitios especiales, quizás privilegiados. Incluso los rincones más inhóspitos despiertan a veces una cierta fascinación, como si fuesen la obligada y necesaria excepción a la regla. Las comparaciones entre lo conocido y lo nuevo resultan inevitables, a veces útiles y siempre, me parece, significativas. Desde que tengo memoria he creído en el espíritu que habita en las cosas y en que las ciudades son grandes y complejas cosas que tienen todo por decir.
Mis pasos aquí no han llevado ningún rumbo. No sé hacia dónde voy y no importa hasta dónde llegue. Me lleno la memoria con imágenes varias mientras el frío me sacude la cabeza por dentro. La ciudad capital no despierta tan temprano o es quizás sólo el invierno. Hay barrios completos con las calles vacías, casi abandonadas; los ruidos son una mezcla homogénea de autos esporádicos, los nuevos autobuses del transporte público y algunas voces que descienden desde los edificios en un eco que flota un rato sobre las avenidas. Hay grandes edificios modernos y viejos abandonados; los hay que hablan de un esplendor colonial o decimonónico y otros que quisieron imponerse mediante esa obstinación por la recta de los setentas; los hay oficiales, con sus escudos, logotipos y letras doradas, así como particulares con sus grietas, sus respiros dificultosos y todo el peso del polvo y los años exudando por las paredes. Hay otros varios con alas derruidas o exhibiendo las cicatrices del último enojo de la tierra. No importa cómo sean los edificios siempre hay en las aceras un árbol custodiando las entradas u ofreciendo un descanso a la vista en cada ventanal. En los parques, los andadores se llenan de la hojarasca ocre y crujiente del otoño o de pétalos rosáceos y diminutos.
En el centro de la ciudad los matices son otros. Las imágenes son más rápidas. Los colores un poco más definidos pero igual de fríos. Las avenidas ya dan cuenta de las líneas del metro. La proximidad de septiembre repite en cada anuncio, en cada poste y en cada espectacular la bandera nacional y los colores del patriotismo que, yo no sé por qué, brillan mucho más con la celebración del Bicentenario. La exaltación de una libertad prometida y vigente palpita sobre todo en los centros comerciales, en los aparadores y en los amplísimos ventanales de las corporaciones transnacionales y los bancos. Incluso he encontrado un edificio unido a otro mediante una gigantesca bandera del país ondeando a capricho del viento invernal.
Me voy internando en el centro como en una especie de vorágine que nada tiene que ver con el silencio frío y seco de los alrededores. Una algarabía llena los paseos comerciales que poco a poco se vuelven acogedores. Empiezan a aparecer los personajes, los ambulantes, los pregoneros y los extranjeros. El olor a maní garapiñado recién tostado llena las esquinas con uno de esos dulzores a los que uno siempre quisiera volver, como si fuera un sabor de la infancia o un beso. En contraste, hay acentos y nombres que no entiendo. Por más hambre que tuviera no me atrevería a pedir, sin previas explicaciones, una “chorrillana”, un “barros lucas” o un “completo con palta”. Los ceros en los billetes y monedas se me han multiplicado hasta los millones en cada anuncio y me avergüenza un poco ir como media sorda pidiendo me repitan las palabras.
Recorro los andadores y las tiendas, entre gente que va y viene sin ninguna prisa, comiendo helados, llevando con orgullo bolsas de marca y repartiéndose un amor cotidiano, de fin de semana, como en un paseo dominical. La música de las tiendas se debate en un duelo, primero discreto y luego descarado: Lady Gaga vs Daddy Yanky, Alejandro Fernández vs Madonna, Wisin y Yandel vs Shakira, intercalados todos con slogans y descuentos; finalmente resulta vencedora una batucada en vivo que rompe con los ires y venires del Pasaje Ahumada. Alrededor de ciento cincuenta manifestantes, en su mayoría jóvenes punketos, oscuros, perforados hasta los dientes y con una sonrisa siempre fraterna gritan, tocan y bailan ostentando pancartas y letreros con el nombre del presidente y diversas frases en torno a lo nocivo que es para el medio ambiente el empleo del carbón como productor de energía. La oleada negra, pero feliz de chicos y chicas pasa muy rápido, en torno a ellos las reacciones son diversas, aunque en su mayoría simpatizantes con la causa.
Me guardo el olor a maní y algunos rostros. Fuera de los detalles, de los nombres curiosos y desconocidos, de la multiplicación de los ceros, nada hay que me diga que somos diferentes, que no corre por nosotros una misma sangre, una misma vida, una misma idea…
Me pierdo en otros barrios que llevan los títulos de una larga historia. Las avenidas se llenan de comercios mucho más modestos y casas, de contrastes y colores neutros. Los ruidos suben y bajan al compás de mi respiración. A lo largo de todo el trayecto predominan los mensajes grafiteados en fachadas, árboles, bardas y en cualquier edificio. Hay una cierta predilección por el color rojo, por desenmascarar un discurso oficial ambiguo, por recuperar o más bien, por obtener derechos. Aunque con una discreción que me cuesta comprender hay una serie de mensajes que se oponen a la celebración del Bicentenario, que la tachan de absurda, vacía, carente de significado, de una burla cínica contra el país y el pueblo.
Por una escalera, oscura y estrecha, llego a una librería con pocos ejemplares, pero muy bien dispuesta. Los precios son algo elevados y los dueños muy jóvenes. A un lado del mostrador me detengo en los encabezados de varias gacetillas y publicaciones independientes, ahí sí, la oposición a las celebraciones de septiembre es abierta y contundente; incluso, la chica que atiende me previene de comprar una colección de teatro que ha sido recopilada con motivo del Bicentenario en una atractiva cajita de cartón. “Los tenemos igual por separado; esto es sólo un pretexto por lo de los 200 años, realmente no importa”.
Por la noche me escondo entre las sábanas y los canales de televisión. Tengo los pies cansados y la nariz fría. Contrario a mis costumbres me detengo en las noticias de espectáculos para luego hacer parada permanente en las noticias. Miro el canal oficial como una película de humor negro poco inteligente y mal elaborado. Las imágenes del pueblo feliz, colorido y lleno de un bienestar improbable dicen mucho y todo lo opuesto a lo que gritan las calles. Las convocatorias para celebrar y premiar a ciertos sectores de la población con grandes cantidades de dinero por su aportación a las artes y la cultura del país, saturan la publicidad y las noticias.
El día se me ha ido lleno de cosas que apenas he podido nombrar. Es inevitable la comparación, así como lo es también hacer a un lado las grandes y tristes diferencias que alejan a mi país de éste. Aquí el rojo no evoca setenta años de una politiquería saqueadora, corrupta y baja con amenazas de volver a imponerse; el azul no tiene nada de retrógrada, represor ni estúpido; en las calles grises no hay el terror de mirar a los otros o a uno mismo desaparecer o, literalmente, perder la cabeza; amarillas son sólo las luces que guían la vida nocturna y los reflejos del amanecer en la cordillera. Los colores nunca se han tenido la culpa… Son sólo impresiones, ya lo sé, cosas de nada que no importan porque, tanto aquí como allá llegará septiembre con sus grandes premios, sus magnas celebraciones y sus doscientos años de libertad a cuestas.
Santiago de Chile
Agosto 2010
Mis pasos aquí no han llevado ningún rumbo. No sé hacia dónde voy y no importa hasta dónde llegue. Me lleno la memoria con imágenes varias mientras el frío me sacude la cabeza por dentro. La ciudad capital no despierta tan temprano o es quizás sólo el invierno. Hay barrios completos con las calles vacías, casi abandonadas; los ruidos son una mezcla homogénea de autos esporádicos, los nuevos autobuses del transporte público y algunas voces que descienden desde los edificios en un eco que flota un rato sobre las avenidas. Hay grandes edificios modernos y viejos abandonados; los hay que hablan de un esplendor colonial o decimonónico y otros que quisieron imponerse mediante esa obstinación por la recta de los setentas; los hay oficiales, con sus escudos, logotipos y letras doradas, así como particulares con sus grietas, sus respiros dificultosos y todo el peso del polvo y los años exudando por las paredes. Hay otros varios con alas derruidas o exhibiendo las cicatrices del último enojo de la tierra. No importa cómo sean los edificios siempre hay en las aceras un árbol custodiando las entradas u ofreciendo un descanso a la vista en cada ventanal. En los parques, los andadores se llenan de la hojarasca ocre y crujiente del otoño o de pétalos rosáceos y diminutos.
En el centro de la ciudad los matices son otros. Las imágenes son más rápidas. Los colores un poco más definidos pero igual de fríos. Las avenidas ya dan cuenta de las líneas del metro. La proximidad de septiembre repite en cada anuncio, en cada poste y en cada espectacular la bandera nacional y los colores del patriotismo que, yo no sé por qué, brillan mucho más con la celebración del Bicentenario. La exaltación de una libertad prometida y vigente palpita sobre todo en los centros comerciales, en los aparadores y en los amplísimos ventanales de las corporaciones transnacionales y los bancos. Incluso he encontrado un edificio unido a otro mediante una gigantesca bandera del país ondeando a capricho del viento invernal.
Me voy internando en el centro como en una especie de vorágine que nada tiene que ver con el silencio frío y seco de los alrededores. Una algarabía llena los paseos comerciales que poco a poco se vuelven acogedores. Empiezan a aparecer los personajes, los ambulantes, los pregoneros y los extranjeros. El olor a maní garapiñado recién tostado llena las esquinas con uno de esos dulzores a los que uno siempre quisiera volver, como si fuera un sabor de la infancia o un beso. En contraste, hay acentos y nombres que no entiendo. Por más hambre que tuviera no me atrevería a pedir, sin previas explicaciones, una “chorrillana”, un “barros lucas” o un “completo con palta”. Los ceros en los billetes y monedas se me han multiplicado hasta los millones en cada anuncio y me avergüenza un poco ir como media sorda pidiendo me repitan las palabras.
Recorro los andadores y las tiendas, entre gente que va y viene sin ninguna prisa, comiendo helados, llevando con orgullo bolsas de marca y repartiéndose un amor cotidiano, de fin de semana, como en un paseo dominical. La música de las tiendas se debate en un duelo, primero discreto y luego descarado: Lady Gaga vs Daddy Yanky, Alejandro Fernández vs Madonna, Wisin y Yandel vs Shakira, intercalados todos con slogans y descuentos; finalmente resulta vencedora una batucada en vivo que rompe con los ires y venires del Pasaje Ahumada. Alrededor de ciento cincuenta manifestantes, en su mayoría jóvenes punketos, oscuros, perforados hasta los dientes y con una sonrisa siempre fraterna gritan, tocan y bailan ostentando pancartas y letreros con el nombre del presidente y diversas frases en torno a lo nocivo que es para el medio ambiente el empleo del carbón como productor de energía. La oleada negra, pero feliz de chicos y chicas pasa muy rápido, en torno a ellos las reacciones son diversas, aunque en su mayoría simpatizantes con la causa.
Me guardo el olor a maní y algunos rostros. Fuera de los detalles, de los nombres curiosos y desconocidos, de la multiplicación de los ceros, nada hay que me diga que somos diferentes, que no corre por nosotros una misma sangre, una misma vida, una misma idea…
Me pierdo en otros barrios que llevan los títulos de una larga historia. Las avenidas se llenan de comercios mucho más modestos y casas, de contrastes y colores neutros. Los ruidos suben y bajan al compás de mi respiración. A lo largo de todo el trayecto predominan los mensajes grafiteados en fachadas, árboles, bardas y en cualquier edificio. Hay una cierta predilección por el color rojo, por desenmascarar un discurso oficial ambiguo, por recuperar o más bien, por obtener derechos. Aunque con una discreción que me cuesta comprender hay una serie de mensajes que se oponen a la celebración del Bicentenario, que la tachan de absurda, vacía, carente de significado, de una burla cínica contra el país y el pueblo.
Por una escalera, oscura y estrecha, llego a una librería con pocos ejemplares, pero muy bien dispuesta. Los precios son algo elevados y los dueños muy jóvenes. A un lado del mostrador me detengo en los encabezados de varias gacetillas y publicaciones independientes, ahí sí, la oposición a las celebraciones de septiembre es abierta y contundente; incluso, la chica que atiende me previene de comprar una colección de teatro que ha sido recopilada con motivo del Bicentenario en una atractiva cajita de cartón. “Los tenemos igual por separado; esto es sólo un pretexto por lo de los 200 años, realmente no importa”.
Por la noche me escondo entre las sábanas y los canales de televisión. Tengo los pies cansados y la nariz fría. Contrario a mis costumbres me detengo en las noticias de espectáculos para luego hacer parada permanente en las noticias. Miro el canal oficial como una película de humor negro poco inteligente y mal elaborado. Las imágenes del pueblo feliz, colorido y lleno de un bienestar improbable dicen mucho y todo lo opuesto a lo que gritan las calles. Las convocatorias para celebrar y premiar a ciertos sectores de la población con grandes cantidades de dinero por su aportación a las artes y la cultura del país, saturan la publicidad y las noticias.
El día se me ha ido lleno de cosas que apenas he podido nombrar. Es inevitable la comparación, así como lo es también hacer a un lado las grandes y tristes diferencias que alejan a mi país de éste. Aquí el rojo no evoca setenta años de una politiquería saqueadora, corrupta y baja con amenazas de volver a imponerse; el azul no tiene nada de retrógrada, represor ni estúpido; en las calles grises no hay el terror de mirar a los otros o a uno mismo desaparecer o, literalmente, perder la cabeza; amarillas son sólo las luces que guían la vida nocturna y los reflejos del amanecer en la cordillera. Los colores nunca se han tenido la culpa… Son sólo impresiones, ya lo sé, cosas de nada que no importan porque, tanto aquí como allá llegará septiembre con sus grandes premios, sus magnas celebraciones y sus doscientos años de libertad a cuestas.
Santiago de Chile
Agosto 2010
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